
Señor Muerte
Desde que le regalaron una cámara de fotos a los ocho años no ha dejado de fotografiar. Desde que su hijo murió a los ocho años no ha dejado de fotografiar cadáveres de niños. Eso es lo más resaltante, lo que todos sabemos, de acuerdo con las escasas entrevistas que ha brindado en todos estos años. Las preguntas siempre son las mismas, nada sorprendentes, como sus respuestas. Estoy decidida a cambiar las cosas ahora que ha montado su última muestra (“OCHO”). En ella, complementan las fotografías, a manera de autorretrato, los siguientes textos:
“Los hombres lanzaban sus sombreros al cielo espantando a los gallinazos que al instante se reagrupaban en el mismo árbol. Recogían sus sombreros, los sacudían contra sus blancos pantalones, mientras las mujeres aullaban con voces que se quemaban vivas. Reían, sollozaban. Entrada la tarde el cementerio recuperaba su belleza. Lápidas a las que nadie arranca la cera derretida ni reemplaza las flores marchitas. Festivos y despreocupados como niños, sí, pero los niños estaban muertos”.
“Mi marido nunca me perdonó la muerte de Ariel. Lo advertía en sus ojos como candados, en su nueva, exasperante sumisión. No me podía levantar de la cama. No sabía si era de día o de noche. Me sentía bajo tierra”.
“Me detenía en la zona de los juegos, donde los niños suben y bajan, se deslizan, giran; vuelan sobre un octágono de arena”.
“Mi intención es aprovecharme de su pérdida como otros de la mía. No hay lentes que impidan que vea dentro de ellos. Sé que es monstruoso e inevitable”.
“¿Por qué puedo fijar una sombra y no un fantasma? ¿A qué aferrarme para decir aquí está la vida?”.
Después de nuestra conversación telefónica, un acuerdo plagado de monosílabos, parto a su casa. Cada vez que un semáforo me detiene, releo sus textos y me pregunto si es que son mejores que sus fotos. Son dos lenguajes distintos. Dos formas de comprender el mundo. ¿Cómo querrá ser recordada? ¿Cómo ha logrado transformar su obsesión en algo que todos llaman arte?
Camina sobre un trapo de lana, una chompa vieja, para no rallar el piso de parquet. Me invita a sentarme con ella a la mesa. Abre y cierra una caja que no acumula nada. Como las miradas de los niños de sus fotografías, su voz es ausente:
Sí, soy la suma de cada una de mis manías. Con los años he aprendido que para amar lo preciso hay que odiar lo perfecto. Si fuera de noche sabrías que necesito acostarme a horas exactas, diez, once, doce, una, de lo contrario no consigo dormir.
Toda ella, en realidad, parece ausente. Su rostro pálido, sin maquillaje; sus ojos pardos con los globos muy blancos (parecen las canicas de los cocodrilos disecados), como una foto velada. Para mí su trabajo no es arte y eso me pone nerviosa. Temo que note que no la admiro, que la considero una lunática. No entiendo su rollo. No me gusta la gente que se martiriza para matar a sus demonios interiores. Según mi experiencia, a los artistas los alivia ser tomados por caprichosos o egocéntricos, pero si algo detestan es la adulación gratuita. Como no me siento en confianza para confesarle mis propias manías, la confronto, le pregunto si podrá mostrarme la famosa imagen de la que todo el mundo especula, esa que nadie ha visto. Le prometo que la describiré de forma objetiva, será la primera plana del suplemento de arte, pero no le sacaré una foto a sus espaldas.
Mientras ella piensa demasiado, como si la respuesta estuviera escrita en papel en la caja que abre, me pregunto si esa foto existe de verdad o es parte de la leyenda de ser ella. Si en cada niño retratado ve el rostro de su hijo y acepta ser su huérfana. Yo no soy madre, no me hago cargo ni de un bonsái, así que no lo sé. La espero todo el tiempo que sea necesario, una eternidad. Necesito la primicia para mi aumento. No sé por qué mis expectativas se esperanzan. No ha revelado el contenido de la foto en treinta años. ¿Por qué habría de hacerlo ahora ante una periodista muy curiosa y nada empática? Pienso que se necesita más fortaleza para pensar siempre en la muerte, en el lado triste de la muerte, que para no ocuparse de ella. Sobrevivir es un talento que no todos poseen.
Regresa del fondo mismo de la caja vacía:
El chico se robó el auto del amigo de su padre, manejó diez kilómetros a sesenta y cinco kilómetros por hora y lo estrelló contra la tienda donde yo estaba comprando un rollo para mi cámara. Fue la primera imagen perturbadora de mi vida. Me daba terror. Ahora me parece tan normal.
Intento no parecer demasiado interesada: ¿Tomó entonces la foto?
El chico sobrevivió… por eso no la quiero mostrar, no te la puedo mostrar. La logré con el diafragma muy cerrado.
Necesito pensar rápido: ¿Y si ya se ha muerto? Si ahora tiene cuarenta, por ahí que le dio un infarto. Los jóvenes y el corazón, es una bomba.
Cuando la tomé parecía muerto, pero estaba vivo y siguió vivo cuando se lo llevaron. Importa que fuera un niño en ese momento.
Entiendo. Era un niño en ese momento, pero ya no lo es más.
Usted no entiende nada. Perder a un hijo es quedarse sin futuro.
Sé cómo se siente, mi hermano murió muy joven, de la misma forma en que murió su hijo. Me alivia no haber llegado a conocerlo. Solo he perdido la mitad de una posibilidad.
En todo este tiempo ningún periodista ha ido tan lejos, pienso, al menos no con ella. Puedo ver un premio flotando sobre mi escritorio. A esperar otra eternidad que ella decida volver de donde está. Pero no tengo que hacerlo demasiado.
Regresa a la sala con la fotografía boca abajo. No sonrío, pero estoy saltando, toda yo estoy saltando. Sin mirarme le da vuelta.
De inmediato tomo lo primero que encuentro a la mano, la caja abierta, y vomito dentro una baba espesa, amarilla. No sé cómo irá a tomárselo.
Cierra la tapa, la vuelve a abrir. Me dice:
Cuando la saqué, decidí dedicarme al blanco y negro. La he titulado Señor Muerte, porque si bien tenía solo diez años cuando la tomé, en su corazón era ya un hombre.
Mi vómito apesta. El olor de mi vómito siempre me ha dado más náuseas. Me sorprende haber vomitado tan rápido. Siempre logro contener el asco. Odio vomitar. Odio lo descompuesto.
Vamos a ser honestas, muchacha. Si cuentas que la has visto, llamo a tu periódico y digo que has mentido. ¿Quieres que te lo escriba?
De pronto se pone de pie. Sé que irá por su vieja cámara de fotos, por otros instantes. Cierro la caja. Mientras espero, un hilo de baba se escapa y mancha la mesa. Escucho el ruido ligero y acompasado del trapo de lana, como si lo dirigiese un fantasma. Me tapo la boca para controlar las arcadas. Intento recordar que el muchacho de la foto no murió. Yo en cambio siento que voy a desaparecer. Espero poder preguntarle qué hacer con el vómito cuando regrese.
Me pregunto mientras tanto si cuando me vaya de su casa repasará mis huellas en el suelo, si las borrará con su trapo de lana. Observo al Señor Muerte por última vez. Él también me observa. Estamos a mano. Saco mi cuaderno y comienzo a describir lo que veo. Al igual que ella quiero capturar toda la escala de grises, todas las sombras.
Cuento inédito © Katya Adaui Sicheri
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