
Crónica de un desencuentro anunciado o El cuerpo tiene razones que la propia razón desconoce
Habían mantenido una relación epistolar durante demasiados años. La última vez que brevemente se encontraron parecía haber sido hacía una eternidad. Era cierto que era ella quien escribía las cartas más largas, quien más decía y quien por lo general iniciaba aquellos intercambios. Pero él respondía, y cuando tenían ocasión de hablar por los distintos medios que les brindaba la tecnología, su voz transmitía calidez y afecto.
Por eso cuando ella le envió un mensaje anunciando que en un par de meses tendría ocasión de visitar la ciudad que alguna vez había sido de ambos, le dio mala espina la respuesta: “Me encantaría verte, si es que estoy, pero es posible que tenga que viajar por trabajo”. Pájaro de mal agüero ese que ve los obstáculos antes que las posibilidades, pensó ella, pero no dijo nada.
Y pasaron los meses y las semanas y cuando faltaban apenas días para que ella volviera a la ciudad que todavía añoraba, él le anunció que tenía mucho trabajo y una reunión importantísima e impostergable y que además a los dos días de su llegada tendría que viajar, pero añadió que el tiempo se hacía, “el tiempo se hace”, dijo, y dijo también que trataría de quedar con ella en cuanto pudiera programar aquella reunión impostergable.
Dos días antes del viaje él la llamó tosiendo. Todavía no conseguía programar la reunión y sentía que empezaba a enfermarse. Pero que de todos modos la llamaría a su móvil para tratar de quedar.
Ella llegó a la ciudad en una tarde lluviosa, tomó trenes y deambuló por calles y parques buscando encuentros con recuerdos felices sin hallar más que humedad y melancolía. Probablemente estaba en el tren cuando su móvil perdió una llamada. Cuando leyó que la pantalla decía “número retenido”, supo que había sido él.
Esa noche la volvió a llamar y le dijo que se sentía muy mal por lo sucedido, que no había ido al trabajo, pero que la llamaría al día siguiente y que a lo mejor podrían verse antes de que él partiera.
Esa madrugada ella tuvo un sueño. Estaban ambos en una conferencia, sentados en pequeños escritorios frente a frente formando una especie de cuadrado con otros conferenciantes también en sus propios escritorios. Él la miraba con exasperación, irritado, como acusándola de ponerlo en una situación incómoda. Después, la conferencia terminaba y él le entregaba una bolsa con unos horribles collares y aretes de plástico blanco.
Ella no le contó el sueño cuando un par de horas más tarde, y tosiendo otra vez, la llamó para decirle que tenía que ir a acostarse, a tratar de recuperarse antes de su viaje, que tenía muchas ganas de verla y que sentía que no pudiera ser, que la llamaría si llegaba a pasar por su nueva ciudad, la de ella, aunque, claro, él nunca iba para allá, pero quién sabe… Sí, quién sabe, respondió ella, y deseándole una pronta recuperación, se despidió.
La invadió la tristeza. Durante todos esos meses había guardado la esperanza de volver a mirarlo a los ojos y ahora la sensación era la de despertar de un sueño en el que sentía algo tangible y hermoso en las manos sólo para descubrir que no tocaba nada, que entre sus dedos no había más que vacío.
Tuvo que aceptar que desde el principio el desencuentro había sido una profecía buscando realizarse. Tal vez el tiempo pudiera hacerse, pero el corazón y el cuerpo tienen razones que la propia razón desconoce. Una tos bien podía ser la voz de una de esas razones.
Comehoras
Lucía comía relojes. Los venía mirando con avidez desde que asomó la cabeza al mundo con sus ojos color del tiempo enormemente abiertos. Y cuando cumplió seis meses y se pudo sentar en su sillita y empezaron a intentar darle papillitas de arroz y de avena, ella se abalanzaba con la boca abierta sobre la esfera del reloj pulsera de su mamá y no sobre la linda cucharita amarilla que su papá le había conseguido. Pegotes de avena por todas partes.
Sus padres creían que la brillante esfera de cristal ofrecía una superficie irresistible para frotar esas encías sin dientes que tanto le molestaban, pero su afición por los relojes se acrecentó cuando aparecieron sus dos diminutos y afilados incisivos. Lucía intentaba roer todos los relojes que se le ponían al alcance, analógicos y digitales, de pulsera, de pared, despertadores y cucús. Con las visitas solía guardar cierto pudor, pero apenas entraba en confianza se lanzaba a morder el reloj de los brazos que pretendían cargarla.
Empezaron a encontrar huellas de sus pequeños dientecitos en el despertador, en el reloj de la cocina, en el de su cuarto; el reloj de la sala lo sacudió tanto, en su intento de comerse el tiempo, que todos los números se cayeron, haciendo difícil la labor de ver la hora para quienes no tuvieran un buen sentido espacial. Sus padres se preguntaban por qué se les iba tan rápidamente el tiempo de las manos y pronto notaron que faltaban esos relojes que porque se atrasan o se adelantan o se quedaron inmóviles hace tiempo, andan siempre abandonados en los cajones.
Observaban a Lucía con cuidado, pero ella no parecía mostrar ningún síntoma de enfermedad: por el contrario, crecía fuerte y alerta y parecía una niña bastante contenta; sin embargo, cuando desapareció el enorme reloj de pared que el tío Jorge les había regalado el día de su boda «deseando que les depare largas horas de felicidad», y de pronto Lucía quería tirar un besito y decía tic, o practicaba su tatata y le salía un tac, decidieron llevarla a la doctora.
No le dijeron nada de los relojes pensando que los acusaría de irresponsables por dejar todo ese tiempo al alcance de la niña, y porque supusieron que la doctora notaría cualquier anomalía. La doctora examinó a la pequeña Lucía y le pareció una niña saludable y con un desarrollo adecuado para su edad. No creyó necesario mencionar que al auscultarle el pecho escuchó el tic-tac de una multitud de corazones sonando al unísono: pensó que le hacía falta un estetoscopio nuevo.
Lucía se sabe todas las horas. Sabe cuándo es hora de dormir y cuándo hora de levantarse, sabe cuándo es hora de jugar y cuándo es hora de ir al parque; y sobre todo sabe que el tiempo no es una cuestión que tenga que ver con los relojes, con la luz del sol, ni con las buenas intenciones de sus padres.
Relato inédito y del libro Comehoras [Editorial Mesa Redonda, 2008] © Margarita Saona
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