
Tracey Emin
En una cafetería, junto a un amigo, viertes el azúcar en la taza igual que los secretos para quien te escucha. Un encuentro de una tarde, un desayuno de resaca. Descalabro sentimental, trabajo inestable, date cuenta: eso que tú vives ahora, y que tanto te importa, ya ocurrió antes a todos. Por ejemplo: por tu ruptura han pasado los demás. Por tu precariedad. Un dolor no único en el pecho.
Pero estás en la cama.
No sé si estás en la cama con Tracey Emin; no sé si te has incorporado para ducharte, mear, restregarte jabón en los ojos o pasta dental contra las muelas. Puede, incluso, que no hayas retirado la colcha, sudado en la almohada; bastaría con visitar un museo, hojear un catálogo, teclear tracey emin bed en un buscador y pronunciar sábanas revueltas, condones usados, paquetes vacíos de tabaco, que al sonar todo cobre su verdad. Conocerías su cama sin haber dormido en ella. Ni siquiera recurrirías a la imaginación.
Su cama que es la tuya: la misma suciedad, el mismo desorden, no tienes por qué pensar en Joy Division.
¿Entiendes de arte? ¿De música, de literatura? ¿Estudias o trabajas? ¿Me invitas a una copa? ¿Ganará Vargas Llosa el Nobel algún día? ¿Pasarías la noche conmigo, mientras tanto?
Que la edad y el café con amigos y los significados negativos de este texto te protejan. Recuerdas una pieza de vídeo en la que Tracey Emin conversa con su madre, otra en la que baila y perdona a quienes arruinaron su futuro en la danza, instalaciones de casas en Chipre y amantes tejidos en colchas y la cama, la cama, la cama en la que estás y que no es tuya, pero como si lo fuera, o porque es igual que en la que duermes y te desperezas y le echas de menos, o porque en ella también Tracey Emin —que pintó desnuda en una galería— duerme y se despereza y le echa de menos.
¿Hablo de amor? ¿De extractos bancarios?
Estás en la cama de Tracey Emin o en tu propia cama y piensas: esto que me ocurre le ocurre a muchos otros justo en este momento, en otra parte del mundo, pero dejadme a mí aquí, con mi pulso bajo y mi pecho roto y el cobrador del frac escondido en el armario, para que no le descubran junto a mí. Abrázate a Tracey Emin, entonces. Es lo que necesitas.
© Elena Medel
 |