
Los otros y la estigmatización del cuerpo deforme
Tomada en el estudio del fotógrafo Geo C. Wick (véase “Julia Pastrana: The Bearded Lady” en Proceedings of the Royal Society of Medicine 67) la más divulgada de las fotografías de La Mujer Oso (cabe mencionar la existencia de por lo menos tres apelativos zoomorfos para describir a Pastrana) revalida las sospechas sobre el engaño cometido por su manejador y pareja, el empresario de prodigios Theodor Lent, para extender la rentabilidad de su espectáculo más allá de la muerte de la que fue denominada “la mujer más fea del mundo”.
En la mencionada fotografía, Julia Pastrana (México, 1834 - Rusia, 1860) aparece estática en una postura poco admisible por su falta de naturalidad, sobre todo si se toman en cuenta las arrugas en su brazo izquierdo y en su mano derecha, las cuales, como interpreta Miles en el mencionado artículo, “son indicativas de un proceso de disecación y de pérdida de la elasticidad.”
Si bien Pastrana y su hijo fallecieron durante una gira en Moscú en 1860, poco después de un delicado parto, la evidencia fotográfica –y esto, aun en lo que tenga de muestra especulativa– insinúa que Theodor Lent no cesó en la práctica del espectáculo grotesco, el freak show del siglo XIX, al que ya había anexado los cuerpos embalsamados por el doctor Sokolov de su esposa e hijo, sino que continuó la explotación del otro por medio de la venta de reproducciones fotográficas, un ejercicio mimético comerciable semejante al de la negociación de naturalezas muertas.
La historia de Julia Pastrana, como la de los personajes del museo de fenómenos y prodigios del empresario circense Phineas Taylor Barnum, es en cierto modo la historia de la institucionalización del espectáculo de la fealdad y sus relaciones entre espectáculo y concurrente. Como subraya Garland Thomson, “los monstruos son creados cuando algunos cuerpos sirven como materia prima para los fines ideológicos y prácticos del mediador y su audiencia”, es decir, hacer de la variación física del ser humano una muestra de otroridad (1) que permita la hegemonía de una identidad regulada, aquella que Barnum y Theodore Lent (así como su audiencia) personifican en su carrera por legitimar lo supuestamente uniforme y normal. De este modo, el empresario de prodigios cumple un papel similar al del psicoanalista obsesivo, aquel que fabrica una lista de desviaciones que controla (a la vez que estigmatiza) la diversidad humana por medio de restricciones y categorías parciales que desembocan en un sistema binarista de observación (en este caso, la fealdad vs. la belleza).
Butler ha señalado que las restricciones impuestas a los cuerpos tienden a pronunciarse como necesarias (constitutive constraints) y que estas normas reguladoras no solamente producen cuerpos inteligibles –los aprobados–, sino también cuerpos impensados y abyectos, como en los casos de Julia Pastrana, Jo-Jo El Hombre Caniche o la enana Reina Mab. Existe, entonces, una relación unidireccional entre el observador y el observado en la que al cuerpo abyecto se le cosifica asignándole el valor de estigma (freak of nature). Según Garland Thomson, esta objetificación hace del otro un espectáculo representativo de la fealdad que autoriza la verdad corporal de la audiencia: “Los monstruos son ante todo productos de la percepción de quienes controlan el discurso hegemónico”, antitesis viviente de la normalidad construida por el empresario de prodigios y por los asistentes al freak show ambulante.
La hipertricosis congénita de El Hombre Caniche o la hiperplasia gingival de Pastrana, indicadores de diferencia con respecto de los cuerpos inteligibles de los espectadores, sirven de fuente para la habitual deformación discursiva implantada en la propaganda circense (“la oruga humana que se arrastra por el suelo como un reptil”) y la marginación del cuerpo abyecto en una época en la que el espécimen científico de la primera mitad del siglo XX es todavía una atracción extraordinaria y enigmática. Consiguientemente, el espectáculo de Pastrana, tanto como sus fotografías, interviene en el discurso social de la fealdad en la medida que exhorta al público a crear categorías de análisis para condicionar la belleza de unos y la monstruosidad de los otros (las microcefálicas Elvira y Jenny Lee, Krao El Eslabón Perdido, Johnny Eck El Hombre Mitad, Lionel El Chico con Cara de León, entre los más citados).
(1) Otredad.
Fragmento de Zeppelin [Editorial Casatomada, 2009] © Salvador Luis
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