Marian Womack

 

España. Estudió literatura europea y comparada en las universidades de Glasgow y Oxford. Ha ejercido la docencia y ha enseñado lengua española y traducción. Su novela Catálogo de Ausencias, sobre sus experiencias en Rusia, resultó elegida entre las finalistas del I Premio Bruguera de Novela. Colabora con el Times Literary Supplement con reseñas sobre literatura española, y en la actualidad compagina la traducción y la creación literaria con su labor como miembro del proyecto editorial Nevsky Prospects.

 
 
 
   
 
   

 

La ciudad y las sombras

 

Anoche me desperté con un frántico aleteo. Encendí la luz. Nada, el silencio más absoluto. En la habitación contigua Juan comenzó a roncar con suavidad, como sorprendido por algo en su sueño. Entonces me dormí otra vez con ese estupor propio de las noches de calor en la isla.

Por la mañana la niebla lo había inundado todo. No se veían ni la playa ni el mar. Llegaba hasta la misma terraza comunal sobre la que se encuentra suspendido nuestro apartamento. Encontré un pájaro muerto, un minúsculo gorrión, muy cerca de la ventana entreabierta por la que no había conseguido volver salir. Las plumas estaban pegadas entre sí, como grasientas, por el sufrimiento, supongo.

Aquí fue donde todo comenzó. Por eso hemos venido.

En una casa construída por los brazos firmes y las manos robustas y callosas de unos hombres extraños. Y Laura, que necesitaba de las palabras para respirar, para vivir, olvidó que no entendía las palabras de aquellos hombres. Los observaba trabajando con una mezcla de fascinación y otra cosa difícil de precisar. Le parecía que se reían de ella cuando les daba la espalda, que intercambiaban fugaces miradas llenas de entendimiento. Pero esto no era así en realidad. Era algo más difícil de explicarse. Era el calor pegajoso, y las carnosas amapolas, desordenadas por el viento, y las horripilantes plantas de aloe que tuvieron que arrancar para inventar un camino de tierra amarilla que los uniría en adelante con el mundo.

Y Laura pensó, está bien así. Esta isla parece inmune a la duplicidad que ahoga todo lo demás. Cada cosa tiene su razón de ser, su orden inequívoco que asienta la medida de todo, cada átomo de vida depositario de un orden y una lógica. Será un buen lugar donde envejecer y morir, parte al fin del ansiado círculo que todo lo une.

Laura escribiría en esa casa los poemas que llevarían a mi madre hasta ella, como en una carrera hacia atrás en el tiempo.

La casa ahora va a abrirse a los turistas por primera vez, y yo me siento extraña ante la inesperada invasión de la realidad: pronto podré visitarla si así lo deseo. Recorrer sus estancias y posar mi dedo sobre el escritorio en el que Laura dio los últimos retoques a sus únicos versos escritos en francés, curiosear la imprenta desde la cual, con su amante Robert Graves, los lanzó a un mundo cada vez más aturdido por sus extrañas obras. Sé muchas cosas sobre la casa. Sé, por ejemplo, que la pila de la cocina es la misma sobre la cual Santa Catalina da Tomás, la santa incorrupta del convento de Santa Magdalena, viera el demonio por vez primera. Se que los libros de Laura continúan en su estudio tal y como ella los abandonó al principio de la Guerra Civil, junto a los botes de medicinas vacías que olvidaba por todas partes y que semejaban brebajes y pociones malignas. Pudeo imaginarme recorriendo aquellas salas que olerán un poco a cerrado en compañía de mi madre, su pelo gris y una sonrisa cansada afeando su rostro.

Pero imaginar todo esto es absurdo. Mamá murió muy lejos de aquí, en una ciudad de mentira, una ciudad universitaria de postal navideña, mientras escribía una tesis doctoral que versaba sobre la extraña poesía de Laura.

Juan me trae en el coche, y ambos nos quedamos sentados en su interior, contemplando el mundo que se extiende más allá del cristal cubierto de polvo y de trocitos de hojas y manchas sangrientas de insectos aplastados. Hay niños jugando a la pelota en la acera a la sombra de los árboles. Una fuente que moja la tierra, hombres descansando al fresco. Un perro soltario. Es posible que nunca llegue a entrar en la casa. Me he nutrido de Laura durante tanto tiempo, agarrándome a la idea de ella con la desesperación de un náufrago, que la noción de ver sus cosas como un turista más me resulta irreal.

A menudo tengo náuseas, súbitos cambios de humor, sobre todo cuando escucho el nombre redondo de la ciudad donde supongo haber nacido, y muerto un poco también, como mamá. Pero Juan siempre achaca mis males al calor y a las moscas, a las largas noches pasadas sin poder tocarnos, contando los minutos empapados en sudor y con la ventana abierta hacia el mar. Desde donde estamos se escucha perfectamente, parece que discute consigo mismo. Tiene algo de siniestro el mar. En la ciudad no había mar, aunque estuviera cruzada por tres ríos. Eso propiciaba aquellas zonas de verdosidad estancada y malsana. Aquel laberinto de agua también creaba numerosas “islas” en miniatura donde se asentaban los distintos barrios, cada uno con su personalidad propia. Aunque de aquella agua estancada y verdosa salieran también los cuerpos sin vida de niñas perdidas.

La ciudad tenía cierto encanto innegable, pero adolecía de demasiadas puertas cerradas, de demasiados secretos. Sólo las gentes que habitaban las islas, en lugar de los altos e imponentes colegios de piedra rubia, se libraban de la duplicidad inevitable que anegaba el resto.

Imagino que a Laura le gustaría habitar una isla. Una isla es como un poema, o como una mujer, sola frente al mundo. En una isla hay lugar para la verdad. Estos paisajes desafían el intelecto, el mar, la montaña y el bosque, a menudo unidos en una única imagen. Es como si la isla tuviera la capacidad de contener la esencia del universo. Un lugar en exceso privilegiado. Es por eso que quien busque la verdad debe detenerse aquí. Por eso vino Laura. Tal vez por eso hemos venido nosotros también.

Asistió a prodigios desde el principio, y ella y Robert los atesoraban, los catalogaban, los analizaban con inocente fervor. La isla era su propia diosa pagana a la que rendir culto. La magia, una vieja conocida para ambos, una esperada visita que llegó para quedarse.

Está tumbada sin poder moverse. Comprende con una lentitud inverosímil que se encuentra inmovilizada en una cama de hospital. El dolor es intenso y paralizador, pero alternado de ráfagas de un torturante placer. Al poco –aunque fueran días, no existe medida del tiempo– todo se vuelve más nítido y comprensible. Es un milagro, le dicen. Deberías estar muerta, te has roto cuatro vértebras, la pelvis en tres partes, y la caída dañó tu espina dorsal. Sin embargo estás viva y andarás de nuevo. Pero Laura no entiende –ella se sabe necesaria en el gran plan de las cosas.

Mi madre desapareció en un lugar llamado Rose Hill, tras visitar una de las casas donde Robert Graves y Laura vivieron juntos. Descendió la colina, y nadie volvió a verla nunca. Y su tesis, sus poesías, todo se desvaneció en el aire de la ciudad invisible, la ciudad de cristal, odiada por todos los que hemos logrado dejarla a nuestras espaldas, escaparnos para siempre de sus sombras angulosas y de la hipocresía que anida tras sus esquinas.

Cuando Olga leía a Laura, cuando estudiaba sus poesías en esa tesis que desapareció –como todo lo hace en aquel lugar de mentira– yo estaba dentro de ella, pataleando imagino, sin poder esperar a ser escupida a un mundo que jamás iba a lograr entender. En él habría libros. Y personas. Ciudades invisibles e islas como la nuestra, rebosantes de realidad. La realidad también se alcanza desde la ciudad de cristal, aunque para ello tengas que coger un tren hasta Paddington. Después es sencillo llegar hasta Bloomsbury, siguiéndole la pista a Laura. La plaza que la vio sobrevivir a su intento de suicidio, sobre la cual se desplomó su cuerpo, rompiéndose como los pétalos de una flor, si la he visitado a menudo. Poco después, Laura abandonaba aquella isla falsa que es un país, y partía hasta esta otra que la esperaba en mitad del Mediterráneo. Una isla inventada por otros, llena de ausencias y de olvidos, pero también de la luz más blanca que conociera. El aislamiento del mundo, pero también, paradójicamente, la comunión perfecta con todas las cosas.

Desde su ventana sobre la plaza de San Peter espiaba las ausencias de Robert, e invocaba maldiciones. He discutido muchas veces con Fergus sobre si Laura tenía poderes o no los tenía. Nunca llegamos a una conclusión que nos satisfaga a ambos. Pero hay varios incidentes. Los dos más llamativos ocurren desde esa misma ventana. Ojalá se muriera. Es un segundo nada más, de profundo e inesperado deseo. Y entonces ocurre más abajo, los retazos de periódico volando, las naranjas que ruedan por el suelo –una ofrenda traída para apaciguarla, cual diosa Kali– y Robert sorteando el coche que ha estado a punto de atropellarlo. Y la certeza, súbita, de su muerte si ella así lo desea. Hay que ser cuidadoso con lo que se desea.

El segundo es más definitivo aún, con la absoluta precisión del milagro. Laura Riding se tira por esa misma ventana, y sobrevive, transmutándose en una diosa, un ser eterno, inmortal e infinito, destinado a proteger la verdad, la esencia misma de todo.

Ignoraba cómo se habría producido aquella transformación, pero entendía que su metamorfosis era necesaria en el ancho plan conjurado para salvaguardar las esencias en un mundo abocado a la idolatría de la superficialidad. Y ese acto catártico, que la tornó en un ser indivisible, la había alejado de la mortalidad, de la locura, y del peligro a diluirse con el resto. La había hecho única. Ya nunca podría tener hijos con Robert, pero se sentía hermosa, preñada de significado, de verdad y de vida.

Fue una época llena de descubrimientos y de reinvenciones en todas las cosas. Muchos artistas y poetas lo entendieron así desde sus habitaciones atestadas de ratas: tras la primera gran guerra se imponía una redefinición del mundo. Laura amaba las palabras. Comprendió la importancia del lenguaje en la creación de ese valiente nuevo mundo, y se hizo poeta.

Después llegó la Tierra Baldía de Eliot reinventándolo todo, y Laura escribe en su diario: la poesía norteamericana debe resurgir de sus propias cenizas, porque él con un solo poema ha conseguido inmolarla. Otro lenguaje poético es posible. La idea resulta embriagadora, paralizadora también. Laura se propone descubrir este lenguaje nuevo. El poeta, decide, tiene que tomar un papel más activo como guardián de la verdad. Comprometerse no sólo con la belleza, sino también con el significado. La recompensa es grande: un nuevo, y honesto, diálogo con el mundo.

 

Hubo luces de artificio tras la tormenta. El mundo volvía a llenarse de significado. Laura retuerce la cuentas de su antiguo collar mallorquín. Lleva puesto un traje imposible, blanco y bordado, inimaginable en su vida anterior de pobreza neoyorquina. Y una diadema de plata con su nombre en letras griegas. Son los atributos de su divinidad.

En un arcón de madera que descansa tras sus viajes, eternos hasta llegar aquí, hasta este preciso lugar, conserva todavía la carta. Es un papel color crema, con una nota que le informa de ser la receptora del Premio de Poesía de Nashville de 1924, dotado con cien dólares, por el mejor poema aparecido durante aquel año en la revista literaria Los Fugitivos.

Laura se pone en pie, majestuosa, y empieza a leer. Algo extraño ocurre –con cada palabra, con cada verso, comprende que va aumentando la distancia entre ella y esos hombres sureños. Las palabras, que todo deberían unirlo. Uno mira el reloj. Otro se revuelve incómodo en su asiento, un tercero se quita las gafas doradas y se las reajusta. Ninguno de ellos la ha mirado, la mira ni la mirará mientras dure su recital.

Sola en el mundo. Como una isla, como un poema. Como mi madre en aquella ciudad inventada del centro de Inglaterra cruzada por tres ríos, antiguo paso de bueyes, de ahí su nombre redondo y marrón. Ella también estaría sola entre hombres muy similares a aquellos, con chaquetas y pajaritas, y pantorrillas amarillas que asoman por los pantalones, y gafas de fina montura dorada. Y ojos que te miran sin verte, o que no te miran nunca, y esas manos, largas y huesudas, con las que se saludan los unos a los otros. O bien las entrecruzan, graves, los dos dedos índices sobre unos labios finos e inexpresivos que parecen decir que no saben qué hacer contigo, antes de echar una mirada poco disimulada al reloj en la pared.

 

Fragmento de la novela inédita © Marian Womack