
El gallo dorado
Para Natalia
Junto a la ventana de mi humilde casa rural, unas pocas palabras. Sólo unas pocas palabras. Diré: sombra. Mi mujer está dormida. El lago brilla. Sombra que brilla. El viento azota las rejas metálicas. Al otro lado del bosque el rico heredero, solitario en la gran mansión, se asoma a la ventana para ver el lago a través de los gruesos cristales que le impiden escuchar el fuerte ventarrón. Esto está dónde. El papel se moja. Las gotitas caen. Como cuando la máquina de escribir se queda sin tinta y el papel sigue mudo pero luego, si lo sombreas suavemente con un lápiz, ves aparecer las palabras. El papel absorbe las gotitas una por una y se va inflando. Si te acercas mucho ves cómo se infla, se contorsiona como. De nuevo como. Como algo más. Como una babosa a la que le echaran granitos de sal. De niños siempre matábamos babosas en el jardín, nos daban un saquito de sal, pero en aquel entonces el viento no soplaba. O bien, la reja metálica estaba muy apretada. Había gente encargada de hacer esas cosas. El rico heredero recuerda taciturno. Dame la mano. Tibia. Menos mal que estamos de este lado del cristal y no allí afuera, tan cerca de la sombra brillante. Todo se agita salvo la sombra brillante. El lago permanece. El resto se enturbia con el viento estirando los grises. Veo una casa. Se la lleva el viento. Es mi gran mansión. Una réplica de mi casa. Es la casa del perro, que por expreso deseo de mis padres se fabricó a imagen y semejanza de la gran mansión. Me pregunto si el perro va dentro. Me asomo al jardín y, en efecto, veo que la cadena está rota. Pero yo quería contar otra cosa y es que, desde la hora en que la luna se eleva hasta el alba, un gallo de plumas blancas, rojas y doradas recorre las montañas que rodean el lago. La otra noche he escuchado sus pasos entre la maleza. Lo he acechado tantas veces. Y sólo he conseguido verlo por unos segundos, junto a un árbol caído. He perseguido al gallo, aún cuando sabía que no podría alcanzarlo. Quería arrancarle dos plumas: una blanca y otra dorada. Me hubiera gustado ver a ese gallo trepado a un árbol verde, durante el día, para que sus plumas brillaran. Pero el gallo está condenado a salir de noche solamente porque el gallo vive en un cuento ruso muy viejo sobre un gallo de plumas doradas. El gallo dorado. El cuento ruso habla de un zar muy viejo, de un niño muerto y de un lago encantado. Una noche se abre un agujero en el centro del lago y del agujero sale el gallo dorado, que desde entonces deambula por las montañas a la luz de la luna. Estoy al acecho porque quiero capturarlo, arrancarle tres plumas, una dorada, otra roja, otra blanca, ponerme las plumas en la cabeza, quitarme la camisa y correr despavorido con los ojos bien abiertos. Lejos del gallo, de la montaña, del lago y de la casa. Me gustaría llegar muy lejos, hasta la humilde vivienda rural. Piensa taciturno el heredero frente a la ventana. Yo no soy el rico heredero. Soy el lago brillante, soy la luna, soy una babosa. Entonces pasa un oso ruso. ¿Quieres dar una vuelta?, me dice, invitándome a trepar en su espalda. Le digo que no sin mi mujer. Y él dice, de acuerdo, dile a tu mujer que venga. Con lo cual somos dos a lomos del oso, cruzando las salas vacías de la mansión. En una de ellas, el oso admira un antiguo tapiz en el que se describe una escena de caza. Un grupo de perros atacando a un oso. Muy bonito, dice el oso, muy realista, el oso se defiende y los perros lo atacan con una furia estremecedora. ¿Podemos continuar?, pregunto. Quiero salir de la casa. El oso pide paciencia. Quiere admirar el tapiz, con lo cual yo acabo perdido en un detalle. Al fondo, muy al fondo de la imagen, hay un lago negro y brillante. Un punto del tamaño de 1 kópek. Y junto al punto, una casa en ruinas. El oso continúa andando por los salones, en busca de una salida. Le sugiero que siga el sonido de la reja azotada por el viento. El oso encuentra inmejorable mi idea. Dame la mano. Mi mujer es suave y tibia como una pluma dorada. Siento sus lametazos en mi pescuezo. La lengua de mi mujer es roñosa. Lo raro es que el gallo dorado no aparezca en al tapiz, opina el oso a medida que atravesamos las salas atestadas de muebles, salas frías. Las velas se han consumido. Me tomaría un trago y pensaría en el asunto detenidamente, dice el oso. Las leyes de la hospitalidad mandan. Mi mujer permanece a lomos del oso. Yo preparo las bebidas y veo que se ponen a charlar en voz baja. El oso oculta algo dentro de su piel de oso. Oculta a mi mujer, que se duerme. El oso aprovecha para copular con mi mujer, que duerme y se retuerce de placer. Yo me acerco con las copas. Pero ellos siguen copulando. El oso es muy hábil porque su copulación es casi imperceptible. Se restriega lenta y suavemente contra mi mujer. Desnuda, brilla como un cuchillo. De nuevo como algo. No como nada, sino como alguna cosa más. Yo me acerco con las copas. Aquí tienes, oso ruso, digo. Eres bienvenido en mi casa, pero no me gusta que copules con mi mujer, ¿o es que acaso me crees tonto? No estaba copulando con tu mujer, dice. Eras tú quien copulaba, yo sólo hacía lo que tú me decías. Qué capo este oso, pienso. Mi mujer quedará embarazada, le digo, tendremos osos. Entonces tendrás que comprarte unos perros nuevos, responde el oso. A los perros viejos me los he comido yo en el monte esta misma mañana, añade el oso ruso. Muy sabrosos. El gallo estaba parado en una rama mientras los perros me atacaban y yo me defendía con mis poderosas garras. Los maté de un zarpazo y me los comí. El gallo bajó de su rama y picoteó los restos. Tuve que espantarlo. De ahí que pudieras escucharlo entre la maleza por la noche. Ahora estamos en un punto muerto. No sé quién dice eso. El oso me mira. Yo miro al oso. Quien ha dicho eso es mi mujer, que habla dormida. Estamos en un punto muerto, señores, tendremos que encontrar la salida por otra parte. Este camino sólo conduce a estas palabras. Pero antes les voy a contar una historia, dice mi mujer con los ojos cerrados. Tiemblo con sus brillos. El oso y yo nos sentamos junto a su cuerpo sereno y dormido. Esta es la historia del gallo dorado, dice mi mujer. El gallo dorado. Había una vez un niño muerto, un zar dorado y una princesa encantada en un cuento ruso. El leñador encendió la hoguera para quemar todos los libros del reino. Ardieron las historias para dormir a los niños. Todas. No quedó ninguna. Al día siguiente, entre las cenizas de la gran hoguera, el leñador descubrió un huevo del que nacería el gallo dorado. Para impedirlo, el leñador se comió el huevo. Esa noche empezó a hablar dormido y contó lo siguiente: que las mujeres son suaves y tibias como plumas doradas, que el punto muerto brilla en medio de las palabras, que las aguas se abren para dejar salir un paisaje oscuro. Diré estas pocas palabras desde la ventana de mi humilde vivienda rural, en el linde del bosque. Eso dijo el leñador y calló. Su mujer lo escuchó todo y lo anotó en un papel antes de volver a dormirse. Ya no habrá más historias para niños en todo el reino, pensó la mujer antes de volver a dormirse, poco después de anotar en un papel lo que su marido había dicho. El oso ruso, que había estado escuchando la historia con atención, dijo: quiero volver a escuchar la historia. Me pierdo en los detalles y me distraigo. Mi mujer, siempre dormida, contestó: lo contaré otra vez, pero sólo para que vean que no miento. El gallo de oro, dijo. Contaré la historia desde el principio y en unas pocas palabras. Había una vez un oso, un rico heredero, una bella durmiente y un gallo de oro, pero había también una jauría de perros que vagaba por el monte en busca de algo, huyendo de un punto negro en el que ya no hiciera falta decir que algo era como algo, el punto negro brillaba en la oscuridad, junto a la casa. La jauría echaba vapores grises. La jauría corrió por el bosque. El gallo dorado sintió que ese día comería por fin carne fresca, porque contaba con el oso. Pero la jauría corrió muy rápido. Fue la única manera de despistar al oso. El oso ruso se quedó esperando el final del cuento, pero para entonces mi mujer y yo ya estábamos corriendo. Mi pelaje echaba vapores dorados. Mi mujer y yo copulamos junto a un árbol. Y el oso y el gallo y la mansión y el lago, todo eso había quedado atrás. Era parte del pasado, de un cuento antiguo que había ardido en el fuego hacía mucho tiempo.
© Juan Sebastián Cárdenas
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