
La soledad de los ventrílocuos
En una habitación desconocida, situada en algún lugar del universo, dos hombres solitarios están a punto de conversar. Esteban —vestido de explorador colonial— se encuentra sentado en un sillón de orejas, con un machete en su regazo, mirando la puerta preso de ese temblor innominado que dan los domingos (aunque, con franqueza, puede que no sea domingo). Esta noche anda pensando en los grandes felinos de la Tierra. Cabezas de león en vitrinas. Una lucha a muerte, sin descansos de por medio, con un guepardo. “Caramba, tengo ganas de domesticar una pantera real”, barrunta ahora mismo. En esas cosas ocupa su tiempo. El otro hombre, un fantasma, sabe que se llama Andrés (lo pone en un pequeño cartel colgado en su pecho), va vestido de minero y lleva sobre los hombros el esqueleto de un canario.
En este instante, ahí, al fondo del cuarto, Andrés aúlla como un loco y da vueltas en torno a una gran maqueta de un paisaje minero, con sus túneles oscuros, sus viejas vagonetas oxidadas y ese aire tan auténtico de pueblo alemán con leyenda. Esteban, entretanto, se ha incorporado, y mientras se palpa esas cuerdas de marioneta que le crecen en los hombros (siempre, desde que puede recordar, han estado ahí), empieza a caminar por la habitación.
—Padre —dice Esteban, pensativo—. ¿Usted sabe cómo llegamos aquí?
—Pues no —contesta el otro, y pone en marcha las vagonetas—. ¿Cómo voy a saberlo? Simplemente aparecimos. ¿Tú sabes por qué empezaste a llamarme padre?
—No sabría decirle. Porque no conozco a nadie más en el mundo, supongo, y usted estaba primero. O para matar las horas.
—¿Y sabes por qué te llamas Esteban?
—Porque lo pone en el cartel de mi pecho.
—¿Entonces por qué me haces tantas preguntas?
—No lo sé; las hago, padre, es así. ¿Se acuerda usted de Mastropiero?
—Claro que me acuerdo.
—¿Sabe que hoy hace exactamente un año que la mano se lo llevó?
—No, la verdad es que no lo recordaba.
En esta habitación (fijémosla ahora en nuestra mente), un espacio que se diría confortable y con ese mismo calorcillo que ofrecen los cuartos con perro, mecedora y enciclopedia británica, Esteban coloca una vela junto a una esquina por el recuerdo de su compañero. Efectivamente, hace ya un año que esa mano desconocida que puntualmente les provee de juegos de mesa, jabón de sosa y almanaques (esto último si se han portado bien) abrió un hueco en el techo, cogió a Mastropiero de sus cuerdas de marioneta y se lo llevó volando, mientras agitaba los brazos confusamente, hacia eso que parece el firmamento. ¿Quién no sospecharía? ¿De dónde viene esa mano, con su anillo de boda brillante, que les arrebató a su amigo? Esteban se lo pregunta a menudo, sobre todo desde que recibió una carta lacrada de Mastropiero (la mano una mañana la dejó ahí, en el mismo lugar donde ha puesto la vela, ese recodo con polvo, lleno de nostalgia, que cualquiera miraría diciendo fiuuu). Mastropiero afirmaba que estaba bien. “Estoy bien”, escribía en la carta. “Ayer poseí a la condesa en el granero, y la semana que viene, tras el postre —pastas y bollos—, me batiré en duelo con su marido. Es un hombre encantador. Comemos juntos lechuga algunas veces. Probablemente me sumerjan en brea. Soy feliz, por fin me han encontrado un sitio”.
Ahora Esteban regresa a su sillón, muy despacio, y se derrumba con desgana. ¿No es lo que haría cualquiera en esta situación? Cualquiera, está clarísimo, se resignaría al hecho fácilmente y hasta con la alegría de no tener que pensar más (sí, hace un año que se marchó, recuérdalo, hombre, llora y desahogate); después, entornando los ojos, con toda probabilidad se encomendaría a alguna actividad sin riesgo, para matar el rato —ajustarse las botas antiserpientes, estudiar su colección de pájaros tropicales— y así todo seguiría su curso. Sin embargo, Esteban vuelve a acariciar sus cuerdas de marioneta como si no encontrara una sola razón para tranquilizarse. Las mira una y otra vez. Se toca con ahínco la zona de los hombros donde crecen. Andrés, a su vez, va colocando más mineros en las vagonetas y éstas se dividen por los corredores oscuros, como líneas de agua. No le presta demasiada atención.
—Padre —dice Esteban—. Hay algo que me parece raro en este asunto.
—¿Ya estás otra vez?
—Sí.
—Bueno. Prosigue, anda.
—Mire, usted sabe que Mastropiero siempre tuvo aspecto de joven vigoroso. Acuérdese: sus músculos bien torneados, esa cabellera dorada y resplandeciente. Cómo decirle, yo recuerdo perfectamente esas tardes en que Mastropiero se paseaba por esta habitación con el torso desnudo.
—Hijo, me preocupas.
—Hágame caso: podría describirle con precisión, si me apura, el modo que tenía de apartarse el sudor del rostro. Así, elegantemente, como si no importara que llevara toda la tarde cargando con sus fardos de trigo. Había algo tremendamente erótico en ese gesto, créame padre. Nunca me gustó.
—¿Adónde quieres llegar?
—Bien, ahora escuche: una noche, la mano nos arrebata a Mastropiero. Meses más tarde recibimos una carta. Una carta donde se nos cuenta que ha poseído con inusitada lujuria a una condesa. ¡En un granero! ¡Bajo el tórrido sol de agosto! Padre, ¿no ve usted en eso una siniestra casualidad?
—Sinceramente, hijo, yo lo que veo es que me estás dando la noche.
—No me lo tome a mal, pero me parece que Mastropiero nunca escribió esa carta. Yo diría… —Esteban hace una pausa—. Yo diría incluso que hay algo en nosotros mismos que no encaja como es debido.
—Si sigues así tendré que dejar de levitar —dice Andrés, mientras la cabeza le da un giro de trescientos sesenta grados—. Harás que me salga una úlcera. ¿Tú ves que yo me haga tantas preguntas?
—Pero padre…
—No, no me las hago. Aúllo alborozado junto a mi maqueta. Le he pedido a la mano una cadena por navidad, para arrastrarla y quedarme a gusto. ¿Y soy infeliz? Al contrario. Disfruto de cosas tan sencillas como ésa, y no ando cuestionándolo todo.
—A eso mismo me refiero, padre —prosigue Esteban, y mira su traje de explorador una y otra vez, con desconfianza—: Usted es un fantasma y aúlla junto a su paisaje minero. Yo voy vestido de explorador, ¡tengo un machete! ¿Y sabe qué? A veces me desvelo en mitad de la noche, salgo de mi cama y, no sabría decirle por qué motivo, tengo la imperiosa necesidad de buscar rastro de leones por esta habitación. Es… Es como si todo estuviera preparado para que hagamos estas cosas.
—Mira, hijo, lo que tienes que hacer es aullar un rato —sugiere Andrés; se desencaja la cabeza y observa su interior—. Aullando, hijo mío, te aclaras enseguida. Confía en mí. Se te pasará. Las preguntas no llevan a ningún sitio. Ya sabes lo que dicen: un hombre empieza a hacerse preguntas, y a la mañana siguiente lo están enterrando. Es ley de vida.
Por un instante, la derrota se pinta en los ojos de Esteban de tal modo, que vuelve a encogerse en el sillón. Es ese mismo instante en el que está a punto de rendirse a la pereza, ponerse a limpiar su machete, buscar ávidamente por la habitación esos leones hambrientos que en sus sueños aparecen recostados en la sabana. Y ahora, justo ahora, es esa misma incertidumbre la que le hace levantarse del sillón y comprobar algo muy simple: intenta quitarse su sombrero de explorador. No puede. Parece pegado de algún modo. Prueba a desabotonarse los botones de la gruesa camisa. Es imposible. Empieza a darse cuenta de que nunca antes había intentado desvestirse (Dios mío, ni siquiera lo había necesitado); y siente que el miedo —ese miedo que dan las selvas bañadas por la luna, a través de un cristal infranqueable, y el sonido de las bestias a tu espalda— comienza a recorrerle por entero. Se imagina la insoportable sensación (la viscosidad) que sentiría si la mano le apresara y le llevara con ella, pronto, muy pronto. ¡Quizá hasta escribiría cartas por él! (“La ciudad perdida está cerca. Nos acechan los salvajes. Quiero que me hiervan en una olla de barro cocido”).
Entonces, durante un momento, Esteban duda.
Coge el machete.
Vuelve a dudar.
Y de un tajo, sus cuerdas de marioneta se deshacen en el aire como si nunca hubieran existido.
En esta habitación, quizá suspendida en el tiempo y en el espacio, pero acogedora como siempre, Esteban (ese hombre al que no hay que perder de vista) se queda inmóvil, en un silencio largo y poblado de niebla, mientras allá al fondo, en las vísceras del paisaje minero, las vagonetas producen un extraño rumor. Pero todo pasa. Ahora le parece saber qué es lo que tiene que hacer a continuación, y por eso, ceremoniosamente, recoge la carta de su amigo, y su machete, y una pastilla de jabón de sosa (nunca se sabe cuándo va a hacer falta). Andrés se ha quedado mirándole con fijeza. Las vagonetas corren sin control por las vías enmarañadas.
—Así que has decidido seguir con las preguntas, ¿eh?
—No me lo tenga en cuenta —dice Esteban, sonriéndole—. Ya sabe lo que dicen: un hombre toma por su padre al primero que pasa, le coge cariño, pero al día siguiente debe hacer el equipaje. Es ley de vida
De pronto, Andrés detiene la maquinaria de la maqueta. Las vagonetas chirrían perezosamente. Todo queda en silencio.
—Hijo…
—¿Sí, padre? Dígame
—¿Te importaría mucho si te doy unos azotes?
—Claro que no. ¿Y a usted le importaría aullar un poquito para mí? Ya sabe, para acordarme por el camino.
—Estaría encantado.
Así Esteban (ese hombre ya dispuesto, con aire de buscador de civilizaciones) se tumba sobre los apoyaderos del sillón y Andrés, tembloroso, comienza a azotarle con furia, aullando, lleno de cariño, con esa mueca inanimada, casi triste, que tienen los espectros al mirar fotos viejas en los desvanes. Es un momento que nunca querrían que acabara. Después, todo pasa en un pestañeo. Esteban carga con sus cosas, se ajusta el sombrero, mira por última vez el hueco donde aquella noche lejana vieron a la mano y se planta ante la puerta de la habitación.
—Hijo… —escucha en la penumbra, ya como una voz lejana.
—¿Sí, padre?
—Estoy orgulloso de ti.
Entonces Esteban abre la puerta.
Desenfunda el machete.
Decide que no mirará atrás.
Y se lanza a esa oscuridad desconocida donde quizá (y lo desea con todo su ser) haya leones agazapados esperándole.
Del libro La soledad de los ventrílocuos [Tropo Editores, 2009] © Matías Candeira
 |