Elena Medel

 

España, 1985. Nació en Córdoba. Desde septiembre de 2006 reside en Madrid, donde disfruta de una beca de creación en la Residencia de Estudiantes. Ha publicado los poemarios Mi primer bikini (DVD, 2002), Vacaciones (El Gaviero, 2004) y Tara (DVD, 2006). Su obra poética ha sido parcialmente traducida al árabe, inglés, italiano y portugués, así como incluida en numerosas antologías; también escribe narrativa. Colabora en diversos medios de comunicación y es una de las coordinadoras del proyecto de agitación cultural La Bella Varsovia. Web

 
 
 
   
 
   

 

El libro digital

 

Mi currículum: resultará nada bohemio, epataré con nadie, y sin embargo menos noches en la cama con hombres que con libros. Durante la madrugada me he desvelado pensando en el recién abandonado, para retomarlo; he retrasado el sueño para acabar con él; me he dormido con él sobre el pecho. Nunca me refiero a dos piernas, sino a tapa y contratapa: libros que restan las horas al descanso, de los que cuesta despedirse para que las ocho horas de rigor los obliguen a la mesilla de noche.

Hoy J., a mi lado, en la primera noche de frío, reía sin parar con una novela; yo, mientras, con otra, subrayaba y doblaba esquinitas para recordar buenas frases, tiraba de la sábana para combatir los grados de menos. Éramos cuatro, o cinco, o seis sobre el colchón.

Y cuando —agotados de tanto personaje— apagamos la luz para dormir, J. tropezó con los volúmenes apilados en el suelo, asido al colchón, envió su novela bajo la cama, la mía al pasillo: hasta la noche siguiente.

 

Dormir la siesta con un libro y tus manos inventando la almohada.

Dormir y que el libro se te marque en la mejilla; que te abraces a él como a un oso de peluche.

Dormir con un libro junto a la piscina: que las zambullidas de tu hermana despierten al agua, y las gotas salten hasta la toalla y humedezcan páginas, y encuadernación, y el libro se marque para siempre con el recuerdo de ese día.

 

Algo peor: disfrutar mientras los demás hablan con entusiasmo, con fervor, sobre libros que no has leído. Morirte de ganas de leerlos. Apuntar los títulos. Olvidarlos. Y leer —a cambio y a tientas— doce o trece obras con argumento similar, cuyo autor se apellide parecido, por si suena la flauta.

 

Algo mejor: releer con los lustros, de nuevo hojear un tomo que te acompañó varios años antes, y demorarse en los subrayados, en los comentarios. Has inventado la máquina del tiempo.

 

El orgullo paterno al comprar nuestros primeros libros: permite que escojamos libremente, nos deja a solas en la librería, paga en el mostrador. Crecemos y se vuelca —generoso— con la asignación para cada fin de semana, consciente de que su sueldo no abastecerá a un hostelero. La desesperación paterna, diez años después, cuando amenaza: sólo queda espacio para libros en el cuarto de baño. Y remata: tú verás. ¿O suena más bien a futuro firme?

 

Debo mi miopía —quizás el ojo izquierdo— a mi madre, y a mi abuelo, y a mi bisabuela, y así a todo un árbol genealógico cuyas raíces se hundirán en la tierra con aquel Navarro primigenio, cegato, empeñado en el mundo como lugar borroso.

Sin embargo, me gustaría pensar que la culpa —quizás— del ojo derecho recaería en mis noches adolescentes, cuando mi madre repasaba dormitorio a dormitorio, por asegurarse de nuestros ojos cerrados. Yo le engañaba, y me escondía bajo la sábana con una linterna —regalo de la comunión: no sólo cámaras de fotos, no sólo relojes— para continuar leyendo.

De ahí mis dioptrías, de ahí las pocas horas de sueño que me bastan, de ahí la costumbre: mis ahorros para libros, mis ahorros para pilas.

 

Estas líneas se prologarían y se prolongarían y se prolongarían. Y podrían titularse, también, “Cosas que hice con mi e-book”. ¿No?

 

© Elena Medel