Pedro Cabiya

 

Puerto Rico, 1971. Nació en San Juan. Obtuvo una maestría en literatura medieval en la Universidad de Michigan y se doctoró en Stanford University, con especialización en literaturas caribeñas. Su obra ha sido publicada en antologías como: Manual de fin de siglo. Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI, Los nuevos caníbales: antología de la más reciente cuentística del Caribe hispano y El Arca: Bestiario y ficciones. Es autor de Historias tremendas (Isla Negra, 1999) Historias atroces que frangollo la voraz hiena para comerse a la liebre perspicaz (Isla Negra, 2003) y de las novelas La cabeza (Isla Negra, 2007) y Trance (Norma, 2008).

 
 
 
   
 
   

 

In hac lachrymarum valle

 

 

—Fue en una farmacia de Villa Fontana. No recuerdo el nombre… Quizá no tenía. Era una casa de familia, o lo había sido en algún momento. Toda esa calle era así. Casas de urbanización convertidas en locales comerciales. Muy transitada, hasta un semáforo hubo que ponerle, y tenía de todo: un restaurante mexicano, varios liquor stores, una barbería, un supermercado, boutiques, una tienda de discos, una ferretería, qué sé yo qué más. Fran dejaba a los niños en la escuela de karate de la acera de enfrente y se iba a hacer hora a la tienda de discos. Los miraba y, a veces, si le sobraba dinero, que no era muy frecuente, compraba un disco compacto. Casi siempre se ponía a hablar con el dueño de la tienda, que era un muchacho bastante joven, músico, inteligente. Se llamaba… no me acuerdo. No le iba muy bien el negocio. Discutían de grupos y fechas y disqueras y éxitos… esas cosas. Fran sabía mucho de música, de todo tipo de música.

—¿Y luego qué hacía?

—Pues, cuando faltaban como quince o diez minutos para la hora, Fran iba al supermercado, compraba dos botellas de Fanta de naranja, caminaba hasta el dojo y se sentaba en las escaleritas a esperar a que Junito y Tobi salieran.

—¿Cómo era él con sus hijos? ¿Los maltrató alguna vez? ¿Les pegaba?

—Jamás. Junito y Tobi eran la luz de sus ojos. Zoraida lo sabía y se aprovechaba de eso para hacer lo que le daba la gana con Fran. Los usaba como fichas en un juego y Fran no tenía más remedio que dejarse mangonear. Esos niños eran su punto débil.

—¿Y ellos… Junito y Tobi? ¿Cómo se portaban con Fran?

—Para ellos su papá era lo más grande que había. Lo adoraban. Se pasaban la semana en ascuas, importunando a la mamá, preguntándole cien veces al día que cuándo era que venía su papá a recogerlos. Les encantaba estar con su papá. Zoraida siempre decía que, claro, ser papá los fines de semana es una fiesta, todo es diversión y dulces y karate y paseos, que lo duro es ser el custodio, el que se encarga de que se cepillen los dientes, de que hagan las tareas, de que recen antes de irse a dormir, de bañarlos y darles comida… ¡claro que están todo el tiempo locos por irse con su papá!

—¿Usted no está de acuerdo?

—Parte de lo que decía mi hermana era cierto, pero yo no creo que sea la única explicación. Cuando Fran estaba con sus hijos estaba con ellos. Los escuchaba, los celebraba; a ellos les encantaba irse con él porque sí, para la diversión y para todo lo demás, porque Fran les asignaba faenas en la casa, no todo era juego. Con Fran también hacían tareas y estudiaban, fregaban, lo ayudaban a cocinar, recogían su cuarto y sus camas, cosas que con Zoraida nunca hacían. Y cuando paseaban o se iban a la playa, las pocas veces que Fran tenía dinero y podía hacerlo, les hacía preguntas y repasaba con ellos lecciones, y cantaban e inventaban rimas… No es como mi hermana decía, en absoluto.

—¿Qué edades tenían en ese entonces?

—A ver… Se llevaban tres años. Junito tendría ocho años recién cumplidos y Tobi cinco.

—¿Usted los acompañaba en ocasiones, según tenemos entendido?

—Así es. Yo también disfrutaba mucho con ellos, me ofrecía a acompañarlos cuando podía. Además, así aliviaba un poco a Fran de tener que pagar todas las cosas de las que se antojaban, aparte de las pizzas y los refrescos… Él se rehusaba, pero yo me imponía. Fran hacía lo que fuera por esos niños. Por eso se fue a vivir en un apartamentucho de las afueras, para ahorrar y poder pagarles el colegio. La compra la hacía sólo cuando venían los niños. En la semana él comía cualquier cosa por afuera.

—Y ese día, el día en que… en fin, usted los acompañó, ¿no es así?

—Sí. A Fran se le había descompuesto el carro y no tenía dinero para repararlo. Me llamó y yo le dije que no había problema. Buscamos a los muchachos y nos fuimos por ahí. A las cinco volvimos a la casa, buscamos los kimonos y los llevamos a la clase de karate. Estaban felices.

—¿A qué hora llegaron al dojo ?

—La clase empezaba a las cinco y media. Llegamos allá… como a las cinco y veinte, algo así. Como siempre…

—Pero de ahí en adelante las cosas no sucedieron como de costumbre, ¿correcto?

—Correcto.

—Explíquenos.

—Bueno, por alguna razón, la tienda de discos estaba cerrada.

—¿Cerrada? ¿A las cinco y veinte?

—Es decir, estaba clausurada. Supusimos que el negocio se había ido a la quiebra finalmente. No había nada adentro, estaba vacía. No asomamos por los cristales y estaba vacía. Peor: era como si allí nunca hubiera habido una tienda de discos. Estaba todo sucio, polvoriento. Abandonado.

—Cuando se efectúa una mudanza, el polvo y el sucio que nunca vemos sale a la superficie. Siempre estuvo ahí, pero oculto debajo de estantes y anaqueles.

—Eeehh… Claro.

—Prosiga.

—Pues… no teníamos nada qué hacer. Fran no tenía hambre. Yo menos. Cruzamos al supermercado porque a Fran se le ocurrió hacer una comprita para los niños, pero cuando intentamos entrar, la puerta estaba cerrada.

—¿El supermercado estaba cerrado también?

—Sí. Habían puesto un letrero en la puerta: “Cerrado por inventario”.

—¿Qué hicieron entonces?

—Nos quedamos en la acera un rato, sin saber qué hacer. Fran no era hombre de bebida, ni yo tampoco, así que descartamos la idea de sentarnos a esperar en algún liquor de por allí cerca. A Fran lo que más le preocupaba era no saber dónde iba a comprar las Fantas, y me lo dijo…

—Cálmese.

—No me pida que me calme. Bien mirado, todo esto es culpa mía.

—Puede ser, pero sólo indirectamente. Cuéntenos. ¿Qué pasó?

—Yo le dije que en la farmacia vendían refrescos. Yo le dije que fuéramos a la farmacia.

—Ya.

—¿Entiende ahora por qué me s…?

—No se mortifique. Si usted no hubiera estado con él, Fran igual hubiera entrado a la farmacia. Era la alternativa más lógica…

—Quizá, pero lo hubiera hecho mucho después, cuando faltaran unos minutos para que salieran los muchachos. Hubiera comprado las Fantas y hubiera salido, punto. Yo lo convencí de que fuéramos a ver revistas. Es mi culpa que se demorara allí tanto tiempo… al menos el tiempo suficiente para…

—Por favor, es muy importante para nuestra investigación que se atenga a la secuencia de los hechos. No se nos adelante. Vayamos por partes, despacio, sin prisa. Están en la acera, usted sugiere que entren a la farmacia y…

—Fran dice que sí, caminamos hasta allá y entramos.

—De aquí en adelantes es crucial que nos cuente todo lo que recuerda. No omita ni un solo detalle, por más insignificante que le parezca.

—Bien… bien… Pues, recuerdo que al entrar me impresionó el frío. Recuerdo que pensé, wow, qué aire acondicionado. Se me erizó la piel. Parecía que habíamos entrado en una congeladora. Era un frío… exagerado. Por lo demás… pues era una farmacia normal. El recetario estaba en el fondo. En el espacio intermedio había anaqueles con todas las cosas que venden en las farmacias: shampoo, cremas, alcoholado, pasta dental, aspirina, vitaminas… En una pared lateral estaba el revistero y…

—¿Quién iba adelante?

—¿Cómo?

—¿Quién estaba frente a quién?

—¿Qué importancia tie…?

—Limítese a respondernos.

—Fran… Fran iba adelante. Fran entró primero. Yo iba detrás y cuando entré fui directamente al revistero.

—¿Qué hizo Fran mientras tanto?

—Fran se quedó parado frotándose los brazos y mirando hacia el recetario.

—¿El recetario?

—Sí. Miraba a las farmacéuticas. Eran dos muchachas muy jóvenes, muy bonitas, gemelas idénticas. Era imposible entrar en la farmacia y no quedárseles mirando aunque fuera unos instantes. Ambas siempre estaban asomadas al mismo tiempo por la ventanilla del recetario. Una leía una revista y la otra se limaba las uñas.

—¿Había alguien más en la farmacia?

—La cajera. La caja estaba justo en la entrada, a la derecha de la puerta. Era una señora mayor. Estaba leyendo un libro y parecía encerrada en su propio mundo.

—¿Alguien más?

—…

—¿Y bien?

—Estoy tratando de recordar si el hombre de la barba ya estaba ahí, o si entró después.

—¿Qué hombre de la barba?

—Había un hombre con barba, una barba muy negra, lo recuerdo bien. Era obvio que se la teñía de negro… Sí: el hombre de la barba ya estaba allí.

—Continúe.

—Pues yo me puse a ver revistas. Fran fue directamente a donde tenían los dulces y los refrescos, en el fondo también, a la izquierda del recetario. Eligió unos chocolates, dos Fantas y me preguntó si quería algo. Yo estaba viendo una revista de carros y no le hice caso. El me volvió a preguntar y yo fui a donde él estaba, porque no me gusta alzar la voz en los sitios. En ese momento la gemela que estaba leyendo una revista le dijo a la que estaba limándose las uñas que prendiera la radio. Se lo dijo sin levantar los ojos de la revista, yo la estaba mirando. Le dije a Fran que yo no quería nada, y entonces la gemela que estaba limándose las uñas abandonó su puesto en la ventanilla y regresó a los pocos segundos con una radio portátil…

—Muy bien… Discúlpenos, disculpe que lo interrumpa, pero es de suma importancia, llegados a este punto de su relato, que nos describa ese aparato con lujo de detalles. Esfuércese por recordar todo lo que pueda; concéntrese, visualícelo en su cabeza. No se deje engañar por su memoria. El cerebro humano muchas veces suple información faltante, la inventa, se vale de asociaciones para montar una imagen promedio, falsa… Intente obviar esos fraudes, esas imposturas de la mente.

—Pues… ha pasado mucho tiempo, pero lo recuerdo muy bien… Lo recuerdo muy bien. Era un aparato negro, Sanyo, como de este tamaño, de una sola bocina y una agarradera plegable. Era un modelo viejo, de cuadrante análogo, con un indicador que recorría los números… Los controles estaban en la parte de arriba. El sintonizador era un dial ubicado en el flanco, más grande que los demás. El cable eléctrico estaba enrollado .

—¿Tocaba casetes? ¿Tenía casetera?

—No.

—¿Qué recuerda de la parte trasera? ¿Pudo verla?

—No creo. Puede ser…

—¿Vio, quizá, otros botones, otros controles, dispositivos ocultos?

—No estoy seguro. No lo vi tan de cerca. Las farmacéuticas lo tenían de su lado del recetario, junto a ellas.

—Está bien… Está bien. Puede continuar. ¿Qué pasó después?

—La gemela que fue a buscar la radio lo puso en la repisa del recetario, del lado de la gemela que estaba leyendo la revista, completamente absorta en su lectura. La otra desenrolló el cable eléctrico, tomó el enchufe y desapareció de la ventanilla… estaba enchufando la radio, se había acuclillado. Al instante reapareció y volvió a ocupar su puesto junto a su hermana.

—Estas gemelas, ¿pudo darse cuenta si estaban de pie?

—¿Perdón?

—¿Notó si estaban paradas detrás de la ventanilla, o si estaban sentadas?

—Estaban paradas.

—¿Cómo puede estar seguro?

—No estaban sentadas, no le vi ese movimiento a la que conectó el radio cuando volvió a su lugar.

—De manera que tenían piernas, no flotaban… En estos casos, cuando están sentadas es más difícil darse cuenta.

—¿Qué diab…?

—No me haga caso. No es nada… Estoy pensando en voz alta, una broma entre nosotros, un chiste muy viejo que ya no tiene gracia y que sólo entendemos nosotros. Siga contándonos, por favor, y disculpe.

—Pues… pues… Bueno, sí, entonces la que había conectado la radio se puso a limarse las uñas otra vez…

—¿No la encendieron inmediatamente?

—No… No. Eso me pareció extraño.

—¿Qué hacía Fran mientras tanto?

—Fran seguía mirando los dulces, pero cuando me vio mirando a las muchachas se dio la vuelta para ver qué pasaba. Y en ese momento, la que leía la revista, sin apartar los ojos de su lectura, encendió el aparato…

—¿Y…?

—Era una canción de Ricardo Arjona.

—¿Está seguro?

—Completamente. Lo recuerdo bien por dos razones. La primera es que detesto a Arjona, y la canción era una especialmente ridícula: De vez en vez. La segunda es que cuando la que estaba leyendo reconoció la canción gritó, ¡ah!, y le enseñó a la hermana la página del magacín que estaba leyendo: era un artículo sobre Arjona.

—Qué interesante coincidencia.

—Pero entonces…

—¿Entonces…? Entonces ocurrió…

—Sí. Fue en ese momento.

—Tómese su tiempo. Recuerde: son importantes los detalles. Cálmese… Concéntrese…

—De pronto la canción se cortó. Se hizo un gran silencio. Como si hubieran apagado el radio, como si lo hubieran desenchufado por accidente… pero no, no estaba apagado. No sé cómo explicarlo; yo me daba cuenta… yo podía darme cuenta… es decir, yo percibía que ese silencio era transmitido. Surgía de la bocina. Era un silencio de otro sitio, no de la farmacia. Luego empezó a sonar una estática, una estática leve, esa lluvia de los aparatos que no están bien sintonizados, e inmediatamente después un silbido agudo y penetrante, un feedback tremendo que poco a poco se fue disipando, se fue aclarando, hasta desaparecer… pero a medida que desaparecía, iba asomándose otro sonido que gradualmente adquiría definición, subía de volumen, pero no mucho. De manera que cuando finalmente el feedback y la estática se replegaron, dejaron tras de sí un murmullo lejano de voces, de mucha gente hablando, una multitud que se reía a veces, como en oleadas, y sobre todo de pasos, de mucha gente que caminaba y se movía de lugar constantemente.

—¿Recuerda lo que decían? ¿Captó alguna palabra?

—No. Todavía en este punto no… pero…

—Pero, ¿qué?

—Tuve la impresión de que se trataba de una fiesta. No podía oír lo que decían, pero no era necesario: aquellos sonidos eran los sonidos de una fiesta en la que todos estaban muy contentos.

—¿Qué hicieron los demás? ¿Cómo reaccionaron?

—Fran… Fran puso una cara… Era como de extrañeza, de curiosidad, pero al mismo tiempo de familiaridad. Y el hombre de la barba… Dios Santo… El hombre de la barba estaba bastante lejos, en el otro extremo de la farmacia, pero yo lo vi cuando levantó la cabeza y abrió los ojos, como si no pudiera creer lo que estaba pasando. Era extraño… realmente era familiar, era conocido. Yo sentí lo mismo. Esas voces, el ruido de esos cuerpos… no sé… sugerían un ambiente que me recordaba algo. Por sus reacciones, intuí que a los demás también.

—¿Y las farmacéuticas? ¿Qué hicieron las farmacéuticas?

—La de la revista chasqueó la lengua muy enojada y le reprochó a su hermana que había conectado el radio en el tomacorriente que no era…

—¿Cómo?

—Eso mismo. Le dijo, idiota, lo volviste a conectar en el tomacorriente que no es. La otra le respondió que lo arreglara si le daba la gana, que ella no se iba a mover más ni a joder más con esa porquería de radio. Si tú quieres oír música, cámbialo tú, le dijo. La de la revista chasqueó la lengua con desagrado y siguió leyendo. La dejaron así. Ni siquiera la apagaron. Era obvio que medían fuerzas; se trataba de una competencia silenciosa para ver quién claudicaba primero, pero estaba claro que las dos eran igual de tercas y que ninguna iba a mover un dedo para remediar el asunto.

—¿Y así fue?

—Así fue. Ni se inmutaron. Cada una siguió en lo suyo, como si no pasara nada. Fran no se pudo aguantar y se les acercó. Me dio pena…

—¿Pena? ¿Por qué?

—Porque se veía ridículo cargando todos esos chocolates y refrescos. De hecho, creo recordar que dejó caer algunos.

—En fin, ¿qué hizo su cuñado?

—Se les acercó, pero disimuladamente, haciendo como que caminaba hacia la caja a pagar, y les preguntó que qué le pasaba a la radio. La de la revista le respondió que estaba dañada. Lo dijo sin mirarlo, con una exhalación de hastío. Yo me quedé donde estaba dizque mirando los dulces, pero verdaderamente estaba pendiente de la radio, quería quedarme cerca de la radio; escuchaba con mucha atención, miraba de reojo. El hombre de la barba se acercaba con lentitud, posando la mirada sin mucha convicción sobre los artículos de varios anaqueles; no sabía disimular. La coartada de Fran lo obligó a seguir de largo, pero lo hacía tan lentamente que a cualquiera le hubiera parecido sospechoso; no apartaba los ojos de la radio. Para las gemelas, sin embargo, era como si no hubiera nadie en la farmacia. Entonces, justo cuando Fran estaba a un paso de llegar a la caja…

—Tranquilo. Cuéntenos. ¿Qué pasó? ¿Se comenzó a oír algo más?

—Oh, sí. Ya lo creo que sí… Dios santo… Claro… claro que sí…

—¿Qué? ¿Qué oyeron?

—Era la voz de un hombre, un locutor… no, no, no un locutor… Un pregonero. Sí, era más bien un pregonero, como los de antes. Su voz fue precedida por una serie de ruidos que me dieron a entender cuál era más o menos la situación…

—¿Solamente a usted?

—Bueno, pues… la verdad que nunca hubo tiempo de cambiar pareceres con los demás… A Fran nunca más lo volví a ver…

—Cierto… Cierto. Disculpe. Nos decía que por los ruidos pudo hacerse una idea de lo que pasaba. Explíquenos. ¿A qué se refiere?

—Me di cuenta de que en esa fiesta había un micrófono abierto colocado en algún lugar apartado. El micrófono recogía las voces de los invitados, sus movimientos, pero yo diría que estaba bastante apartado de ellos. A veces una voz se oía con mayor nitidez y volumen, o un taconeo, y eso sucedía porque la persona pasaba cerca de ese micrófono vivo y volvía a alejarse, acaso ignorante de que había un micrófono allí, o quizá sabiéndolo, pero ignorándolo de todas formas, restándole importancia u ocupada en cualquier otra cosa.

—¿Los ruidos que oyó fueron de ese tipo?

—Sí y no. Verán… eran esos mismos ruidos, pero muy bien dirigidos, no casuales; es decir, la persona que se acercó al micrófono sabía que había un micrófono allí y se acercó a él para utilizarlo. Oí un ruido desagradable, seguramente una silla arrastrada. Pude oír el cuerpo del pregonero acomodándose, preparándose, incluso se aclaró la voz una o dos veces antes de hablar… Y cuando habló lo hizo de manera muy articulada y precisa. Era evidente que lo que decía lo decía de memoria, lo había ensayado, lo había repetido innumerables veces…

—¿Y qué fue lo que dijo? ¿Lo recuerda?

—¿Cómo olvidarlo? Lo podría repetir palabra por palabra.

—Inténtelo.

—Dijo: “A todos los que puedan oírme de aquel lado, atención, atención, mucha atención: todo ha sido un error. Vuelvan. Los estamos esperando. A todos aquellos que puedanico que deben hacer es marcar el ###-###-### desde cualquier teléfono próximo al lugar donde se escucha este mensaje. No teman. Vuelvan. Los estamos esperando. Aquí estamos.”

—Ufff… Bueno… Eeehhh… Wow…

—Exacto…

—¿No dijo algo más?

—No… Repitió el mensaje tres veces más y se marchó.

—¿Está seguro de que ese fue el número?

—Completamen##-###. Nunca he podido olvidarlo.

—¿Mencionó su nombre en algún momento esta persona que hablaba, este “pregonero”?

—Nunca.

—¿Mencionó algún nombre, cualquier nombre?

—No.

—¿Dijo cómo se llamaba el lugar donde estaba, o hizo referencia al modo de llegar hasta allí?

—Sólo dijo que llamaran a ese número.

—¿A?

—Sí.

—¿Y luego?

—Luego… luego pasaron muchas cosas. Todas muy extrañas.

—A ver.

—Fran se había quedado de una pieza, totalmente paralizado. De súbito el hombre de la barba estaba detrás de mí; no me di cuenta en qué momento se había colocado tan cerca. No lo vi. La cajera se echó a reír e inmediatamente se calló, como una loca. Nunca supe si rió de algo que había leído en su libro, o de nosotros…

—¿Y usted?

—Yo quería salir corriendo de la farmacia, huir a toda carrera calle arriba y perderme para siempre.

—…

—Lo siento.

—Continúe.

—Fran le preguntó a las gemelas, ¿y eso? Intentaba sonreír desesperadamente. La gemela que se limaba las uñas le dijo que eso mismo: si quieres salir, llama al número. La otra cerró por primera vez la revista (era una Vanidades con Rosario Dawson en la portada) y dijo, lo que pasa es que la estúpida de mi hermana todavía no sabe distinguir entre la izquierda y la derecha, porque mire que llevamos tiempo en esta casa, desde que somos pequeñas, y ese enchufe de la izquierda siempre ha dado el mismo problema: no importa lo que se conecte ahí, un radio, la tostadora, un secador de pelo, lo que sea, al rato siempre sale ese hombre hablando, diciendo lo mismo, y la gente esa hablando y caminando para arriba y para abajo, que cada vez son más, que ni se entiende lo que dicen, pero igual nunca se callan, ni se cansan de dar vueltas, aparentemente… y allá va ella a conectar el radio justo en ése, en el enchufe malo, porque ni de casualidad lo conecta nunca en el bueno, tan bruta…

—¿Todo eso le dijo?

—Eso y más. Pero la otra no se quedó callada. Mientras la de la revista hablaba y le decía todas esas cosas, la que se pintaba las uñas cerró con mucha calma la botellita de esmalte y se puso a mirar a su hermana, como esperando a que se callara, como aprovechando una entrada, un hueco, una brecha en la andanada de palabras por donde pudiera meterse ella y, en efecto, durante un breve pausa que hizo la de la revista para tomar aliento, la del esmalte arremetió contra su hermana diciéndole que, seguramente, de tanto haberlo escuchado debía de haberse aprendido el numerito de memoria, y que no veía la hora en que lo usara y se largara y la dejara en paz; que lo hiciera, que nadie la iba a extrañar, porque ni siquiera un novio tenía; que un día de estos ella misma llamaría y le haría el favor a su hermana de darle una patada en el culo cuando se abriera le pasadizo, una fuerte patada en el culo que la haría dar vueltas y vueltas, tantas que no pararía hasta caer de boca en el otro lado, y que cuando pudiera ponerse de pie y quisiera regresar, ya el pasadizo se habría cerrado.

—¿Pasadizo?

—Pasadizo, sí… En ese momento tampoco nosotros entendimos nada, pero después… después entendimos.

—Ya llegaremos a esa parte, mientras tanto ¿en qué paró la discusión de las farmacéuticas? ¿Se dijeron más cosas?

—Sí. Se dijeron más cosas, más de lo mismo. Reproches, recriminaciones… Pero entonces unas voces las mandaron a callar y la discusión llegó a su fin abruptamente.

—¿Unas voces?

—Las voces de sus padres.

—…

—No estoy loco. No me miren así. Escuchen: sus padres les hablaron, las regañaron, y ellas se callaron. Fue muy gracioso. Las tomó de sorpresa. Era como si de pronto se hubieran convertido en niñas pequeñas. Ambas se mostraron muy abochornadas.

—Pero, ¿cóm…?

—A través de la radio… ¡Por Dios! ¡Es como si no hubieran estado prestándome atención! Primero habló una voz de mujer. Dijo que se le caía la cara de vergüenza ver a sus dos hijas peleándose de esa manera; dijo, qué vulgaridad, como si se hubieran criado con las arañas de la alacena y no conmigo. En ese momento una voz de hombre intervino diciendo: “Olvídalas… Olvídalas. Basta. Ven. Es suficiente. Sabes que no debemos entrar en este aposento .”

—…

—¡Al diablo entonces!

—Excúsenos. Nuestra actitud no es de incredulidad, sino de consternación. Pero cuéntenos, ¿qué ocurrió entonces?

—…

—Acepte nuestras disculpas y prosiga. Recuerde que su testimonio es esencial. No podremos corregir estas irregularidades del continuum a menos que sepamos exactamente todo lo que pasó. Adelante, confíe en nosotros. No tema.

—Bueno… pues… Muy bien. A ver… Estábamos asombrados. Sin duda alguna. Estábamos inmóviles. El hombre de la barba negra respiraba aceleradamente. Me alejé de él. Yo estuve tentado de gritar, de interpelar aquellas voces, de decir ¿quién está ahí?, pero no encontraba las fuerzas necesarias para articular ninguna palabra. Fran se acercó a las gemelas. A la de la revista se le salieron las lágrimas. La del esmalte le apretó la mano y dijo, mirando a Fran: “Llamaron hace cuatro años cumplidos. Esperaron a que nos graduáramos”. Fran puso una cara que claramente decía, ¿qué diablos…? Iba a decirle a algo, quería decirle algo, preguntarle algo, pedirle las explicaciones que todos los que estábamos en la farmacia, excepto, quizá, la vieja cajera, necesitábamos desesperadamente, pero en ese momento entró al establecimiento una señora…

—¿Una señora? ¿Qué señora?

—Una señora como de cincuenta años… Cincuenta y cinco… Por ahí. Arrastraba una maleta y cargaba una mochila. Entró con mucho alboroto. Armaba un escándalo.

—¿A qué se refiere? ¿Por qué?

—Entró gritando… y la maleta que arrastraba daba tumbos y chocaba con los anaqueles. A su paso las cosas se caían y se rompían. Hizo un desorden. Se movía con torpeza, con descuido, como si estuviera borracha… aunque a lo mejor solo estuviera ya muy harta, o muy triste.

—¿Qué gritaba?

—Gritaba: “¡Ya! ¡Ya! ¡Al carajo todo! ¡Es hoy que me voy, coño! ¡Es hoy! ¡Que se jodan! ¡Que se jodan todos! ¡A la mierda! ¡Malagradecidos! ¡Vividores!” Y así por el estilo. Daba la impresión de ser una de esas personas que llegan a los sitios públicos hablando duro, de esas personas que llegan a un lugar concurrido e inmediatamente proponen un tema de conversación en voz alta para ver quién muerde y así armar el bochinche. Cualquier tema; puede ser un tema controversial, un tema del dominio público, un tema político… pero también puede ser un tema personal, un tema privado, un tema delicado. En este caso, a todos… quiero decir, a mí me dio la impresión de que la señora hablaba de sus hijos o hijas. Entonces la mujer esa, todavía gritando y maldiciendo e imprecando y dándose a todos los diablos, caminó hasta la congeladora, hasta donde estaban los refrescos, la abrió y sacó cinco o seis botellitas de agua y las metió en la mochila, y después, con la mochila todavía abierta, se paseó por el anaquel de los dulces y los chocolates y los iba metiendo en la mochila de a montones, chocolates, bizcochos, frituritas, papitas, gomitas, Doritos, en fin, todas las chucherías posibles, y se paró frente a las muchachas y de la misma mochila sacó un monedero y del monedero un billete de cien dólares y se lo tiró a la de la revista y, entonces, sin esperar la devuelta, agarró sus cosas, sus motetes, se apartó de todos, sacó un teléfono celular del bolsillo de su pantalón, marcó un número y se puso el aparato en la oreja…

—Tenga… Beba. Cálmese.

—Gracias…

—¿Se siente mejor? ¿Puede continuar?

—Sí. Sí. Gracias.

—Cuando guste.

—La señora… la señora se puso el aparato en la oreja. No dijo nada durante un buen rato y de pronto dijo: “Claro que sí. Por supuesto que sí”, y finalizó la llamada.

—¿Y entonces?

—Lo que sucedió después… lo que sucedió después es difícil de explicar.

—Inténtelo.

—Pues, verán… mientras hacía su llamada telefónica, la señora se había parado delante de una pared. Se había parado ahí porque sí, porque en alguna parte tenía que pararse. En otras palabras, no se puso ahí adrede, nadie le dijo que se parara ahí.

—¿Que se parara dónde?

—Donde estaba parada, frente a una pared llena de productos de higiene dental.

—¿Y qué importancia tiene eso? ¿Qué más da que estuviera parada frente a una pared llena de productos de higiene dental?

—Que de pronto la pared se levantó… se abrió como la puerta de una cochera: el extremo superior se deslizó hacia atrás sobre un eje, y el extremo inferior hacia adelante. Y no se cayó al suelo ni un solo artículo.

—(¡Maldita sea! ¡Es lo que nos temíamos!)

—Pero no se abrió del todo, no se abrió hasta arriba, sino solo un resquicio por donde se filtraba una luz enceguecedora.

—(Esto es grave… Más grave de lo que habíamos imaginado…) Y, ¿qué hizo la señora?

—Se asomó por el resquicio, acuclillada, se volvió a incorporar, dejó caer todos sus bultos, avanzó, se tiró al suelo y se arrastró por el pequeño espacio hacia el interior, hacia la luz. Entonces la pared se volvió a cerrar.

—(Por todos los diablos…)

—Inmediatamente Fran y yo corrimos al exterior; habíamos tenido la misma idea. Dimos la vuelta y nos pusimos a inspeccionar la pared desde el lado de fuera… Nada. No había nada: ni goznes ni junturas ni eje; la pared era sólida, una sola pieza incólume… Ni sombra de la señora, por supuesto. Ninguna fuente de luz enceguecedora. Sólo un angosto zaguán que aprovechaban los negocios colindantes para guardar los tanques de basura.

—¿Cuánto tiempo duraron afuera?

—Cinco minutos a lo sumo. Volvimos a entrar y allí estaba una de las gemelas, arrodillada en el suelo.

—¿Arrodillada?

—Sí. Refunfuñando, además. Limpiaba el desorden de bultos y disparates que había dejado la señora reguereteados por el suelo. Se quejaba y la llamaba ignorante. No podía entender por qué la gente no hacía caso de las instrucciones. El hombre de la barba negra le preguntó en ese momento que qué instrucciones, que qué rayos pasaba en esa farmacia. Ella le respondió que en esa farmacia no pasaba nada excepto que todos parecían creer que en vez de una farmacia aquello era una estación de autobuses. Maldijo la hora en que se matriculó en la universidad y maldijo a sus padres, que después de convencerlas de poner el negocio en su propia casa, se largaron, dejándolas al garete. Gritó que se cagaba en la madre de todos los habitantes del vecindario; barrio malo, olvidado de Dios o maldito, dominado por jaurías de perros realengos, donde la norma era la infelicidad, la obesidad mórbida y casas con marquesinas horrendas. Preguntó que en cuántos hogares de los alrededores, no, no de los alrededores, que en cuántos hogares del país, es más, en cuántos hogares del mundo había enchufes que en lugar de electricidad, o además de electricidad, conducían voces y clamores de fiesta, y también anuncios y exhortaciones a la deserción, al regreso, a quién sabe qué carajo, a irse, a abandonarlo todo. Se respondió a sí misma diciendo que en ninguno, salvo en el de ellas dos, porque la mala suerte se ensaña con los indefensos, con las personas decentes y con los profesionales. Llamó cabrones a los albañiles que edificaron la casa y a los contratistas que la remodelaron. Dijo que todos los electricistas que habían tratado de solucionar el problema y no habían podido eran una partida de hijos de la gran puta, mamagüevos que igual habían cobrado la consulta a precio de morocota y que, pensándolo mejor, más le hubiera valido a su hermana darles la crica para cancelar la factura, si total ya ella se lo daba suave al que fuera, y por menos de eso, a veces hasta por una malta India.

—¿Fran qué hacía mientras tanto?

—Fran revisaba la pared con los productos de higiene dental para ver si descubría las bisagras y los cierres que la hicieron girar como si fuera la puerta de una cochera.

—Y, ¿encontró algo?

—No sé, porque en ese momento la gemela que se había quedado en el recetario, al oír lo que había dicho su hermana, cogió la radio y se la tiró, apuntándole a la cabeza. No alcanzó a darle porque yo la quité de en medio con un empellón. El aparato se hizo añicos contra las losetas. Fran desistió de su tarea y acudió al ruido. Por un momento nadie dijo ni hizo nada. Entonces la gemela que había sido víctima de la agresión se puso de pie y abandonó la farmacia de manera ostentosa. El hombre de la barba sacó su móvil y se apartó a una esquina, cerca del revistero. Lo vimos marcar. Lo oímos decir: “Sí, sí…” Entonces el revistero, y la pared en la que estaba empotrado, se partieron por la mitad, verticalmente, como las puertas de un ascensor. Recuerdo perfectamente que la división se hizo a lo largo de las revistas, las revistas también se partieron, todas las que habían quedado a lo largo de la línea divisoria. Nunca olvidaré una Geomundo que estaba delante, cortada exactamente por la mitad. Otra vez la luz cegadora, como un disparo de nieve, y la hendija por la cual apenas podía pasar una persona. El hombre de la barba, que no era delgado, pugnaba por deslizarse a través de la abertura. Lo consiguió luego de muchos esfuerzos. Entonces la pared y el revistero volvieron a moverse, las mitades volvieron a unirse, y todo quedó como al principio, como si nada hubiera pasado. Corrí y tomé la revista Geomundo que había estado dividida… la examiné con detenimiento… no presentaba ninguna anomalía, estaba entera. Ninguna de las revistas que había visto cortadas… era inexplicable. Ni en el revistero ni en la pared quedaban rastros de la ranura que habíamos visto abrirse.

—Increíble.

—Pero cierto. Se los juro. Se los juro por la madre que me parió.

—No es necesario… pero, díganos, ¿fue entonces que Fran…?

—¿Saben?... Hay que entender a Fran, ¿ok? Yo entiendo a Fran, entiendo lo que hizo, lo entiendo porque yo conocía a Fran, lo conocía bien, yo sabía por lo que estaba pasando. Ustedes no entienden… Mi hermana no entiende. ¿Qué diablos va a entender? ¡No cree una sola palabra de lo sucedido! Pero yo lo entiendo. Fran no iba para ninguna parte, la mala suerte se lo estaba comiendo. Fran era un tipo optimista, con mucho empuje, con muchas buenas ideas, con un gran corazón. Nunca ustedes conocieron a nadie con un corazón como el de Fran. ¿Importa eso en estos tiempos? Importa un carajo. En estos tiempos lo que importa es tener dientes y saber usarlos; lo que importa en estos tiempos es tener uñas, tener garras, y saber enterrárselas a tu prójimo. No me digan que no. Es así. Pero Fran no era así. Ya no podía con las deudas, no podía con mi hermana, no podía con el jefe, con el trabajo que lo tenía esclavizado…

—¿Qué hizo?

—No tenía posibilidades de comprarse un carro nuevo, no podía ahorrar ni un centavo, no tenía crédito, no tenía amigos… nadie lo ayudaba, excepto yo, ¿y qué podía hacer yo en ese entonces? No mucho. Estaba solo.

—¿Qué hizo?

—En el fondo… en el fondo Fran se sentía una mierda… una mierda, un don nadie. Aguantaba y resistía por sus hijos… pero estaba convencido de que estarían mejor sin él, que él no pintaba nada, que no podría proveerles; que llegado el momento, él se convertiría en una carga para sus hijos.

—…

—Lo supe antes de que me lo dijera. Ya sabía lo que pasaría antes de que Fran se me acercara y me hablara en el oído con lágrimas en los ojos. Lo sabía porque al hombre de la barba negra y a la señora de los paquetes los rodeaba la misma aura de derrota, de tristeza, de náufragos al borde de sus fuerzas… Fran se me acercó y me dijo que le hiciera un favor, que si podía buscar a los muchachos al dojo y llevarlos a la casa. Yo le dije, Fran, pero él no me dejó terminar; buscó las Fantas, las pagó en la caja. La cajera inmutable le devolvió unas monedas, pero Fran las ignoró y me entregó las botellas. Dile a los muchachos que su papá los quiere mucho, me dijo, y yo le dije, Fran, puñeta, pero él ya había sacado su móvil. Se colocó delante de un anaquel en medio de la farmacia. Yo estaba como en otro mundo, anonadado… era demasiado joven, no sabía qué hacer. Entonces vi que Fran vacilaba al marcar y supe que se le había olvidado el número. Sin moverse de su lugar, miró la radio hecha pedazos y en su rostro se dibujó un gesto de completo desamparo. Me mi miró a mí, a la cajera y, por último, a la farmacéutica, implorante. Ya era imposible saber si la gemela que había permanecido en la farmacia, y que ahora nos miraba desafiante con las manos en la cintura, era la que había estado leyendo la revista o la que se había estado pintando las uñas. Lo único que sabíamos sin sombra de duda era que ella había lanzado la radio contra su hermana. Nos observaba con dureza, como si nosotros hubiéramos sido los responsables de todo lo que había pasado y estuviera esperando a que nos largáramos de allí. Pero algo en la mirada de Fran debió haberla ablandado, pues de buenas a primeras se le suavizó el talante y recitó lentamente los 10 dígitos: ###-###-####. Fran marcó sin pérdida de tiempo. Yo estaba a punto de llorar, pero recuerdo haber hecho una pausa para pensar: “¿No será mejor que se ponga frente a alguna pared?” ¡En serio! Si llamaba frente al anaquel, ¿cómo podría abrirse esa…? ¿Me entienden? Conociendo a Fran, supuse que lo había hecho a propósito para ver qué pasaba; a él siempre le gustó forzar las cosas. Por supuesto no dije nada ni pensé nada más, porque me asustó oír la voz de Fran diciendo la palabra que sellaría su suerte, y que respondía a sabrá Dios qué preguntas o aceptación de términos simple y atroz. “Sí”, dijo, y otra vez “sí”.

—Y, ¿funcionó?

—Sí… sí funcionó, pero esta vez fue distinto. A ver… No creo que mi descripción vaya a ser muy transparente, pero aquí les va: a la última repisa del anaquel, la más cercana al suelo, se le hicieron unos huecos cuadrados dispuestos en filas horizontales, con un espacio de por medio. Los huecos de ninguna de las filas coincidían con los huecos de las demás, de manera que esa última repisa del anaquel parecía un tablero de ajedrez.

—Y, ¿qué se veía a través de esos cuadritos?

—Una luz cegadora, por supuesto.

—Ya. Por supuesto. Continúe.

—Cuando digo que se le hicieron unos cuadritos a esa última repisa, quiero decir que se le hicieron a las cosas que había en la repisa, además de a la repisa misma y al panel trasero del anaquel… no sé si me comprenden… como si careciera de profundidad, como si las cosas en la repisa, la repisa y el fondo del anaquel estuvieran pintados sobre una superficie plana… A los pocos segundos, los espacios entre los cuadros, que eran también cuadrados, esos espacios a través de los cuales todavía se podía ver la repisa, también empezaron a brillar, hasta que toda la repisa se convirtió en un rectángulo de luz.

—Exacto.

—Era un rectángulo angosto, horizontal, a ras del suelo, y Fran tuvo que tenderse de espaldas. Yo me lancé tras él, le dije, Fran, por favor, lo agarré por el brazo y le dije, Fran, los niños. Pero Fran me dedicó una mirada… Le solté el brazo.

—De manera que usted estuvo allí cerca de la abertura. ¿Pudo ver algo?

—Sí, vi, y también oí.

—Díganos que primero lo que vio.

—Vi muchísimas piernas.

—¿Piernas?

—Gente, muchísima gente de pie, pero yo solo veía sus piernas. Recuerden que estábamos con la cara en el piso. Ah, y también había un gran butacón de oficina.

—¿Un butac…?

—Sí. Ya lo sé, pero estoy seguro. Había una butaca giratoria, una enorme butaca de escritorio con una base en cruz, sin ruedas, como un pedestal.

—Perfecto. ¿En qué lugar estaban? ¿Cómo era?

—Era infinito.

—…

—No me pidan que lo explique.

—Nos dijo que también oyó algo, ¿qué oyó?

—Algo que aún hoy me quita el sueño por las noches y me llena de una inquietud maldita por el día. No saben cuánto me arrepiento de haber metido las narices donde no me habían llamado. ¿Me correspondía a mí, acaso, retener a Fran? ¡Coño!

—¿Qué dijeron, y quién?

—Imposible saber quién lo dijo, pero era una voz de mujer: “Desde aquí se ve todo. Los vemos a todos.”

—Ya…

—Lo dijo con el tono de quien da una noticia sorprendente, una noticia que tiene como propósito entusiasmar al que la escucha, contagiarlo de su alegría. Y sin embargo…

—¿Y sin embargo qué?

—Y sin embargo… pensé mucho después que no se trataba de eso. Esa voz no intentaba dar una información literal, ella no quería que se supiera eso exactamente; ella había dicho eso, no para expresar lo que significaban esas palabras, sino para comunicar lo que no quedaba dicho, pero que solo podía ser dicho de esa manera.

—Me temo que va a tener que explicarse mejor.

—Al decir lo que dijo, ella realmente lo que dijo fue, estamos en un punto de ventaja, estamos colocados en un sitio mejor, un sitio desde el cual se ve éste otro… aun más, un sitio que contiene éste nuestro; pero, sobre todo, ella lo que quiso decir era que aquél era el sitio real, que éste era una especie de malentendido.

—Le ha dedicado usted mucha reflexión al incidente, por lo que podemos apreciar.

—Tiempo no me ha faltado. Y eso no es todo. Recordé lo que anteriormente había dicho la voz en la radio: “Todo ha sido un error.” Puede que estuviera diciendo la verdad, pero me dio la sensación, al oír las palabras de la mujer, de que no era un error grave, que todo se solucionaría eventualmente, que no se trataba de una tragedia; como si de visita en otra casa hubiéramos derramado agua sobre la alfombra: es un inconveniente, es un poco embarazoso, pero no es el fin del mundo.

—Muy bien.

—Fran se deslizó de espaldas por la abertura, como si se estuviera metiendo debajo del anaquel. Me recordó a un mecánico deslizándose bajo un carro. Una vez dentro, el proceso de los cuadritos recomenzó, pero a la inversa, hasta que todo quedó tal cual era originalmente. El resto de la historia ya la conocen, todos los problemas, la denuncia, la investigación policial, las acusaciones de mi hermana, las lágrimas de los niños. Afortunadamente, el tiempo lo sana todo… Yo fui absuelto, mi hermana me ha perdonado (aunque jamás ha creído mi historia), y los niños ya son adultos, padres de familia responsables y profesionales de éxito. La farmacia y todo ese bloque fueron arrasados por los desarrollistas, gracias a Dios. Ahora hay allí una mega plaza comercial.

—Muchísimas gracias.

—¿Eso es todo?

—Ha sido usted muy paciente y su cooperación ha sido increíblemente valiosa. Nos marcharemos ahora.

—De nada… Lamento no poderles ofrecer algo de beber o de comer, pero, como ven…

—No se moleste y no se mortifique; si nos hubiera ofrecido algo, lo hubiéramos rechazado.

—Permítanme acompañarlos a la puerta.

—Nos despedimos. Otra vez gracias.

—Hasta pronto y… bueno, cualquier otra cosa que deseen saber, ya saben cómo encontrarme.

—Pues, ahora que lo menciona, nos queda una inquietud, una curiosidad. No quisiéramos irnos sin haberla satisfecho.

—A ver.

—Evidentemente usted se ha memorizado ese número, el número que…

—Sí… Sí, así es; imposible olvid __.

—Ya… Lo que quisiéramos saber es si alguna vez se ha visto tentado de marcarlo.

—Muchas veces… incontables.

—Y, ¿por qué no lo hace?

—La razón es bastante estúpida, pero si de verdad la quieren saber…

—Queremos oírla. Díganos: ¿por qué no lo hace?

—Porque por nada del mundo quiero oír las preguntas a las que Fran y los demás contestaron que sí.

—Hace bien… Buenas noches.

 

© Pedro Cabiya