Leonardo Cabrera

 

Uruguay, 1978. Nació en San José. Entre 2004 y 2006, co-dirigió y co-editó la revista literaria La letra breve. Es autor del libro de cuentos Mecanismos sensibles (2008). Su obra aparece en antologías como 100 microrrelatos (Ancel, 2007), El descontento y la promesa: nueva/joven narrativa uruguaya (Trilce, 2008). Este año, la editorial Duquets (Los Ángeles, EE.UU.), editó una breve antología de cuentos fantásticos de autores latinoamericanos e incluyó en ella su cuento El mensaje.

 
 
 
   
 
   

 

Mosca de manteca

 

 

Vacaciones y lluvia. En la ventana de la habitación apareció Analía (tiene ojos de muñeca, grises, verdes, azules, no estoy seguro, más grises que verdes, creo), sonreía rubia y mojada. Me saludó agitando una mano, como si secara el vidrio con una franela invisible, luego desapareció. Miré a Celina, que ahora daba vueltas en la cama. Una niña, le dije, una niña en la ventana. Qué bárbaro, dijo, andá a ver si quiere jugar con vos, así me dejás dormir la siesta de una vez, que es lo único que se puede hacer con este tiempo de mierda. Salí a la puerta y llegué a ver a Analía entrar corriendo al bungalow de al lado, seguida por un niño mayor que ella, también rubio. Me quedé un rato allí, mirando las piscinas y la poca gente que nadaba a esa hora; la lluvia me mojaba la cara y no era molesta después de todo, hacía calor y las pequeñísimas gotas que se acumulaban en mis labios estaban frescas y era bueno sacar la lengua y beberlas sin sed. Analía volvió a salir a la carrera y pasó delante de mí sin verme, abstraída en algún juego de cacería y escondite. Pensé que el otro niño no tardaría en salir, así que me puse a observar la puerta, pero no, antes volvió Analía, que esta vez sí se detuvo y me dijo, Aaron agarró una mariposa, es roja y amarilla y creo que tiene veneno, vení. Fui con ella. En el pequeño porche Aaron estaba arrodillado junto a la mariposa roja y amarilla que parecía muerta. Analía la señalaba y sonreía con toda la boca. Aaron me miró sin sorpresa. Creo que tiene veneno, dijo. ¿Está muerta?, pregunté. No, no, se hace la dormida, dijo Analía. La mariposa no se movía, estaba con las alas juntas, hermosísimas, con esa belleza triste de las cosas que están hechas para el vuelo ante la completa imposibilidad de más brisas. Está muerta, dije, pobrecita. Yo la agarré, en un árbol, pero no está muerta, dijo Aaron como disculpándose, aunque seguro que no disculpándose (¿Con quién? ¿Con la mariposa? ¿Conmigo acaso?). Mirá, dijo Analía, la mariposa movía las alas torpemente, de inmediato Aaron la tomó con dos dedos y la arrojó al aire. La mariposa cayó en un charco sucio luego de un pobre intento de huida. No está muerta pero no quiere volar, dijo Aaron. Analía, siempre con una sonrisa inmensa (niña de seis años, ojos grises con un aro azul ahora, pura belleza), la miró luchar en el agua oscura, aletear apenas, y dijo: se está muriendo. Aaron asintió sin pena, era cuestión de salir a buscar otra, aunque difícil una más linda, igual de roja y amarilla, como un pedazo de fuego. Tiene veneno, dijo Analía otra vez. ¿No te da miedo que tenga veneno?, le dije. No, me respondió, ¿a vos?, preguntó mirándome toda la cara, con los ojos bien abiertos, como miran los niños, sin bajar la mirada, sin vergüenza. Un poco de miedo capaz que me da, dije. Analía meneó la cabeza, qué zonzo, dijo. Aaron me tiró la mariposa, manchándome de barro la remera blanca. Ambos rieron divertidos. Pero qué zonzo, repitió Analía. Una voz los llamó para tomar la leche y entraron. Antes de volver con Celina tomé la mariposa y la puse en la tierra negra de un cantero con flores azules y lilas.

De tardecita la lluvia paró y Celina y yo bajamos a las piscinas. No había mucha gente y pudimos nadar tranquilos, de borde a borde, con la libertad que a nosotros nos gusta. A veces nos cruzábamos debajo del agua y Celina, primero como una mancha borrosa, se acercaba hasta convertirse en un beso, en una caricia bajando por la espalda, nereida, náyade. Esas semanas la llamaba así a cada rato. Nereida. Náyade. Mirá que sos pavo, decía ella, pero bien que le gustaba, si sabré. Nadar así, suavemente, casi rozando el fondo, me hacía recordar aquellos sueños en los que volaba (la mariposa ya no, pobrecita), pero no ese vuelo estúpido (Clark Kent con capa) de brazos abiertos y montañas, sino apenas un modesto deslizarme en el aire algunas cuadras, de la casa vieja hasta una plaza. No era fácil, aún en el sueño me costaba mucho llegar a ese estado de paz (era eso, claro), necesario para despegar con un saltito los pies de las baldosas de la vereda y ya estar en el aire y flotar sin esfuerzo, liviano, sin peso. Me elevaba algunos metros por encima del techo de casa y luego comenzaba el verdadero vuelo. Casi nadie me veía, es increíble lo poco que la gente mira hacia arriba, a lo sumo algún niño siguiendo la trayectoria de un globo (para siempre perdido) me veía cruzar y tironeaba la manga de su madre que, quedate quieto o no te traigo más, no le hacía caso. Pocas veces logré llegar hasta la plaza anhelada (con el temor de caer llegaba la caída), era todo tan frágil, cuando comenzaba el descenso ya era irreversible, no me quedaba otra cosa que conformarme con la tristeza de otra vez el suelo, otra vez pasos, otra vez esquinas.

Analía, vení para acá, sonó el grito de la mamá tras la niña rubia que, con un simpático flotador en la cintura (rosado, con flores amarillas), se arrojó de cabeza a nuestra piscina, la más profunda de todas, de dos metros cincuenta. Qué valiente la chiquita, dijo Celina mientras Analía pataleaba (siempre sonrisa), hasta llegar al borde, junto a mí. Hola loco, dijo. Hola, respondí, ella es la niña de la ventana, le dije a Celina. Sos preciosa, dijo Celina. Vos también, novia del loco, contestó Analía ya saliendo de la piscina ante un nuevo grito de su mamá en el que se adivinaba el reto y la ausencia de todo postre para la cena. En el bungalow de los vecinos se veía mucho alboroto. Familia grande, dijo Celina, ¿cuántos niños son? Imposible saberlo, dije, se mueven demasiado. Claro que después sería sencillo saber que Araceli (la bebé), Analía, Aarón, Valentina y Johana.

Alejado del trabajo, de mis libros y discos, de mi Olivetti (Celina fue clara, o ella o yo), todo duraba demasiado tiempo, como en un sopor anestesiado que el agua tibia empeoraba notablemente. Algo así como si mis días normales pasaran en technicolor y a veinticuatro cuadros por segundo y de pronto estuviera ante dos semanas destinadas a sólo un cuadro por segundo, lo que significaba que tendría mucho tiempo para observar cada cuadro, y lo peor, para pasar al otro lado de cada cuadro, yo, que hasta entonces no tenía idea de que los días tuviesen un reverso.

Son cinco niños, dijo Celina viendo a los vecinos, o seis, no sé bien, y un hombre muy mayor, seguro que es el abuelo, a la madre no la he visto todavía. Lo que Celina había tomado por una niña más era Beatriz, la mamá de los cinco niños, y el supuesto abuelo era su esposo, Carlos, mucho mayor que ella, y por eso la confusión. Anochecía cuando los cruzamos por uno de los senderos que bordeaban las piscinas y ellos, como buenos vecinos, nos saludaron con un afecto que desde el principio me pareció desmesurado y todo lo desmesurado siempre se me ocurre ficticio, pero quizá se deba a que no sé apreciar las demostraciones de cariño. Analía nos contó que ya la conocen, dijo Carlos (de verdad que parece un abuelo, incluso mucho mayor que mi padre). Sí, es preciosa, dijo Celina. Pero no le den charla porque es una lora y los va a volver locos, advirtió Beatriz. Reímos. Los niños salpicaban agua para todos lados, iban y venían molestando a los que a esa hora apenas deseaban descansar y que por eso los miraban con fastidio. Mientras Celina hilvanaba, simpática, comentarios y preguntas amables, yo observaba a los niños a un cuadro por segundo. Quizá por eso vi algo que de otra manera habría pasado por alto, a Analía hundir la cabeza de Aaron en el agua, como todos hemos hecho alguna vez, niños un poco inconscientes y crueles jugando con primos o hermanos. Aaron sonrió al principio, siguió el juego tan conocido, pero pronto comenzó a agitar los brazos y las piernas tratando de liberarse de la mano de su hermana que lo mantuvo abajo apenas un segundo más allá del límite del juego, apenas un instante que alcanzó para que todo se transformara en un torbellino de burbujas en ascenso, en la boca de Aaron abierta bajo el agua, en sus pulmones dominados ya por el reflejo de aspirar lo que sea y en el agua entrando en la garganta, en el pecho, en el estómago. Sólo entonces Analía lo soltó. Aaron sacó la cabeza y el agua le salió por la boca y la nariz con violencia. Tosía y lloraba. Cuando se acercó lo suficiente al borde lo tomé de los brazos y lo saqué afuera. ¿Estás bien?, le pregunté, pero ya llegaba Beatriz con una toalla, lo envolvió y dijo, todos afuera del agua, y los otros tres, un poco molestos pero obedientes, la siguieron hasta el bungalow. La última en pasar fue Analía, que me rozó con su mano mojada. No se les puede sacar el ojo de encima, dijo Carlos con Araceli en brazos, siempre estamos al borde de la desgracia.

Esa misma noche, de regreso del restorán, teníamos visita. Una perra nos esperaba echada junto a la puerta. Celina la acarició y la perra se pasó entre sus piernas y le lamió la mano. Tiene hambre, dijo Celina, que entró a ver si teníamos alguna sobra para darle y salió con lo que había quedado de la comida de la noche anterior y un poco de leche fría. La perra comió el pollo como si no tuviese hambre, como si en realidad hubiese ido allí a buscar otra cosa. Milady, dijo Celina, bautizándola mientras la acariciaba y Milady cerraba los ojos, como adormecida.

Los vecinos nos invitaron a comer, dijo Celina al correr las cortinas de la habitación. Arriba, vago, ya son las once. No habrás aceptado, dije desde la cama. Claro que acepté, hubiera sido bastante descortés negarnos, además ¿qué problema hay? No, ninguno, tenés razón, ya vamos.

Aaron se acercaba a mí a contarme cosas que yo fingía escuchar con interés, como la vez que de vuelta de un viaje había visto una iguana cruzando la ruta, pero Carlos (papá no, Carlos, qué raro) no la vio, no sabés, me di vuelta para ver y estaba toda reventada. Un asco. Cuando llegamos todavía quedaba un poco de sangre en la rueda y tripas (la historia me parecía tan coherente con todo lo demás, vaya a saberse por qué, la mariposa roja y amarilla, el juego de la piscina, la iguana, todo calzaba a la perfección con algo que me hacía sentir incómodo a pesar de las risas y la amabilidad). Celina jugaba con Araceli, que olía a leche cortada y ya caminaba con asombrosa soltura, con pasos firmes, parecía siempre estar buscando la puerta para salir, cosa que Beatriz le impedía en el último instante, cuando estaba a punto de lograrlo, mamá carcelera, vení acá chiquita, no te me escapes. Valentina casi no hablaba y Johana sólo hacía preguntas triviales que podían responderse sin problemas con un sí, un no o un más o menos y algún gesto amistoso de esos que a veces vienen a posárseme en la cara. Analía me contó de la vez que una de sus hermanas la llevaba en bicicleta, el pie se le metió en la rueda y los rayos le cortaron una parte del talón. Por suerte no llegó a romperle el tendón, me dijo entonces Carlos, tuvieron que darle siete puntos, pataleaba como loca y no se dejaba coser. Sí, me rompí la pata, dijo la niña y todos rieron, también Celina y yo, repentinamente a gusto, ya conocedores de algo de la historia de esa familia tan rara, con un papá abuelo, una mamá niña y cinco niños particulares (todos somos particulares, diría Celina luego, no existe la gente normal, pero yo no hablaba de eso). Te voy a matar, dijo Analía entonces y sólo yo la oí. ¿Qué dijiste, Ani?, le pregunté. Que te voy a matar, repitió con una sonrisa blanquísima en toda la boca y esta vez todos debieron oírla, porque lo dijo casi gritando. A veinticuatro cuadros por segundo yo habría sobrevolado sin problemas esa amenaza, juego, advertencia, broma, de la niña de seis años al otro lado de la mesa, ocupada en comer su milanesa con arroz y tomate, pero yo no tenía mis libros, ni mis discos, ni mi Olivetti y sólo me quedaba ocuparme de te voy a matar, qué gracia, qué cosa más fuera de lugar, del otro lado, tan poco normal, y ya sé que nadie es normal pero al demonio, hay que decirlo de algún modo.

Después de comer nos sentamos afuera a seguir charlando. Yo no soy un gran conversador, por eso dejé que Celina hablara a gusto, limitándome a hacer un comentario cada tanto, alguna pregunta para parecer interesado en el tema, el último aumento de la nafta o el pésimo estado de ciertas rutas nacionales, de las cosas que suelen interesar a los viajeros. De pronto, Analía se sentó en mis piernas y me dio un beso. Sonreí. ¿De qué te reís?, preguntó con su cara bien cerca de la mía. De nada, del beso, dije. Ah, dijo ella mirando a sus hermanos que jugaban a las cartas sentados en el pasto. ¿Vos le tenés miedo al cuco?, me dijo. No, ya no, ¿vos? Se rió. No, el cuco no existe, dijo antes de irse. Qué dulce que es, ¿verdad?, dijo Celina, que había visto el beso y la sonrisa de Analía. Sí, muy dulce.

En el complejo hay varios restoranes. Con Celina los probamos todos para saber cuál nos gustaba más, hasta que nos decidimos por uno pequeño, casi familiar, de seis mesas algo apretadas, una barra y parrilla al fondo. Allí, Juan, el dueño, y Miguel, el cocinero, nos contaron la historia de la Beba. Nosotros estamos todo el año acá, dice Juan. Otros no, otros cierran y se van, porque la gente que viene en baja temporada es poca y no vale la pena, pero a nosotros nos gusta acá, incluso sin gente es lindo. Además, dice Miguel, siempre alguien hay, llega alguna excursión, extranjeros que pasan y paran unos días, o la Beba. La loca esa, dice Juan. ¿Quién es?, pregunta Celina. Viene siempre en abril, una o dos semanas, dice Miguel, y a lo largo del año capaz que cae algún fin de semana largo, bah, caen, ella y sus cortesanos. Y la madre, no te olvides, dice Juan, aunque a ella la trae cuando ya se instaló. La Beba se queda en el hotel de enfrente. Ah, así que tiene plata, la Beba, digo yo. Sí, tiene, dice Miguel, y si no tuviera no podría bancar a los tipos que andan con ella, siempre diez o quince muchachos jóvenes, todos comen acá toda la semana o el tiempo que sea que se queden, y el último día viene la Beba, pregunta cuánto se debe y yo le doy la lista, bien prolija, de todos los detalles, entonces ella no hace problema, paga, saluda y se va. Sí, a nosotros nos quiere, dice Juan, porque la atendemos como a un cliente más, en los otros lugares no la quieren, dicen que los putos le dan mala fama. La Beba tiene como cincuenta años y se llama Roberto, creo, dice Miguel, ante nuestra total sorpresa. Sí, pero todo el mundo la conoce por la Beba, dice Juan, es todo un personaje de por acá. Si no te metés con ella, si no te metés mal, quiero decir, está todo bien. Es un lugar medio raro, este, le susurro a Celina. No sé cómo Miguel logra escucharme, pero me responde con un tono que ahora me parece mucho más solemne, menos distendido que el de hace un minuto, que todos los lugares son raros cuando uno los conoce lo suficiente.

Más tarde a Celina le subió un grito por la garganta cuando vio a Milady con las patas traseras atadas, la perra reptaba como un león marino moribundo, arrastrando un dolor que le venía de adentro. Celina corrió hasta ella y cuando fue a desatarla la perra trató de morderla. Tranquila, Milady, soy yo, ¿te acordás? Le acarició la cabeza y Milady se echó de costado. Le salía sangre por la boca, como cuando les dan vidrio picado mezclado con carne, pensé, pero no le dije nada a Celina, que quizá no se había dado cuenta. Hay que ser hijo de puta con un pobre animal, mirá cómo le ataron esto, traeme un cuchillo para cortar la cuerda, por favor. Cuando volví con el cuchillo Celina estaba llorando. Analía, asomada a la ventana, me saludaba con una mano y sonreía pegada al cristal húmedo. Celina cortó la cuerda. Milady, luego de lamerse un buen rato y gemir cada tanto, salió rengueando. No la vimos más.

Al otro día Celina no andaba de buena cara. Temprano lavó el rastro de sangre que había dejado Milady en la veredita. Hay que ser hijo de puta, decía cada tanto, un reverendo hijo de puta. Pero la vi de mucho mejor humor cuando fue a charlar con los vecinos. Yo me quedé tirado en la cama, pero escuchaba perfectamente la conversación, son tan finas las paredes de estos bungalows. Les contó la historia de Milady, a lo que Beatriz y Carlos dijeron que había demasiados gatos y perros vagabundos en el complejo, pobrecitos, claro que no es culpa de ellos, pero andan por ahí revolviendo la basura, viendo si pueden robarse algo, y los niños los tocan y después se llevan las manos a la boca, con tanta peste que anda, aunque no es motivo para hacerles eso, por supuesto, no es motivo, qué barbaridad. Entonces comencé a sentirme mal. Primero fue apenas una molestia en el oído izquierdo, una molestia punzante como si tuviera dentro del oído algo que había crecido hasta ya no tener lugar y apretaba y pulsaba queriendo salir. Mierda, pensé, infección. Al rato ya tenía la temperatura bastante alta y para cuando Celina volvió yo era apenas un cuerpo blando que hervía en el colchón. De ella escuché algunas quejas (eso te pasa por no ponerte los tapones para nadar, mirá que sos terco, lindas vacaciones con treinta y nueve de fiebre, Julio), oí sus pasos por la cocina y el baño y el ruido de la puerta al cerrarse cuando salió a buscar a la enfermera. La velocidad se redujo a medio cuadro por segundo, a menos todavía, todo comenzó a girar lentamente y sentía que volaba, pero no como en mis sueños viejos, esto era más parecido a una caída en un pozo demasiado profundo, un vértigo lento. Te voy a matar, había dicho Analía y de pronto tuve un miedo por completo inexplicable. Cuando Celina volvió con la enfermera yo ya no estaba ni dormido ni despierto, y veía medio cuadro de este lado, el real, digamos (por decir algo, no es que me tome muy en serio esa palabra, claro), y medio del otro, o sea, veía a la enfermera diciendo que el oído es una zona muy sensible, que hay que tener cuidado porque una infección allí se extiende rápido y que tal cosa de la higiene y tal otra de las dosis de antibiótico, pero en el medio de todo eso veía otras cosas, gatos, iguanas, mariposas, como en un caleidoscopio infinito, infernal.

Celina me hizo tomar mucha agua y unas pastillas azules y blancas con gusto amargo, áspero. Sentí un beso de labios helados en mi boca que ardía y una mano en la frente; luego, golpes en la puerta y la voz de Beatriz primero, y la de Celina luego, contándole que yo estaba mal. Qué pena, porque veníamos a invitarlos a cenar con nosotros. Julio no puede ir y yo prefiero quedarme con él, dijo Celina, quizá mañana, si está mejor. Ay, linda, pero es que nosotros nos vamos mañana temprano; por qué no venís vos al menos (no te vayas, susurro), fijate que estamos a un paso y podés venir a verlo cada diez minutos, además, parece que se durmió, pobre. Celina dudaba. Sí, está dormido, el medicamento que le dieron es muy fuerte, le da mucho sueño. Otros golpes en la puerta. Es Carlos. De nuevo la historia, la insistencia excesiva para que fuera a cenar con ellos y Celina cediendo lentamente (no te vayas), sin saber a qué cedía. Cuando vino a arreglar las sábanas y a dejarme un vaso con agua fría en la mesa de luz le dije no te vayas, pero me dio otro beso y mirá que sos pavo, nene chico, y se fue.

Estaba del otro lado de una pared como papel, allí, tan cerca que habría bastado un grito (imposible, ya sé, pero uno se engaña), para que volviera corriendo. Oí risas, el rumor constante de unas charlas que adiviné aburridas, absolutamente absurdas, como biombos tras los cuales había otra cosa. Vi la sombra de Analía pasar jugando por la ventana, vi a Aaron cazar mariposas nocturnas, dije 'Celina', pero cómo iba a oírme si los vecinos no dejaban resquicio para el paso de un ángel entre sus historias, sus novedades, sus remedios caseros, atroces. Este café levanta a un muerto, dijo Beatriz, ¿verdad, Carlos? Ah, sí, claro, explicó el abuelo, es muy fuerte, hay que tomarlo bien caliente. Qué oscuro, dijo Celina, y el olor es muy amargo, le voy a poner azúcar para que lo tome, Julio es un poco delicado para estas cosas. Nene chico, dijo Beatriz, mejor te damos un poco de miel. Sí, mejor, sonrió Celina, y tenés razón, es un nene chico, con la taza en la mano, llevándosela a la boca para probar el café milagroso que no es para ella sino para mí, que estoy ya dormido, vencido por la fiebre. Celina no ve (claro que no ve, porque eso pasa en el reverso), la mariposa muerta, roja, amarilla, en el fondo de la taza, con veneno en las patas negras que le rozan los labios. Celina (tan lejos de acá), se lleva una mano a los labios, que de pronto le arden. Analía sonríe, tan dulce, con toda la boca.

 

Cuento inédito © Leonardo Cabrera