
La fotógrafa
Suena el blackberry. Es un teletexto de redacción. “Virginia. Llamar urgente. Material de primera plana. Pepe.” Va de camino a casa, en su carro nuevo. El carro es una todoterrenos del año. El carro debe mensualidades altas, ella paga sin atrasos mensualidades fijas y seguras desde que le dieron permanencia en el trabajo. El carro es el símbolo de su salvación.
Pasa por el supermercado. La calle huele a aguacero, a sal y a calor. En la luz, un adicto pide dinero para comida, jura que no es para drogas. Tiene sida.
Se estaciona y busca un carrito. Compra pasta, arroz, habichuelas, leche, café. También compra alguna comida congelada para las noches rotas, noches en que llega muerta del trabajo, no le da tiempo a cocinar, la aqueja un hambre que la parte por el medio. A su edad no puede andar comiendo “comida rápida” a las dos de la mañana.
Es cierto, no contaba con esta vida. Eso es cierto. Virginia recuerda las pruebas de contacto de antaño, las plumas de ave, los desnudos, las fotos de acercamientos a candados enmohecidos y a viejitas mirando el mar por las rejas de su casa. Recuerda corretear detrás de ambulancias, de patrullas de policía, para poder fotografiar algún evento. Luego, procuraba vender esas foto a los periódicos, para poder invertir el dinero en más lentes, asa cien, asa trescientos, en zooms y trípodes y en fotómetros de marca para poder recoger los destellos de luz rebotando como deben rebotar contra la superficie de las cosas. Luz del Caribe, color zumo de naranja agria, de toronja rosada. Esa luz. La gente se equivoca, el Caribe no es acerca de cuerpos, sexo o naturaleza. El Caribe no es siquiera el mar. Es esa luz.
Es cierto que ella nunca fue ni pensó ser lo que es ahora. Pero ahora tiene dinero para químicos de revelado y, si se pone ahorrativa, hasta puede montar un cuarto oscuro para la próxima quincena y tener laboratorio propio, además de un scanner a su disposición en la oficina. Los cadáveres siempre han dado de comer. Ella se ha convertido en un ave de rapiña.
Baja la compra del carro y la cartera del carro y abre el portón. Los gatos están bien. A Melusina le hace falta un poco de agua en su platito. Baja el apuntador del carro y el cuerpo del carro. Aún está joven el cuerpo, aún se le tensa la carne. La máquina contestadora enseña su bombilla que prende y apaga. Tres mensajes. Mami, que vaya a comer a casa el domingo, si encuentra el tiempo para atender a la familia. El comité de condómines y su plan de reparaciones para la fachada del edificio. Un mensaje en blanco, sonando una señal de fax. ¿Quién le habrá querido mandar un fax? Lo más seguro, número equivocado.
Virginia levanta el auricular, pero lo vuelve a poner en su sitio. No sabe por qué tiene dos teléfonos en su casa. Dos teléfonos y nadie que la llama. Abre el Blackberry y marca el número directo de Redacción. Suena el timbre.
Última hora, redacción...
Pepe.
Virginia, mi amor, ¿dónde te habías metido?
Oye, yo tengo vida; no como tú que te la pasas metido en ese periódico.
Ah, las ventajas de los gráficos.
Porque no me quieren en fotografía...
Cariño poco a poco, que tú llegaste horita
¿Para qué me texteaste?
¿Para qué más va a ser?
Cadáver fresco.
Qué comes que adivinas... Veintisiete impactos de bala, mi amor. Quedó como un colador el chamaquito. Pero el bruto de Gregorio tomó las fotos a baja exposición y no se ve bien el charquero de sangre, ni los oficiales de la Forense levantando el cadáver. ¿Qué se puede hacer con eso?
¿No tomó más fotos?
Dos o tres. Te estoy hablando de la mejorcita.
¿Pero y a ese tipo que le pasa? ¿No se le ocurrió bajar el fotómetro del carro?
Pues, negra, habrá sido la impresión.
Si yo fuera de fotoperiodismo esas cosas no pasarían.
Y dale con la macana...
Okey, okey, envíamela por e-mail. La trabajo tan pronto me eche algo al estómago.
Que sea liviano, Gina, para que puedas completar la digestión. Coño, el chamaquito quedó…
Ya yo estoy acostumbrada.
A esto uno nunca se acostumbra.
Virginia abre la puerta de la despensa para guardar las habichuelas, café, pasta, el arroz. La leche y la comida congelada van en la nevera. Una de ellas, para el microondas. “Chicken with pasta. Remove cardboard cover, cook on high for three minutes, stir and cook another two minutes. Serve while hot.” Virginia abre de nuevo la nevera. Saca una Diet Pepsi, toma agua del galón, busca un guineo. Las manos le tiemblan un poquito mientras le quita la cáscara a la fruta. Las manos siempre le tiemblan cuando tiene hambre.
“No lo puedo creer” suspira masticando. “Otra vez tener que ponerme a trabajar. Quién sabe a qué horas termino” piensa masticando. Virginia prende el televisor para espantar el agobio.
Es el teléfono. Pero ella no tiene ganas de contestarlo. No tiene ganas de oír a nadie hablar, montarle conversación a nadie, preguntarle cómo le fue el día. “A mí me fue de lo más bien” no tiene deseos de decir. “Estoy trabajando para Última Hora” no quiere decir. “Al fin me libré del desempleo. Por ahora no he tenido tiempo de tirar material nuevo. Me estoy acoplando a la rutina del trabajo, ¿sabes? Pero who knows... Dentro de poco quizás sorprenda con alguna exposición.” No quiere decir nada a nadie. La máquina contestadora toma la llamada.
“Virginia, es Solá. Te llamaba para saludarte. Hace tiempo que no te veo. Estaba limpiando mis archivos y encontré unas fotos tuyas, viejas, de las que tomamos en el faro de Fajardo. Se me había olvidado lo buenas que eran. Me dio con llamarte. Estás perdida, mija. Comunícate cuando puedas. ¿Okey? Abrazos.”
“La rutina de la vida cotidiana, los pequeños detalles que hace del fotógrafo un ojo invisible. Sólo así se revela lo cotidiano a otra luz. En la medida en que desaparece del campo de visión el ojo fotográfico e integra su objeto a otro nivel de percepción” recuerda masticando. Lección bien aprendida. De las muchas que aprendió con Solá en los talleres de fotografía. Fueron muchas las horas que pasó intentando desaparecer, intentando integrarse a la vida secreta de los objetos. Pasó tardes enteras mirando la luz caer sobre las hojas, una gota de agua sobre un flamingo de plástico refractando un rayo de sol. Esa luz rosada.
Y ahora, ella se instala frente a su computadora, con su Chicken with pasta en el estómago. Abre el programa de Photoshop. Escanea la fotografía de otro niño muerto de 18 a 25 años, muerto, con los tennis tirados a mitad de acera, la camisa trepándosele por la espalda, muerto, y ella busca el ángulo más impactante de esa muerte, para el morbo de primera plana. Ella busca el acercamiento más cruento de la herida. Su ojo aclara el fulgor de la sangre un veinticinco porciento más. Virginia reproduce la foto, acerca el cuerpo, moviéndolo más al centro de la página emplanada. Así se le notan mejor los ojos abiertos al muerto, y la gota de sangre en la camisa. Aprieta el cursor.
II.
Es cierto, ella no contaba con esta vida. Las pruebas de contacto de antes, las plumas de ave, los desnudos, las fotos de acercamiento a candados enmohecidos y a viejitas mirando al mar entre las rejas de su casa. Pero hoy no fue tan malo el día. Hoy tuvo suerte. Hoy llegaron las fotos del último concurso de Miss Universo. Hoy Virginia se divirtió de lo lindo. Hasta encontró cómo hacer ver más ridícula a Miss Puerto Rico cuando ganó la corona universal. Hasta inventó un nuevo truco para virarle la corona en plena cabeza, añadirle tinte al rimmel que le corría mejillas abajo y desviarle su postura de muñeca. La pobre concursante tan emocionada por haber sido coronada la más bella del mundo y ella convirtiéndola en un esperpento de primera plana en su terminal de computadora. Virginia se ríe de su travesura camino al estacionamiento. Hoy salió temprano de trabajar. Iría a ver a la madre y después a correr a la playa. Quizás le dé tiempo a darse un chapuzón en el agua. Pasará por la casa para recoger su cámara. Presiente un bello atardecer.
III.
Ha llegado otro cadáver fresco. “Hermano mata a hermano, venganza familiar.” Otro chamaquito. Cuatro impactos de bala. Cuatro hoyos por los que sale una sangre prieta, coagulada, en engrudo oscuro. El tipo viste una camisa Nike y unos tennis de marca caros, un mahón de marca, caro. Y una gorra blanca tirada en el piso del estacionamiento del aeropuerto. En el suelo también yace un abrigo-sudadera en combinación con la camisa. Todo caro. Todo arruinado ahora por los cuatro impactos de bala, dos en el pecho, uno en la garganta, otro en la base de la nariz. El cadáver muestra su cara explotada en cuatro cantos, el cuerpo hecho un manantial de pólvora. El hermano homicida mira el cadáver con los ojos vacíos. Tiene el pelo pintado de rubio, con las raíces negras. Viste una camisa de listas barata y unos pantalones verde monte baratos, raídos. La foto está mal tomada y los colores de las cosas no se distinguen bien. La mirada del asesino no tiene ningún color, por ejemplo. El reportero cuenta que el acusado esperaba a su hermano que venía de Nueva York a asistir al funeral de la madre. El occiso era sospechoso de narcotráfico, pero nadie tenía pruebas. Su hermano lo esperó en el aeropuerto, lo mató. No sabía disparar. Una bala fue a parar al cristal de un carro, otra a un poste de luz. Las cuatro restantes alcanzaron al hermano.
Otra vez Gregorio y sus fotos con mala exposición. Suerte que al tipo le ponían las esposas debajo de un poste. El resto del cuadro aparece oscuro, la mitad del cuerpo de un oficial está cortado por el marco de la foto. Una mujer policía empuja suavemente el brazo del asesino, y él vira la cara para ver el cuerpo de su hermano escupiendo su última gota de sangre en la brea del estacionamiento. Mira la gorra blanca manchada de engrudo cerca de la cara irreconocible. Virginia pelea con el material. Le da ‘click' al programa de Photoshop, a ver si puede aclarar el fondo para que salga bien en la primera plana de la impresión dominical.
IV.
“Es viernes social. Te invito a darte una cervecita. Vamos a estar en el Violeta's, a ver si te animas. Pepe.” Virginia va de camino a casa. A Melusina le debe faltar agua en su platito. Cuánta agua toma esa gata. Debería aprender de ella. Debería irse a tomar. Total, hoy salió temprano del trabajo. Hoy emplanó lo que tenía que emplanar. El jefe de diseño quedó encantado. El de redacción, encantado. El de fotoperiodismo atendió sus sugerencias técnicas, reconociendo que sabía de lo que hablaba. Hasta le sugirió que quizás haya un puesto para ella en esa división. Es hora de celebrar.
“Pero con esta facha no voy a ninguna parte” piensa Virgina mientras prende un cigarrillo en la intersección. Luz roja. Luz verde. Pie en el acelerador. “Con esta facha de bruja explotá.” piensa mientras chupa humo. “Mejor me voy a casa, me doy un baño, me cambio de ropa. Me organizo un look para el Yahaira's. Sí, es tiempo de celebrar.”
Baja el maletín del carro, la cartera del carro, abre el portón. Los gatos están bien. Melusina otra vez acabó el agua del plato. Se quitó la camisa, el pantalón. Abrió la ducha. Se contempló desnuda en el espejo del lavamanos. Su cuerpo todavía está bien. La piel de los senos está tersa todavía. “Me voy a poner la camisita negra de manguitos, la bien escotada.” piensa mientras se mete a la bañera “Y el mahón negro, y los tacos altos”, piensa ,“Hoy me visto de femme fatale.”
De camino al bar cuenta los semáforos. Al segundo, vira a la izquierda. Busca parking. Estaciona la “todoterreno” en la calle. Se baja y camina hasta el bar. No ve a ninguno de los muchachos del periódico. Quizás llegó demasiado temprano, o demasiado tarde. Se sienta. “Una cerveza, por favor. Ahórrese el vaso. Gracias.” Mira alrededor. Allá al fondo hay un tipo que la mira con ojos glotones. Ella deja resbalar esa mirada por la carne de su cuerpo. Le gusta esa mirada celebratoria.
“Son dos pesos”
“No, déjalo, yo pago la cerveza de la dama” suena la voz del tipo. Es una voz cálida, bienintencionada. Una voz que resbala bien de la garganta y que le cae encima a ella, y la refresca.
“Gracias”
“No, gracias a ti. Viniste a alegrarme la noche.”
“¿Yo?”
“Claro que sí. Una mujer tan elegante como tú no se ve todos los días”
Ella sonrió con premeditación y alevosía. Hace tiempo que no sonreía así. Desde las pruebas de contacto y las gotas de agua encima de flamingos de mentira. Desde las fotos del faro de Fajardo y las persecuciones de ambulancia para poder comprar otro fotómetro. Quizás exageraba. Lo que sí es cierto es que en Última Hora nunca sonreía así.
Virginia se tomó una cerveza, se tomó dos. Sostuvo una larga conversación con el tipo que se le acercó a invitarla a disfrutar la noche. Juan, se llamaba. Trabajaba como representante de ventas. Estaba recién divorciado, al menos según él. Según ella, el tipo era un bombón demasiado suculento. Y el Pepe no acababa de aparecerse en el bar. Debía irse. Ella salió a compartir con compañeros del trabajo, no a levantarse a un marchante que le calentara la cama por una noche. Su vida no es la de antes. Antes se hubiera ido a donde fuera, debajo de una palma, en un carro estacionado a orillas de la playa. Pero ahora no podía. Mañana debía levantarse temprano; ir a la oficina a trabajar.
“¿Tú trabajas los sábados?”
“Yo trabajo todo el tiempo. Así es la vida en los periódicos.
“¿Para cuál trabajas?”
“Última hora”
“¿Eres periodista?”
“No, diseñadora gráfica.”
“Ah.,... en la sección de anuncios.”
“No. Yo soy la que emplano las páginas centrales, acomodo fotos, organizo titulares.”
“¿Tú eres la que diseña la primera plana? ¿La de los muertos?”
“La misma que viste y calza”
“¿De verdad?”
“¿No me crees”
“Es que no te imagino haciendo ese trabajo”
“Me lo dices a mí. Yo me formé en otra cosa. Fotografía. Pero de eso ¿quién vive?”
“Y hay que vivir”
“Sí, hay que vivir... Bueno, gracias por la cerveza, y buenas noches”
“Mejor te acompaño hasta el carro. Tú sabes cómo está la calle.”
“Que si lo sé.”
Salen ambos del bar, rumbo a la guagua nueva. Juan le pide el teléfono. “Mejor me das el tuyo y te llamo yo” le dice. No quiere complicaciones. No quiere llamadas de tipos que casi no conoce molestándola en su casa cuando llega cansada de trabajar. Mejor opta por el coqueteo parcial, abierto.
-Está bien, le dice Juan con una sonrisa socarrona en la cara.
-Espérate que saque el blackberry y me das tu número.
Virginia está a punto de sacar su celular. Aprovecha para sacar sus llaves, aprovecha para pensar en cómo se va a despedir del tipo. De repente, la sonrisa de Juan cambia. El semblante amigable cambia. Siente una mano que la agarra por la espalda, un puño fuerte que la agrede en los riñones, un punzazo agudo en el costado. Le falta la respiración.
Ahora el Juan del bar se vuelve un doble. Otro Juan, de camisa blanca y zapatos. Le arranca la cartera. Ella forcejea con él. Pero el tipo termina por tirarla al piso, le tironea la cartera y le saca las llaves de la mano. “Avanza, cabrón, avanza” oye que gritan mientras su agresor abre la puerta de la guagua. Se mete adentro. Chilla las gomas. Allá van sus mensualidades altas, sus mensualidades pagas con trabajo permanente.
El punzazo le arde en las costillas. La todoterrenos se pierde en una curva y a ella le dan ganas de llorar. No sabe si empezar a gritar, a pedir que alguien llame a la policía. Entonces siente una cosa viscosa entre los dedos. Virginia se mira los dedos. Se los encuentra rebotando de luz, reflejando un brillo que ella no sabe de dónde viene. Tiene la camisa raída, la carne rota, abierta en un gajo que sangra. Piensa “Mi cuerpo es luz.” Pero de su boca lo que sale es un grito que termina en unas gotas de luz invertidas, que ella no puede entender.
V.
“Fotógrafa de Última hora apuñalada.” Virginia lee el periódico y el periódico dice que la fotógrafa se llama Virginia. Virgina Sánchez. Ella lee su nombre desde su cama de hospital. Lee “fotógrafa de Última Hora.” No entiende nada. ¿Le habrán dado ahora el puesto ansiado, ahora que no puede trabajar?
Pepe le trajo el periódico esta mañana. También le trajo unas flores, y un buchito de café del bueno, no del que venden en el hospital, que sabe a mierda. Peor, a té de mierda
“Chica, qué jodienda. Esa misma noche se me complican las cosas en redacción. Me tuve que quedar hasta tarde en la oficina”
“No te preocupes, Pepe. Eso fue lo que me imaginé.”
“Si te hubiera mandado un mensaje de texto. Si te hubiera avisado...”
“Pepe, no es culpa tuya. ¿Cómo va a ser culpa tuya que me hayan asaltado?”
“Por lo menos no te mataron, ni te violaron. Por lo menos no te hicieron algo peor.”
“Sí, por lo menos estoy viva. Y eso es lo que importa. Hay que vivir, Pepe.”
“Si, hay que vivir.”
Una conversación, una cerveza, negativos de fotos viejas del faro de Fajardo, un tipo de tennis rotos, la todoterrenos, una gota de luz oscura rebotando contra las manos...
“Los muchachos sacaron la noticia entre las más importantes del día. Y publicaron la descripción de los tipos que le diste a la policía. El periódico va a ofrecer recompensa por su captura”
“Coño, qué detalle”
“La noticia la redactó Vargas. Lee”
“Fotógrafa de Última Hora apuñalada” lee Virgina en voz alta. Mira a Pepe. Pepe sonríe. “Ya sé que no eres fotógrafa. ¿Pero quién coños entiende qué es hacer un gráfico en un periódico?”
“Alrededor de las once de la noche, Virginia Sánchez fue víctima de un horrendo ataque frente al Bar Violeta's en la Avenida Ponce de León en Santurce. Los asaltantes lograron despojarla de una todoterrenos azul, último modelo, de una cartera y de 150 dólares en efectivo. Además, los asaltantes la apuñalaron en el costado izquierdo, produciéndole una laceración de piel profunda de unas 3 pulgadas. La víctima fue trasladada al Hospital Presbiteriano y se encuentra en estado estable...” lee Virgina en voz alta. Pepe la escucha atento.
El reportaje no lleva fotografía.
Cuento inédito © Mayra Santos Febres
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