Iba despreocupadamente caminando y leyendo al mismo tiempo: es un mal hábito que nunca he podido dejar y que, además, me ha procurado severos golpes en la vida. Estaba inmerso en la lectura de un episodio en el que Judge Dread debe combatir a un humanoide llamado Angel, que con su fuerza descomunal destrozaba los cuerpos de los civiles. Recordaba con el mismo aire circunstancial algunas novelas gráficas muy cortas en las que Dread se enfrentaba con otro de mis superhéroes favoritos... Batman. Entonces, encontré en el suelo un sobre que contenía varias hojas maltratadas. Estas tenían anotaciones al margen y tachaduras. Imagino hasta ahora que debieron de pertenecer a un universitario, sobre todo por su tufillo ensayístico molesto. Lo curioso del caso es que se trata de un estudio sobre la novela gráfica, género que recordaba mientras leía un cómic envejecido. Transcribo en esta ocasión su contenido porque considero interesante poner en el tapete de la discusión sobre lo literario un género que, insospechadamente, nos devuelve a un estadio del texto en el que la letra y la imagen coexisten para crear significados de una complejidad que reta nuestra capacidad para leer en más de un plano:
“El cómic es un lenguaje artístico que combina los iconos con la escritura. Su nacimiento va casi de la mano con el del cine y, por ello, el siglo XX ha sido la arena de sus conflictos. En la actualidad, no cuestinamos ni la autonomía de su lenguaje ni la pertinencia de su carácter artístico; sin embargo, resulta igualmente problemático tratar de negar los estrechos lazos que lo unen con la literatura. De esta no solo tomará modelos prestigiosos para sus personajes, sino que, además, como en el caso del cine, se servirá de sus formas narrativas más prestigiosas para alcanzar un estatuto mucho más elevado que el permita el ingreso en círculos cada vez más especializados.
“La prehistoria del cómic nos remonta a épocas en las que la imagen era utilizada para instruir a los analfabetos: la frase de san Gregorio Magno resulta muy elocuente: “la pintura es una forma de literatura para los iletrados”. Para citar un solo ejemplo de sus peculiares comienzos hablaré de un inusual libro anónimo llamado Hypnerotomachia Poliphili. Esta curiosa novela alegórica, publicada en 1499 en la imprenta de Aldo Manuzio, es la precursora de muchas de las formas modernas de discursos gráficos. En ella, los retablos medievales adquieren un dinamismo muy próximo al de los cómics actuales.


“El gran salto respecto de las formas anteriores de imagen radica en la secuencialidad narrativa que se aprecia en los tres grabados en madera, la misma que resulta fundamental para definir al cómic o historieta.
“Quizá el término español de historieta que usamos para designar a lo que comúnmente se designa con el anglicismo comic nos ayude a comprender la diferencia entre este y la posterior novela gráfica: el diminutivo de historia, historieta, nos revela la conciencia que se tiene del género en tanto ilustración con texto de carácter breve y episódico (por su parte, la voz inglesa lo circunscribe temáticamente al ámbito de la comicidad, es decir, relato con final feliz). Inclusive cuando revisamos la obra del ginebrino Rodolphe Töpffer (1799–1846) nos encontramos no solo con las primeras manifestaciones de lo que serían las actuales viñetas,

sino que además podemos ver en su Histoire de monsieur Jabot los inicios de la novela gráfica, la misma que en su momento fue llamada “literatura en estampas” . No obstante la importancia de este caso, tenemos que remontarnos a fines del siglo XIX para encontrar ya en plena vigencia las tiras cómicas tal y como las concebimos hoy en día; las mismas que, al igual que la novela por entregas, existiría como parte de las publicaciones de los diarios. Así, con el desarrollo popular del cómic los esbozos de Töpffer serían ampliamente superados.
“Para algunos la primera novela gráfica aparece solo hasta 1978. Se trata de A Contract with God de Will Eisner. Esta publicación no solo marca un hito respecto de los cómics anteriores por el hecho de que su historia no- episódica muestra una plena conciencia de autor en el manejo del texto y la imagen, sino porque, al mismo tiempo, ingresaba en un nuevo y prestigioso circuito comercial: este no era un cómic que debía comprarse en los puestos de periódico o tiendas de abarrotes, sino que circulaba en las librerías.
“Resultaría inútil toda discusión que trate de delimitar formal y exclusivamente los productos artísticos que aquí comentamos: literatura ilustrada o acaso, más paradójicamente, “historieta novelada” se trata de una nueva forma narrativa que complejiza aún más las posibilidades expresivas de la historia. Los personajes existen tanto por los discursos que enuncian como por representaciones gráficas que permiten crear y recrear distintos momentos de la historia, al mismo tiempo que suponer aspectos subjetivos que no se expresan en el verbo de sus textos. Además, puede darse el caso, como en efecto sucede, que dichas novelas gráficas poseen más de un autor: está propiamente el escritor (que en realidad redacta las nubes mediante las que se expresan los personajes), el dibujante y tal vez un pintor (encargado del entintado). Es un tipo de literatura industrial que se concibe como fruto de la colectividad y se dirige a las masas.
“Un caso muy singular es el de la novela gráfica Maus de Art Spiegelman que se publicó en dos partes. Esta mereció diversos reconocimientos como un premio Pullitzer especial en 1992 y una exposición de sus viñetas en el MoMa de Nueva York.
“En esta obra de Spiegelman es perceptible una reflexión sobre el proceso de escritura (podemos ver hasta la representación de las libretas en las que el autor esboza los animales mediante los cuales representaría a los personajes de su biografía). Esto, claramente, nos avisa de una conciencia autobiográfica a través del cómic -vulgarizada a través del tamiz psicoanalítico- y, por ende, de la madurez del género en cuestión. Esta conciencia autobiográfica marca la pertenencia histórica de la narración, ya que se crean dos planos: el de su presente que vuelve sobre el pasado del padre en n campo nazi de concentración para judíos. Sobre todo son elocuentes las viñetas en las que Spiegelman aparece con una máscara de ratón, frente al psicoanalista: se crea otro plano discursivo que, inclusive, nos acusa la ficcionalidad del mundo referencial de la autobiografía. Todo un logro.
“Por otra parte, tenemos el caso de Sin City de Frank Miller. Aquí estamos enate una serie que, sobre la elaboración de un mismo universo ficcional, crea una serie de historias cuyos personajes muchas veces se entrecruzan. La primera de ellas luego ha sido titulada The Hard Goodbye. Miller ya en la década de 1980 había experimentado con héroes urbanos como Batman y Daredevil a los que ciertamente les confirió un carácter mucho más obscuro que hacía repensar en ellos el concepto de héroe.
“Esta novela gráfica en particular, como en el caso de la Spiegelman , nos acusa una vez más la evolución metadiscursiva del género: por ejemplo, podemos percibir una nítida reelaborción del concepto literario de lo heroico: se trata de un modelo de héroe urbano (llamado vulgarmente, en el mal sentido, antihéroe) que muestra un agonismo desvirtuado. Este busca su sacrificio por un ideal personalista y ya no colectivo: quiere vengar la muerte de su amada. Su derrotero es, además, una exhibición del submundo de la Urbe y no la configuración o evocación de un lugar idealizado por el que se debe pelear.
“El patetismo agónico de la novela de Miller puede, inclusive, llegar a prescindir de la narración escrita...
“En el momento culminante de la historia, cuando se ejecuta al protagonista, el texto se deja de lado y, así, se subraya la fuerza de la imagen para codificar la visceralidad del acto y proyectar sobre el lector-veedor una serie más abierta de significados.
“En la actualidad, podemos apreciar novelas gráficas como la de la serie ilustrada por Moebius (Alien, Blade Runner, The Fifth Element) y Alexander Jodorowski: The Incal. Esta novela, además, pretende, de manera mucho más directa y evidente que el caso de Sin City, dialogar críticamente con géneros prestigiosos como la épica. Su héroe, John Difool, es una especie de héroe épico en la línea de aquellos personajes derivados de una inversión paródica de Odiseo:
“The Incal crea todo un universo paralelo (como una suerte de elseworld) que remite a una especie de utopía perversa de nuestro futuro. Imagina una sociedad radicalmente jerarquizada (apoyado siempre en referentes de la tradición) en la que los aristos son las personas que viven en los niveles superiores de la ciudad. Ciudadanos como John Difool, en cambio, habitan en los niveles inferiores. Más abajo, inclusive, están los mutantes. Toda una degradación de la humanidad que no puede prescindir de la teratología.
“Su travesía remite a una épica del conocimiento: conócete a ti mismo, parece ser el eco del oráculo délfico que marca la historia con el sello de la tragedia. Aquí, la pregunta por los orígenes, como en la tragedia posesquílea, dará la pauta para el inicio de sus desgracias: comprenderá que es hijo de una prostituta del submundo y su padre, luego convertido en un jorobado humanoide, tratará de matarlo. Este psicopompo, en vez de contar con un guía como Virgilio (en la Commedia) es conducido por un robot renegado de la policía y tiene como mascota a un pelícano mutante de concreto.
“Su viaje épico, pues, radica en la búsqueda por su propia identidad y, desde ahí, se proyecta una pregunta colectiva: ¿a dónde van a parar los hijos de las prostitutas, si es que estas no pueden quedar embarazadas? La terrible respuesta abre las puertas del misterio y, sobre todo, invitan a la lectura.
“Con esta breve exposición hemos querido mostrar rápidamente la evolución de un género relativamente nuevo que ya ha dado frutos notables y signos no menos importantes de actualización discursiva. Acaso llegue el día en que la palabra novela remita sin más a esta especie de novela gráfica y aquella exclusivamente literaria sea vista con la extrañeza, con el asombro que reservamos a los himnos hetitas, a la épica babilónica, a los poemas del papyrus Oxirrincus que algún erudito, muy seguro de sí mismo, nos trata de convencer de que eso fue literatura hace algún tiempo.