
Obedece a la Coneja
No vengo a beber cerveza porque me guste mucho este bar. Pero cuando uno anda de viaje no siempre se anima a salir del hotel cada que hace falta beber. Y vaya que ahora me hace falta. Usted sírvame otro tarro mientras me repongo.
Lo que uno hace por un premio de periodismo. Me dijeron de este video de Obedece a la Coneja, donde un tipo aparece bailando tap encorvado y sin un brazo. ¿El motivo? Nació siamés. La madre murió en el parto y el padre había escapado meses antes, dejando el espacio a otro hombre. El padrastro se había liado con la mujer porque le gustaba tener sexo con preñadas, pero nunca esperó que la fulana muriera dejando en el mundo una criatura… más bien dos criaturas pegadas en un solo cuerpo.
Qué bien cae la cerveza helada. Lo relaja a uno. Hay que estar relajado para terminarse de imaginar al padrastro abusando de los siameses. Eso y la falta de atención psiquiátrica vuelven puto a casi cualquiera. Y como un hermano siamés era buga y no le agradaba eso de irse a la cama con un tercer hombre, en algún momento de sus vidas decidieron separarse recurriendo a la ciencia. La mayor parte de lo que les costó la cirugía lo aportó el hermano buga, porque el tipo era un cerebrito, fisicomatemático y no sé qué más, al menos eso fue lo que me dijo la Coneja, el que aparece bailando en el video. La verdad es que era un ignorante de las cosas que pensaba su hermano cerebrito. Y mire, cantinero, lo que son las ironías de la vida, en la cirugía vino a fallecer el cerebrito, dejando el resto del cuerpo a su hermano la Coneja, conocido así en el mundo del trasvestismo porque siempre quiso tener bebés. Fue mejor así: Que uno de los dos falleciera ya de una vez por todas. Imagínese, mi amigo, a la Coneja en un tugurio de transexuales, besuqueándose con cuanta loca se sienta a su mesa, y pegado a él, su hermano cerebrito con las narices metidas en un libro de física cuántica. Y alrededor, el olor a orina, perfume barato y semen.
¿Verdad que el cerebrito hizo bien en morirse? Sírvame otro tarro y saque unos cacahuates.
Ya con una vida independiente, aunque algo encorvado por la falta de contrapeso, los doctores hicieron el intento de dejarle el brazo que estaba del lado de su hermano. Pero como nunca había tenido control sobre ese brazo, por ser parte del hermano cerebrito, temió que una noche terminara estrangulándolo. Mejor sin un brazo. Ya afuera comenzó a preocuparse porque no tenía un oficio en la vida. Conoció a un tipo que recién salía de la cárcel pero se estaba volviendo al islamismo y quería mantener a la Coneja con un pañuelo en el rostro y sin derecho a hablar. Soy puta pero no pendeja, le dijo en su cara. Finalmente sus amigos le consiguieron una hora en el escenario de un show drag queen. La Coneja se volvió famosa. Hacía sketches cómicos, cantaba y bailaba. Un director de cine underground vio el show y le ofreció filmar un documental sobre su vida. Y la Coneja le dijo: ¿Mi vida, qué puedo decir sobre mi vida? En mi vida sólo hay amor. Pero amor ajeno.
Claro que usted no ha visto ese video, mi amigo. Incluso yo sólo había visto una parte, el inicio, cuando comienza a bailar tap dando vueltas a su paraguas de encaje blanco. Esta mañana salí del hotel para buscar a la Coneja en la casa rodante donde vive desde hace quince años. Cuando le platiqué del video se puso a lloriquear y me dijo que en esos días era joven y no bailaba tan mal, y ahora quieren utilizarlo como fetiche de sectas transexuales. A estas alturas en que ya no creo en el Diablo, me dijo, y tampoco creo en Dios. Sólo creo en la carne.
Regresé al hotel maldiciendo mi suerte. Frustrado de lo poco que conseguí, nada digno de ganarme un premio de periodismo. Entraba a mi habitación cuando se me ocurrió acabar esto echándole un vistazo final al video completo. Así que me conecto a internet, pongo en el buscador las primeras palabras del título y hago un clic sobre la imagen de la escena. La veo: La Coneja deforme y encorvada, sonando las plantillas de sus zapatos de tap para marcar el ritmo, dándole giros a su linda sombrilla. Luego se detiene, se acerca a la cámara y se nota que en el decorado carnavalesco de su sombrero tiene la cabeza de un payaso que parece abrir y cerrar los ojos. La bailarina mira directamente a la cámara, poseída por una fuerza que me dice: Obedece a la Coneja.
© Luis Valdez
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