Elio Vélez

 

Perú, 1979. Nació en la ciudad de Lima. En 2004 obtuvo el Premio Nacional de Poesía PUCP con el libro Sansón ebanista (Ed. PUCP, 2005). Es cofundador de Los Noveles y ha sido colaborador de Ajos & Zafiros. También es autor del poemario En el bosque (Serie de la Salamandra, 2002). Se desempeña como docente de la Universidad del Pacífico y de la Pontificia Universidad Católica del Perú. En esta casa de estudios, además de enseñar latín a jóvenes entusiastas, trabaja como secretario académico de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas. Publica también artículos sobre historia de la cocina hispánica y mediterránea en revista Sommelier.

 
 
 
   
 
   

 

La historia natural de José Watanabe (1946-2007)

 

 

El sentido común de la Academia y los lectores en general de las Letras Hispanoamericanas tiende a reconocer que el Perú es un país fértil para la poesía: desde el modernismo de Manuel González Prada y José Santos Chocano, el raro tesoro lucífugo de José María Eguren, la modernidad rabiosa y universalista de César Vallejo, la experimentación fascinante de César Moro y Emilio Adolfo Westphalen, la solidez y sofisticación de Carlos Germán Belli y Blanca Varela hasta los versos de José Watanabe o Wata, como lo llamábamos sus amigos. Es cierto que dejo de lado a poetas como Francisco Bendezú, César Calvo, Marco Martos y un injusto etcétera; pero es cierto también que se trata de establecer una breve galería del recorrido histórico de lo que problemáticamente llamamos poesía peruana tan solo para comprender el porqué de esa creencia sobre la fecundidad lírica del territorio peruano. En esta convención, la llamada poesía peruana -que, además, se sostiene por esa otra que presume al país como “tierra de poetas”- los versos de Watanabe marcan, sin duda, un hito que afortunadamente no podrá superarse.

Mi descubrimiento de su poesía va, más allá de las convenciones retóricas que preñan este escrito, de la mano del hallazgo no menos maravilloso de su persona. Lo conocí en un recital de poesía en junio de 1999 en la PUCP. Para entonces solo había leído dos de sus libros: Historia natural (Lima, 1994) y Cosas del cuerpo (Lima, 1999). En esa ocasión, descubrí qué tan importante era realmente el vínculo que sentía por los recuerdos que del norte del Perú asomaban en sus versos. La experiencia con el desierto, con los ríos turbios, con la fauna de Laredo, de Santiago de Cao y de Chuco era realmente similar a la de mi familia materna. Al mismo tiempo, descubrí con fascinación qué poco importante era todo eso para la poesía en sus fueros más internos. Desde entonces tuve la suerte de cultivar su amistad y, sobre todo, de conocer de cerca a uno de los poetas más decisivos e influyentes en lengua española.

Su primer libro, una rareza bibliográfica a la que solo accedí gracias a su autor, le mereció el premio Poeta Joven del Perú en el año de 1970, en distinción compartida con Antonio Cillóniz. Álbum de familia (Lima, 1971) es un libro que adelanta muchos de los tópicos de la poesía de Watanabe: la familia, el paisaje urbano y rural, la vida, la enajenación burguesa, la pintura, los animales etológicos y moralizantes... Temas tratados con un verso libre narrativo (bien asimilado de la poesía anglosajona) y una perspectiva poco frecuente en la lírica hispánica: la del haiyin japonés, la del poeta contemplativo y giróvago que resume su experiencia vital y artística al máximo para condensarla en un haiku.

Casi cuatro lustros más tarde publica El huso de la palabra, poemario muy bien recibido por la crítica que evidenciaba un alto grado de reflexión sobre los objetos contemplados (esa suerte de “sabiduría oriental” que se le endilga dejando de lado, por ejemplo, el ejercicio contemplativo enseñado por José María Eguren) y, sobre todo, una concepción orgánica del libro que autores como Camilo Fernández Cozman han comentado acertadamente acerca de su obra. El huso de la palabra, cuyo título nos recuerda el juego semántico de otros como Comentario reales de Antonio Cisneros, es un libro que plantea una comprensión sistemática de la experiencia poética: el paisaje y la fauna, por ejemplo, serán trabajados como tópicos a partir de metáforas que permitan plantear paralelismos respecto de la dimensión social y cultural con la que los lectores interpretan los versos.

Así, en sus libros posteriores, Historia natural y Cosas del cuerpo, la presencia de animales poéticos se vuelve patente y, por ello, se ha planteado la existencia de un “bestiario” watanabesco. Bestiario como colección de animales, como artecto literario que le transfiere al animal un paquete semántico articulado con la obra en conjunto, como galería de signos que, en última instancia, promueven la hermenéutica de los poemas, del poemario y de la obra total. Los animales de Watanabe, hasta cierto punto, son bestias que se confunden con la voz poética (narrativa) para hacer más delgada la línea que los separa del ámbito humano. Desde Historia natural (libro premiado por la Asociación Peruano Japonesa) podemos plantear en la obra de Watanabe una dimensión histórica en su poesía; si entendemos el término “historia” en su acepción más prístina, es decir, historia como investigación con participación subjetiva. Así, las bestias descritas por Aristóteles, Plinio, Eliano, Epifanio y una vasta legión de autores posteriores resucitan en toda su dimensión moral en los chotacabras, los toros, las lagartijas, los lenguados, los pelícanos de la poesía de Watanabe.

Decir, pues, que su poesía es una historia natural, una exploración de la dimensión biológica y cultural de nuestra sociedad inserta en un ecosistema con sus propias leyes, no deja de lado inclusive a su poemario Habitó entre nosotros, libro en el que plantea una aproximación personal de los evangelios de Cristo: el mesías de Watanabe se nos presenta en una dimensión real que nos recuerda los ensayos cinematográficos de Pasolini, por ejemplo.

Sin embargo de todo lo dicho quisiera, además, compartir con ustedes, pacientes lectores, una anécdota muy personal a manera de epílogo. En una tarde de otoño tuve que ir a casa de Wata para dejarle unos libros que usaría en dos proyectos: su versión libre de Antígona (la misma que pude ver mientras escribía) y otro llamado El minotauro. Sobre el éxito de su versión teatral de la tragedia de Sófocles es inútil decir algo novedoso. En cambio, resulta interesante saber que por el momento ya tenía muy avanzada la escritura de un poema sobre Asterión, el entenado del rey Minos que todos recordamos por su apelativo descriptivo y, sobre todo, por su laberinto. Dicho poema fue destruido por su autor y desconozco si es que existe alguna copia del mismo en manos de alguno de sus amigos. Conservo, en cambio, una gran lección sobre la vida: cuando le dije a Wata que cometía un error “arqueológico” al referir cierta disposición sobre la parte de un templo me miró con calma y me dijo: “Elio, realmente te gustó mi descripción del pelaje de Asterión en ese verso, ¿no?”. “Claro –respondí. Me parece que es lo más verídico que se pueda decir de la pelambre de un ser mitológico”. “Ah, me alegro –respondió con el asomo de una sonrisa- porque en realidad estoy describiendo el pelambre de un gato que vi pasar hoy por la mañana en la acera de enfrente”. Wata me quiso enseñar que la poesía podría tocar todos los temas, desde los más sublimes y eruditos hasta los más mundanos y no menos sublimes. Sin embargo, quiso que aprendiera que es la observación de lo vivo, del entorno, lo que inclusive nos ayuda a comprender aquellos fenómenos de la imaginación o del pasado. Su poesía, pues, nos reta con cada lectura a comprender que no siempre es necesario interpretar los textos desde los paradigmas de la Academia , sino que debemos enfrentar el arduo reto de permitir que la lectura se introduzca en nuestra dimensión personal. Después de leer uno de sus libros, créanme, sentirán que conocen a Wata de toda la vida, que es un amigo entrañable que ya no está con nosotros.

 

© Elio Vélez