
Perrósofo y otros relatos
Galardón carroñero
Año con año, los pájaros de carroña conceden el Premio Silvestre al ave cuyo canto sea el más dulce, melodioso y emotivo. Con gran fanfarria, anuncian la proximidad de las deliberaciones, el monto de lombrices que conlleva el premio, los preparativos para la ceremonia.
Durante las deliberaciones, es costumbre que las cotorras entrevisten al ruiseñor, al canario, al mirlo, al ave lira, quienes se muestran emocionados pensando que ha llegado su momento pero resignados a lo que el honorable jurado disponga. Algunas pericas exponen los méritos de los supuestos candidatos, la probable trascendencia de su canto y su impacto en la vida general de la selva.
Anualmente, sin falta, los carroñeros se inclinan a favor de un buitre, una urraca o un cuervo que al enterarse nunca puede contener los graznidos de alegría que le causa recibir el mayor reconocimiento que otorgan los animales de la selva al canto.
Perrilleros
Una jauría que prefiere los lugares solitarios y montañosos para pasar sus noches, ocultarse. Con alguna frecuencia, se paran a la orilla de los caminos, de madrugada o al atardecer, esperando sorprender a quien pase desprevenido, ladrando en grupo o amagando con mordidas.
Aunque dicen ser perros románticos, que sueñan con un mundo mejor, con frecuencia son violentos e irascibles. Acostumbran morder la mano que les da de comer. De cachorros son introspectivos, pero al crecer se vuelven contra su amo de una manera pasiva-agresiva, extraña. No hay caricia ni atención que los apacigüe. Quieren todo o nada.
Por lo general, ni se aguantan a sí mismos. Ladran. Se rascan. Tratan de morderse la cola. Ladran. Rascan. Tratan de morderse la cola. Se mantienen inconformes, como si padeciesen salpullido o jiote. Sólo de viejos se calman, se quedan por fin quietos pero se ponen a aullar desesperados y a rascarse. Preferiblemente no junte dos viejos perrilleros, porque se muerden entre sí.
Perrósofo
Un perro dedicado a reflexionar especulativamente sobre el ser de los perros, la sustancia misma de la perroneidad. De tal forma, se plantea interrogantes como las siguientes: ¿Qué es el perro? (metafísica canina básica). ¿Existe el can del can? (como una suerte de esencia inmutable de ternura, en el interior del perro). Cojo, por lo tanto existo (epistemología canista). El can y la nada (existencialismo perruno). ¿Puede ladrar la mascota? (crítica del postcanonialismo)
Imperrialista
Aquel individuo que considera que las cosas andarían mejor si todo el mundo tuviera como mascota un perro. Es un idealista consumado que cree fervientemente que todos los individuos del planeta serían mejores personas si estuvieran en contacto diario con una criatura tierna, noble, juguetona y leal como los perros.
Algunos de quienes sustentan esta creencia han encontrado inspiración en los manuales “¿Qué hacer?” de Canin, “Las riqueza de las mascotas” de Canam Smith, “La crítica de la pasión pura” de Cant y/o “Los cachorros” de Mario Vigas Huesos, que articulan y difunden esta tendencia del pensamiento perrósofo.
Para llevar a cabo el imperrialismo –que toda persona tenga al menos un perro-, que propagan incesantemente, estarían dispuestos a ofrendar su vida. Su consigna vital: ¡Amantes de los perros en todo el mundo, uníos!
Sin embargo, las siguientes consignas también han aparecido en cárteles publicitarios, pintadas en distintos muros de la ciudad, impresas en camisetas o calcomanías: ¡Mientras haya perros, habrá revolución! ¡Los perros al hogar! ¡Perros o huesos, triunfaremos! ¡Perros! ¡¡Perros!! ¡¡¡Perros!!!
De la verdadera escritura
Algunas víboras confunden el rastro que dejan en la arena al arrastrarse con una enigmática escritura de “fricción”, acaso semi-autobiográfica. Sin embargo, algunos ofidios consideran que esa característica desgarradora le pertenece más a la piel que abandonan cada año. Eso sí, afirman con cierta erudición, se aproxima al registro biográfico, haciendo la salvedad que cada quien se encuentra en la libertad de interpretar el trazo de las escamas como mejor disponga.
Lo anterior no disuadió a que un mandril ofreciera una conferencia denominada “La hermenéutica ondulante del reptar” en la cual teorizó sobre las implicaciones semióticas de estos signos efímeros trazados, de forma deliberada o no, semejantes a las mándalas.
Las más ponzoñosas saben que aquello no es más que cháchara desorientada, fruto de mentes ociosas, pobre consuelo de las serpientes prensiles. La escritura significativa de las víboras no reside en aquellos dibujos involuntarios dejados en la arena al reptar sino en la firmeza de la mordida, en la incisión precisa de los colmillos, en el veneno que inyectan en sus víctimas.
© Ronald Flores
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