Elio Vélez

 

Perú, 1979. Nació en la ciudad de Lima. En 2004 obtuvo el Premio Nacional de Poesía PUCP con el libro Sansón ebanista (Ed. PUCP, 2005). Es cofundador de Los Noveles y ha sido colaborador de Ajos & Zafiros. También es autor del poemario En el bosque (Serie de la Salamandra, 2002). Se desempeña como docente de la Universidad del Pacífico y de la Pontificia Universidad Católica del Perú. En esta casa de estudios, además de enseñar latín a jóvenes entusiastas, trabaja como secretario académico de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas. Publica también artículos sobre historia de la cocina hispánica y mediterránea en revista Sommelier.

 
 
 
   
 
   

 

El asno de oro de Apuleyo y los orígenes de la novela

 

Esta sección reemplaza aquella otra conocida en la prehistoria de losnoveles como Lectura obligatoria. Ambas fueron siempre convocadas por Salvador Luis, amigo de la infancia y cómplice en la actualidad. Aparentemente mi condición de docente y cocinero me conduce por la senda de la observación y el consejo: ingrato trabajo es el de saber observar al estudiante o al comensal para poder sugerirle lo que más le conviene. Luego, obtenido el resultado, pocos son los que se acuerdan de la persona que les recomendó una novela francesa en derterminada traducción o unos pulpos sofritos con ajos y pimientos. Esas páginas, esos sabores ya les pertenecen, como el olvido. Esta sección, sin pretenciones mayores, es una simple guía para aquellos que divagan en los anaqueles del presente, habiendo descuidado sin malas intenciones los laberintos de la historia. Como toda recomendación del chef, queda sujeta al gusto del comensal.


 

Los tiempos de la posmodernidad nos han sometido a muchos engaños. Por una parte, se nos enseña que no existe certeza alguna, que todas las disciplinas y creencias consolidadas en la primera mitad del siglo XX son en realidad quimeras. Por otra parte, en cambio, las personas reaccionan de manera ortodoxa a la crisis de valores que las ciencias nos imponen. Un escritor, por ejemplo, se resistirá a ser considerado un epígono, una repetición de modelos preexistentes, a ser la pálida y lucífuga cita de un autor mayor que lo excede en siglos. Un escritor posmoderno se equivoca.

Actualmente, la novela es uno de los géneros narrativos que mejor se ha consagrado. Escritor, dirían algunos, es ahora un vocablo sinónimo de novelista. ¿Un poeta es un escritor, un dramaturgo, acaso? Qué más da. Los novelistas son los nuevos censores de la sociedad, historiadores de lo cotidiano, fabulistas de la filosofía o ensayistas de la sociología. Inclusive, cuando un arte tan contemporáneo como el cómic eligió a un género literario para chuparle su sangre y, así, mejorar sus viñetas con abolengo narrativo, eligió a la novela sin titubeos. Ese es el caso de la novela gráfica. Milan Kundera, en El arte de la novela , mira, no obstante, con poco optimismo su devenir cuando se pregunta si es que esta no ha llegado a su fin, si es que no ha explotado ya todas sus posilidades. Lo hace, además, partiendo de una de las novelas más paradigmáticas de todos los tiempos: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra (Madrid, 1605). Ciertamente, si consideramos que desde la opera Cervantina se ha derramado mucha tinta podríamos darle algo de crédito a pensadores como Kundera. Sin embargo, al repasar la historia (todos los profesores somos aburridos, ¿no?) vemos que Cervantes poco inventó en la novela y, más aún, tenía una conciencia muy distinta del género cuando lo actualizó de manera tan formidable.

Escritores como Cervantes buscaban innovar de una manera distinta. Eran escritores (y no escribas) con plena conciencia de la tradición. Ellos eran modernos en un sentido cabal, es decir, en la medida que entendían el pasado como herencia y posibilidad y no como un fin teleológico. Jürgen Habermas, en nuestros días, ha sabido explicar cómo el homo modernus sabe aprovechar la experiencia y la teoría (una mirada específica sobre las cosas) para transformar el mundo o parte del mismo. Cervantes sabía de su condición epigonal y ese conocimiento de sus limitaciones lo hacía partícipe de la sabiduría necesaria para alcanzar la maestría en el arte de la novela. Hacer una genealogía de sus frutos es imposible en esta recomendación. Concentrémonos solo en uno de sus penates latinos.

San Agustín, en su De civitate Dei, nos confiesa que Las metamorfosis de Apuleyo (siglo II d.C.) eran conocidas por el nombre de Asinus aureus, es decir, el Asno pelirrojo. La actualidad ha consagrado para esta novela latina de fuerte contenido mistérico el nombre de Asno de oro porque así se le tradujo profanamente en lenguas romances. Si bien en el ámbito hispánico la novela picaresca es su hija bastarda más directa, ni la obra de Boccaccio, ni la de Cervantes, ni la de Rabelais se salvan de su influjo. De modo más sublime, podemos encontrar su parentesco en novelas rarísimas, en el sentido literal de rarvs, como la anónima Hypnerotomachia Poliphili de 1499. Su argumento es simple, pero no menos seductor: Lucio (siempre confundido con el autor, Apuleyo) emprende un viaje a Tesalia, oscura región griega famosa por la magia negra que ahí se cultiva. Ahí, reconoce a algunos amigos y conoce a personajes de corta moral que habrían de producir su desgracia.

Ni la misma novela de Apuleyo es del todo original: su personaje Lucio es una suerte de Odiseo mistérico que debe padecer una epopeya gnóstica, del conocimiento del bien y del mal, para poder renacer en una nueva forma bajo el amparo de la diosa Isis (recordemos que ya la dinastía Julio-Claudiana había instaurado los Isea, templos de la diosa Isis emparentada con la Magna Mater ). Así, ávido de los secretos de la magia trata de imitar a una bruja que se pudo metamorfosear en un ave. Él, en cambio, por su inexperiencia, se convierte en un asno, símbolo de la impureza carnal y del bajo conocimiento de las cosas sagradas. Patente aprecio por la tradición demuestra la inclusión de uno de los folktale más antiguos registrados en nuestra era: el de Eros y Psyche. Este relato es una suerte de espejo interior en la caverna mayor que representa la obscuridad de la novela. Su narración de las peripecias de Psyche, alter ego del alma humana, nos revela en última instancia el sentido mistérico de la correspondiente agonía de Lucio. Apuleyo, pues, trata de reescribir la tradición narrativa hasta entonces conocida, al mismo tiempo que configura una nueva mirada sobre la decadente sociedad romana.

Junto con el Satyricon de Petronio, la novela de Apuleyo nos ofrece una versión exquisita y al mismo tiempo realista (casi naturalista) de la Roma del siglo II d.C. Su mirada podríamos compararla con aquellas no menos magistrales de Pier Paolo Pasoliniy Federico Fellini: callejuelas inmundas, mercadillos pestíferos, casas opulentas llenas de servidumbre viciosa, amantes perversos, crímenes abundantes, raptos y una larga lista de aspectos cotidianos de una ciudad que se había convertido en mito gracias a la épica. Asno de oro constituye, al mismo tiempo, la prehistoria de la novela y su incierto futuro. Releyendo sus páginas podemos comprender que la creación, literaria o no, nunca es ex nihilo, que el arte no es un parto metafísico, si no un proceso de aprendizaje por imitación. El arte de la novela no debería partir de cero ni ver la proximidad de los confines. Debería ser la técnica de la reinvención, de la relectura como aprendizaje y de la imitación como consagración del presente en la historia. Apuleyo lo sabía y, por ello, se nos sigue presentando como imprescindible. El chef ha divagado por los contornos del plato. Que el lector sea el comensal con la última palabra.

 

© Elio Vélez