Elena Medel

 

España, 1985. Nació en Córdoba. Desde septiembre de 2006 reside en Madrid, donde disfruta de una beca de creación en la Residencia de Estudiantes. Ha publicado los poemarios Mi primer bikini (DVD, 2002), Vacaciones (El Gaviero, 2004) y Tara (DVD, 2006). Su obra poética ha sido parcialmente traducida al árabe, inglés, italiano y portugués, así como incluida en numerosas antologías; también escribe narrativa. Colabora en diversos medios de comunicación y es una de las coordinadoras del proyecto de agitación cultural La Bella Varsovia. Web

 
 
 
   
 
   

 

Dave Gahan

 

 

Bares, qué lugares: depuración del cuerpo y del alma por seis euros, ese amigo que finge vuestro noviazgo para que te dejen tranquila, aseos del Leteo. Bares para escuchar música y para beber y para ligar. Noche de Photoshop, zoom a nuestras virtudes: si me emborracho me río más contigo, te veo más guapo, si me emborracho me empujo al matrimonio.

Por las noches sales o duermes. Cuando duermes, a veces, sueñas: Gloria Fuertes como mínimo. Por ejemplo: con Dave Gahan. Uuuuuh. Sus tatuajes, su cuero. Piel sobre hojuelas. Baila: cómo baila. Salta: cómo salta. Ruge: cómo ruge. Debe Dave Gahan rondar la edad de tu padre, pero los pantalones de Dave Gahan, el pasado de Dave Gahan: accesorios, complementos a los que tu padre ni siquiera imaginaría aspirar.

En uno de mis sueños yo esperaba a Dave Gahan: corta peluca rosa, dedo índice cual gancho, sábanas suaves, película barata de canal municipal. Escucha, Dave, sabes el número de mi habitación de hotel, conoces el número de mi teléfono móvil, llámame y avisa —llegaré tarde—, me serviré algo del minibar. Pero Dave Gahan nunca abre la puerta, jamás sus nudillos contra la puerta, la yema de sus dedos en la yema de mis dedos. He pensado en su muerte de un manojo de segundos, en Los Ángeles en mayo de 1996, y he buscado calendarios que me obligaran al miedo, y no he encontrado más que la nota con su apellido en la reserva del hotel.

Algo suyo, pedía: pinganillo, amor eterno. Dave Gahan te abandona, y es cruel: no llega Dave Gahan a mis sueños.

Tampoco a la realidad, pero se trata de una historia distinta.

Dave Gahan suspende conciertos cuando ya has pagado el hotel, y no puedes huir sin abonar la cuenta, ahorrarte el dolor de abrir el monedero y purgar su ausencia. Algo se desgarra en él, un músculo, la pernera, y algo se desgarra en ti. Tú le esperas en ropa interior, con la tele encendida, amiga ya del chico del servicio de habitaciones, y él vuelve a casa sin decirte nada. Esto es siempre así.

Cuando duermes te despiertas. También cuando sales: bofetada del día al cerrar el garito, máscara de legañas en el primer bar que ofrezca desayunos, tropezando en la misma piedra, bañándote por partida doble en el mismo río, regresando al punto de partida. Y Dave Gahan descansando, y tú despierta en la habitación de hotel, un lémur concentrado en las grietas del techo, en la lámpara, malditos decoradores que acabáis.

No hablo de alcohol, no hablo de encuentros casuales. En esta ocasión, En la cama con se transforma en los consejos de la abuela: hablo de regresar a casa con una copa de más y soñar lo que no debes, lo que no puedes cumplir. Hablo de despertar resacosa y con alguien equivocado; de despertar en soledad, igual que ocurre en las canciones que escuchan las vecinas los sábados en la limpieza de la casa, y con el regusto de haber esperado a Dave Gahan durante toda la noche.

Hablo de pesadillas que no lo son, y de pesadillas que sí lo son. De viceversa.

Hablo de que mejor un zumo o un refresco antes que todo esto.

Hablo de Dave Gahan. Mi canción favorita de Depeche Mode: Personal Jesus. Tun, tun tu tu tun, tu tu tu tun tun, tun, reach out and touch faith. Y Home, cantada por Martin L. Gore, tan triste: alguien a quien prestar tu cama mientras tú cabeceas en el sofá, ojeroso en la última gira, con una chaqueta de plumas mientras Gahan se contonea, animal.

Con todo esto quiero pedirte que no bebas cuando salgas: noche oscura del alma, me casaría contigo si —al venirse la mañana— quienes se despertasen junto a mí fuesen tan perfectos como tú.

 

© Elena Medel