
Vienen con la luna
I am another when I'm with you, somebody more like myself.
Cornell Woolrich
Hay tiempos blancos y tiempos rojos. El tiempo blanco es bueno y breve. Ella tiene la impresión de que antes era una palabra mucho más larga, pero se le ha olvidado cómo decirla. En el tiempo claro, ella hace cosas que le gustan, como alimentar al pájaro, por ejemplo. A veces incluso oye su trino, y el tiempo blanco se llena de densidad como si aparte de recordar en círculos existiera una línea prolongada de acciones desde abrir la jaula hasta poner alpiste sobre su mano, y así sentir las leves patas del animal al rozarle sus dedos. Ella también lo llama tiempo de canario. El tiempo de canario a veces dura mucha luz y también mucha oscuridad, pero para ella esas percepciones son vagas. En los tiempos blancos a veces canta o silba. La música le vibra en la garganta y le provoca estremecimientos eróticos. Cuando los tiempos blancos son extraordinariamente benignos, ella puede incluso tomar objetos con sus manos, mover la lengua, llorar y hasta bajar libros de la estantería aunque estos luzcan como si hubieran sido empastados con páginas sin símbolos, como si en ellos jamás hubieran constado palabras legibles. Ve formas encadenadas sobre el papel que no le transmiten ninguna idea.
En el tiempo blanco los colores se diluyen. Las intenciones y los deseos también le son confusos al igual que las formas, como los sonidos, como los ciclos. No tiene memoria en el tiempo blanco o al menos así le parece. Carece de ambición o anhelos. Ella es en el sentido en que sabe que vive para sí misma. Ella existe: eso es todo.
Él hizo una broma sobre estar viviendo en la época medieval por no tener agua corriente, su esposa no le contestó. Se había dormido. Para no sentirse solo emitió una carcajada débil que volvió más amigable la pieza oscura, apenas alumbrada con velas que se consumían entre los rincones. También había llamado toda la tarde a los encargados de la electricidad, pero la promesa de colocarles luz antes del anochecer no se cumplió. Con la novedad, los tres niños no pudieron dormir hasta que la luna plena entró por los ventanales del pequeño departamento y lo alteró todo con su curva femenina. Sin cortinas, con el caos de la mudanza, el lugar revuelto tenía la apariencia de un campo de guerra: como si alguien hubiera peleado dentro furiosamente y el desorden fuera el último rastro de la ira, como si las sillas boca abajo hubiesen sido asesinadas y las cajas de cartón estuvieran muertas.
Él experimentaba esa sensación de ansiedad que acarrea el estar inaugurando una nueva etapa de la vida mientras que su mujer se hallaba agotada. A la esposa la luna le causaba calor y molestias en el vientre. Él estaba parlanchín, sobreexcitado e insomne, inexplicablemente eufórico, encontraba ventajas a su despido de la corporación y al modesto empleo universitario que logró conseguir después. La austeridad no lo desmotivaba, más bien le ventilaba el cerebro con ideas audaces. Así, habló en voz baja haciendo cómplice de sus proyectos al departamento de sólo tres ambientes; pensando, planeando, inquiriéndose a sí mismo, al tiempo que la respiración de la mujer a su lado se hacía cada vez más profunda y sosegada. Había partido lejos y él no tenía muchas ganas de acompañarla en ese viaje, sobre todo ahora que no existían pretensiones mayores de pareja, sino escuelas públicas para los hijos y deudas en las tarjetas para ella. A veces su esposa dormía, a veces él. Unidos hasta la muerte pero no en los sueños. Los sueños de cada uno eran otra cosa.
Pero también hay tiempos rojos en los que además de recordar el presente ella siente hambre. Cree que es apetito porque tiene ganas de ser llenada, de completarse con los dedos, con la lengua, con alguna punta roma que le atraviese todos sus agujeros y la satisfaga hasta acabar con la comezón. El tiempo rojo es doloroso y sangrante porque se ve a sí misma caminar descalza por las habitaciones dejando una siembra púrpura. Sobre el linóleo raído, una y otra vez, van sus marcas de saliva, y ya no hay consuelo porque todo es descarnado. Ve la realidad como una cadena de fotogramas a contraluz. El canario está muerto con su minúsculo esqueleto desamparado dentro de la jaula. La estantería vacía, sus joyas saqueadas, sus ropas rotas y los espejos en los pasillos son cristales apagados con los que su rostro no negocia. Todo se ha oscurecido. Naturaleza muerta como los cuadros sucios en la cocina. Quiere salir, pero también estar echada y a la vez de pie, aunque gateando en círculos; quiere aplacar el ansia. Tiene la impresión de que si coloca su mano sobre el pecho podrá atravesarlo hasta llegar al corazón o al menos hasta palpar aquella cosa intranquila que la hace antojarse de dar mordiscos al aire como los perros. La luna la pone espesa, lúcida, encendida. La luna se le coloca entre las piernas como un hombre y la moja con su empaste blanco. Entonces es un alma en pena y sólo entiende de su cruel naturaleza. Y la sigue.
Él salió a fumar a pesar de que el polvo le había causado algo de asma. Quería celebrar, felicitarse a sí mismo por haber hecho realidad sus viejos ideales de una vida simple entre gente simple. Un bloque de departamentos colectivos, una planta casi vacía de no ser por su propia familia y un balcón lateral que daba a una avenida transitada por esporádicas estelas de automóviles. Sentía que se acostumbraría pronto al olor del cloro y a la curiosidad de los vecinos, quienes lo ayudaron en la mudanza con caras crucificadas, mordiéndose la lengua para no preguntar. Avanzó casi desnudo hasta la luna espléndida y naranja, como si algún dios le hubiera dejado caer algo de sangre en su batalla por el poder cósmico. La noche estaba despejada y dramática, era el telón de fondo para una escena de violencia. Se sabía sensitivo, saturado por el calor húmedo de mayo, y tuvo ganas de ir a buscar a su esposa, taparle la boca y hacerle el amor en silencio para no despertar a los niños. Volvió a hacer una lista de sus fantasías y se sintió lleno de orgullo.
Entonces, confabularon una sombra y un olor sabroso como la pulpa puesta en el asador escurriendo fluidos tiernos. Encendió el cigarrillo y aspiró con profundidad el vaho de la nicotina hasta marearse. Se agarró del barandal y volvió a sonreír con esa misma confianza en el futuro que había experimentado poco antes dentro de su caja de cerillos. La calle estaba tranquila y solitaria. Invencible, ya tenía una erección leve cuando giró sobre sus talones y la descubrió mirándolo.
Lo contempla. Toda hambre. Él le recuerda a otra persona y es él mismo en otro espacio, pero siempre en presente. El tiempo pasa pero no tiene ningún significado. Podría haber sido hoy o mañana cuando lo ve y le muestra los dientes en una sonrisa poco practicada, animalesca. Se le antoja todo, desde el pecho cubierto de vellos hasta los pies descalzos con dedos planos y alargados. Su rostro es dulce cuando sonríe, pero rudo cuando experimenta emociones como el desconcierto. Ella tiene el pulso del hombre entre sus manos como quien sujeta los hilos de un títere. Es como tirar de un puñado de nervios y luego verlo acercarse asombrado por el imán de la carne. Abre la boca y lo llama en su lenguaje. Su voz desusada suena ronca. Se lleva la mano pálida hasta el cabello y lo alborota como una flama. Está mojada. Él es hermoso porque es un hombre: su esencia viril huele fuerte en las sienes y en las ingles. Ella se abre como una burbuja jugosa. Su antojo lo sazona todo, se lo comería si pudiese. Así es su ardor. Ella se extiende y se asemeja a una lengua.
El cigarrillo se consumió hasta quemarle los dedos. Parpadeó y la aparición blanca se tornó real. Estaba pálida y sonriente, pero él tuvo la impresión de que esa risa era sólo uno de los extremos de la emotividad de la mujer; al otro lado estaba el llanto y ella únicamente servía para dos cosas: llorar o reír. Su transparencia húmeda se esparció voluptuosa por el aire y lo sedujo. No creyó lo que veía, pero la situación era tan ilógica que no tuvo más alternativa que tomársela en serio. Ella tenía el encanto de una actriz usando viejas ropas de teatro. Las perlas se le anudaban en el cuello, los tacones estaban torcidos, el batón se resbalaba por los hombros y dejaba ver la punta de uno de sus pechos frutales. Era como un cisne muerto pero hermoso; un cisne siempre será imponente con sus plumas suaves y pomposas. Así era la mujer que le dijo que se acerque hablándole con la espumosa boca de abajo. Él levantó las armas para empezar una lidia impostergable.
Lo que sobrevino fue una explosión plateada de polvo y escarcha; mientras le decía que no tema, mientras deseaba ser más un vecino amable que un agresor, mientras aplicaba la cortesía antes que el cuerpo y, de paso, rozaba sin querer los ojos asombrados de sus senos. Ella no respondió, pero se lanzó a su cuello rezando una salmodia de palabras incompletas que a él le sonaron a los balbuceos de una niña. Fue tan fácil levantarla en vilo. Fue tan fácil hacerle daño como hacerla feliz, porque había una pesadez asesina y placentera en su abrazo helado. Ella era la fuente que contenía el agua de la tierra y él se hundió en ella con todo el miedo y el deseo de ahogarse. Sus movimientos de marea sobre el piso caliente lo asustaron; sus dentelladas de selva y sus espasmos le causaron desesperación: tuvo que nadar intensamente por el túnel de su cuerpo hasta tomar aire, jadeó hasta alcanzarlo. Después, su alma se extendió sobre la noche.
Ajena a la breve muerte del hombre, ella se apacigua porque la luna del lobo le ha regalado otra vez la leche y las semillas. Pertenece a la especie que no tiene necesidad de comer o de dormir, sin embargo debe alimentarse a menudo. Comprende que no morirá porque la muerte es paz y ella sabe sólo orbitar en torno a su dolor. Dentro del laberinto de su tiempo encadenado siente ahora que va a desvanecerse como una brasa, pero esa es otra ilusión. Ella permanece. Tiene ganas de llevarse a ese hombre consigo. ¿Era lo que estaba esperando? Desde la palidez escucha pequeñas campanas; su amante le habla pero no le entiende. Nunca entiende más que del apetito y sus emergencias. Está satisfecha y se dobla hacia adentro para descansar. Se anuda. ¿Qué puede entender ella sobre el orden natural de las cosas? Tiempo blanco. Ya no lo escucha. Ya no lo siente sacudirla. Se torna ceniza y harina. Se dispersa y él la sopla. Un hombre, todos los hombres.
Bañado en sudor la abandonó al pie de la puerta por donde la vio salir. Tocó con la palma y nadie fue capaz de contestarle. Silencio y grillos. Pudo estar aterrorizado, pero no, por alguna razón todo fue amable esa noche; la sensación de apremio se la entregó a ella y por esos minutos, hasta el amanecer. La mujer blanca fue dueña de todas las angustias y de todos los placeres. Al clarear entró a su departamento, soñoliento y relajado; apenas tuvo tiempo de apartar los trastos del sillón para dejarse caer en una inconciencia limpia y reparadora. Hasta cuando sus hijos lo despertaron para el desayuno tuvo la certeza de que la noche anterior había matado a una mujer durante sus sueños. Luego siguió las pistas de las cenizas del cigarrillo y confirmó la sensación de terror. Su miedo no radicaba en lo sobrenatural sino en haber sido estafado. Si esas eran las delicias de las apariciones, ¿qué esperanza tendría ahora de disfrutar con una mujer real?
Después le contaron la leyenda del sitio. Era una más en medio de las historias de los inquilinos que se iban sin saldar su cuenta, de los niños desaparecidos y lo suicidas, de las orgías, de los vendedores de droga y los ancianos que morían a puerta cerrada. La mujer asesinada por su amante, la ex reina de belleza a la que le alquilaban una pieza por un par de horas a la semana, el ama de casa aburrida que alguna vez tragó veneno, la curiosa de la muerte. ¿Cuál de todas era ella? Cada piso tenía una historia. Tras esa puerta no vivía nadie, pero antes de aquello habitó el lugar una pareja de hermanas y previamente un estudiante coreano; y antes de eso nadie sabía, porque no había tiempo para el miedo. Había que sobrevivir.
Desde ese día su mirada de hombre prudente se tornó un lago triste y voraz donde sólo se reflejaba una imagen mil veces dividida, como en un caleidoscopio. No hacía mucho que la había tenido y ya quería clavarse otra vez hasta la sangre, en esa duna suave y nostálgica. Le tocó, pues, la espera de los condenados. Aguardar junto con ella por la redención, ser la gota sobre la piedra.
Desde entonces son como el recuerdo del amor. Ella es una estatua de sal y él la lame hasta intoxicarse o hasta consumirla. Una vida puede quedarse detenida en el mismo latido –si se lo desea– y eso a nadie más le importa. Los hijos crecieron, la esposa siguió soñando por su cuenta. Tuvo sus propios demonios. Alguna vez también él murió de la misma forma espontánea como antes deseó vivir. Los suyos siguieron existiendo. No se saben detalles: lo importante es el principio. El hombre se extinguió y fue polvo, emprendió un viaje ascendente hasta la mujer blanca y ambos están esperando encontrarse en cada rincón de la ciudad y del edificio. Algunos los sienten gritar y quererse, pero otros aseguran que es ella sola sirviéndose de quien puede, porque su manera de purgar es distinta.
Mientras, hay certezas: la gente nace y la gente muere, los cambios se inician y los ciclos toman nuevos ritmos. Gente sube y baja por las escaleras de los edificios y cada pisada es una partícula perdida del hombre que se aleja o se acerca a la hembra blanca, más experimentada que él en llevar las penas y las penitencias. Cuando la luna está preñada vuelven a buscarse y representan el simulacro con errores idénticos. Son lo más cercano a la vida después de la muerte. Eso afirman los que saben mirar en otras direcciones. Lo repito, es sólo otra historia. Los fantasmas no sabemos contar. Sin luna, tengan piedad de nuestras almas.
Del libro El lugar de las apariciones [Edino, 2007] © Solange Rodríguez Pappe
 |