Elena Medel

 

España, 1985. Nació en Córdoba. Desde septiembre de 2006 reside en Madrid, donde disfruta de una beca de creación en la Residencia de Estudiantes. Ha publicado los poemarios Mi primer bikini (DVD, 2002), Vacaciones (El Gaviero, 2004) y Tara (DVD, 2006). Su obra poética ha sido parcialmente traducida al árabe, inglés, italiano y portugués, así como incluida en numerosas antologías; también escribe narrativa. Colabora en diversos medios de comunicación y es una de las coordinadoras del proyecto de agitación cultural La Bella Varsovia. Web

 
 
 
   
 
   

 

JD Salinger

 

 

Cuando estás en la cama con Jerome David Salinger te resulta imposible repetir los gestos que te despiertan con otros: incorporarte con el camisón subido hasta la cintura, abrir la ventana e imaginar que hay cielo donde sólo encuentras edificios.

—Tengo frío.

Has subido la persiana, y él ha callado. Has separado las hojas de cristal, has empujado las contraventanas, y entonces argumenta Jerome David Salinger que tiene frío, para que la habitación apeste a cerrado, para que vuelvas a taparte con la manta junto a él. Que te alejaras de Jerome David Salinger, que no era un hombre bueno para ti. Lo gritaban las madres, la tuya, las de tus amigos, las vecinas mayores que en tu infancia cuidaban de ti y de tu dentadura.

Pero estar en la cama con Jerome David Salinger es más fácil que estar con Thomas Pynchon o que estar con Norman Mailer: uno se escondería bajo la almohada, el otro apestaría putrefacto. Tú no quieres estar en la cama con Philip Roth, por supuesto, aunque en el fondo te gustaría que llamase Paul Auster y te pidiese:

—Ven a mi cama.

La cama de Paul Auster, una cama con vistas. Cenas con champán y artistas talentosos y comprometidos. Hablas de guiones, fumas en la cama. Pero eso significaría saltar de generación y de perfil. La cama de Paul Auster, ¿por qué no de continente? La cama de Ian McEwan. La cama de Haruki Murakami. La cama de Roberto Saviano, sus guardaespaldas, sus nuevos proyectos para el compromiso literario.

—Tengo frío.

Le llamabas Jerome David en vuestras primeras conversaciones telefónicas, Jerome cuando te acercaste a su casa a pasar el primer fin de semana, ahora JD mientras desayuna pan con tomate o te aconseja cambiar la marca del limpiacristales.

Así que te deslizas por la cama de Salinger. Nunca le preguntas: aún eres budista, por qué ya no publicas, qué opinas del trabajo de tu hijo como actor. Porque cuando Salinger te seduce no te invita a subir a su habitación de hotel para que leas sus inéditos. Porque Salinger —todos lo saben— no va al cine para que no le pregunten por sus libros, no tiene conexión a Internet para que no le pregunten por sus libros, te envía al supermercado para que no le pregunten por sus libros. La llama de vuestro romance se elevaba y tú le preguntaste por qué todas esas cosas.

—Para que no me pregunten por mis libros.

Y por qué tienes teléfono, le preguntaste.

—Porque la niebla del condado no me permite comunicarme con señales de humo.

Ya sabes: no abrir las ventanas, seleccionar el correo, prever cenas frugales y sin invitados. Estabas en la cama con Jerome David Salinger. El otro día le llamaste pez plátano mientras se acurrucaba junto a ti, y te envió al sofá. Hoy te pide que no abras la ventana, porque tiene frío.

—Tengo frío.

Y tú la dejas abierta, te proteges con la bata, avanzas hacia las escaleras para bajar a la cocina y prepararte un café.

 

© Elena Medel