Elena Medel

 

España, 1985. Nació en Córdoba. Desde septiembre de 2006 reside en Madrid, donde disfruta de una beca de creación en la Residencia de Estudiantes. Ha publicado los poemarios Mi primer bikini (DVD, 2002), Vacaciones (El Gaviero, 2004) y Tara (DVD, 2006). Su obra poética ha sido parcialmente traducida al árabe, inglés, italiano y portugués, así como incluida en numerosas antologías; también escribe narrativa. Colabora en diversos medios de comunicación y es una de las coordinadoras del proyecto de agitación cultural La Bella Varsovia. Web

 
 
 
   
 
   

 

Zachary Taylor

 

 

Qué habita en tu cabeza, además de la orquesta del pueblo interpretando todos los éxitos del verano, uno tras otro: el verano de tu concepción, el de tu nacimiento, el de la primera menstruación, el primer beso, las vacaciones en la playa con los amigos. Y también una discoteca de tecno duro, de electrónica industrial, ahí en tu cabeza. Y la salida de una fábrica: el sonido —campana, alarma— que separa a los obreros de sus máquinas, el estruendo de las puertas abriéndose y cerrándose, los motores que se encienden para recorrer autovías hasta la ciudad. Todo ahí en tu cabeza.

Qué opinaría Al Gore de tu cabeza.

Anoche bebiste; mucho. Es más: ayer bebiste. Algunas cervezas a mediodía, de tertulia en una plaza. Vino para almorzar. Un chorrito de alcohol en el café. Tregua de seis a ocho. Y más cervezas, aprovechando los últimos rayos del sol, y más vino para cenar, y muchas copas después, bailando en una discoteca, no tecno duro, no electrónica industrial —eso es ahora: ahí, en tu cabeza—, sino los éxitos del verano, un dj enlazando las canciones del noviazgo de tus padres, las del mes en la playa con los abuelos, las del primer sujetador y aquel fin de semana en el apartamento de aquel novio. Todas esas canciones con cubitos de hielo, con el humo que asciende cuando el alcohol choca con ellos, todas esas canciones con invitación a copa y a bailar.

Bailas Juan Luis Guerra, Sonia y Selena, Carlos Vives, Macarena, Gasolina. Se te acerca un hombre: blande un cigarrillo, pide fuego. Surge de un ángulo oscuro, y te preguntas si su cuerpo es homenaje a Bécquer, si oculta algo. Se llama Zachary; Zachary Taylor. Es norteamericano, y visita tu ciudad en un largo viaje por el mundo, un periplo de siglos, y se ríe. Tú compartes carcajada; a estas alturas, qué más te dan la ironía o el misterio o los trucos chunguísimos para sentenciarte al catre. El paso siguiente lo dicta la lógica: le preguntas por su ocupación, por si estudia, si trabaja, y él responde que está en paro, aunque en su día fue presidente de los Estados Unidos. Reís.

Él se inclina, y te besa. No identificas si hay en su rostro más arrugas de la cuenta, si Lupus se ha cebado con él; pero si Heidi Klum acepta a Seal y desfila con él por las alfombras rojas, a ti no te queda más alternativa que abrir tu edredón nórdico al amigo americano.

Despiertas en la cama con Zachary Taylor. Con su pelo blanco, sus entradas, sus patillas; sus párpados ocultos, sus labios finos, su nariz de escuadra y cartabón. A la cocina sin Zachary Taylor. Por el pasillo sus pantalones, sus calzoncillos de pierna entera, la camisa de cuadros, la billetera: abres y compruebas el nombre, su nacimiento en 1784, y en el lugar para las monedas una llave pesada, una inscripción. White House, lees. Y compruebas los ronquidos de Zachary Taylor, y corres ante el laptop.

Hubiera sido fácil: en la cama con Barack Obama. ¡Incluso rima! Aún más: en la cama con John Fitzgerald Kennedy, en la cama con William Jefferson Clinton. Con ellos en la cama, en el sofá, bajo la mesa. Imagina: en la cama con Richard Nixon, en su quinto mandato —en la cama con Alan Moore, en la cama con el Búho Nocturno o con el Comediante—, antes de su entrevista con David Frost, mientras piensa en Carl Bernstein y Bob Woodward.

Sin embargo, estás en la cama con Zachary Taylor. Has debido clickar en el enlace de la Wikipedia para saber quién es Zachary Taylor; no es una práctica a la que seas fiel con todos tus amantes, pero te preguntas si la mujer del daguerrotipo es Margaret, qué ha sido de sus seis hijos. Hueles a pescado, a subasta barata, y ya no escuchas a Zachary Taylor respirar. Ya está: te has dado cuenta. Es una leyenda. Es una película japonesa de terror. Una noche con Zachary Taylor, y cuenta atrás para tu fallecimiento. Coma etílico, te repites. O gastroenteritis, como él. De la pantalla de tu televisor no surgen mujeres con la melena en los ojos; nada de niños en peligro. Pero has estado en la cama con Zachary Taylor, y eso debe de significar tu muerte.

Desde el cuarto de baño, Zachary Taylor grita: quieres salir a comer algo, afirma. Tú contestas que no, que exprimirás unas naranjas para el zumo, que rescatarás la crema de cacahuete que guardabas en la alacena, para él. Y tú, mientras, piensas en tu muerte inminente, en tu familia, en la hipoteca por cancelar, en el día de ayer. Y, ya que serás cadáver de aquí a unas horas, inventas con mermelada una segunda piel para el pan. El muerto, al hoyo; y el vivo, al bollo.

 

© Elena Medel