
Resentido
Es muy duro entrar en casa a la hora de comer y percibir con tu propia carne que a la mesa falta una silla, que es la tuya. Es duro saber que todas tus prendas (las de vestir y las de desvestir) han sido donadas a emergentes compañías de teatro que no tienen dinero y sí mucho afán en rescatar ropa de cuerpos que ya no existen porque murieron o se transformaron. Pero más vejatorio es, sin duda, ver interrumpido el curso del agua caliente sobre tu cabeza y observar que, a tu lado, otras manos con otras arrugas incrustan la ducha en la pared opuesta y empiezan a enjabonar sexo, axilas, con calculada tranquilidad. Es insoportable, en definitiva, vivir entre una quincena de paredes y dos personas que, porque sí, decidieron trasterrarte por no sepultar tus pulsos y garganta bajo las baldosas de la cocina.
Llevaban ya bastante tiempo buscando soluciones en las incompatibilidades entre la tarifa plana y las llamadas vespertinas de la tía, en los rimeros de libros abandonados a su suerte, por doquier, y en el olor corporal que uno reserva, sin saberlo, para el cuarto de estar. Hasta que mi padre, un día, tras una sucesión prolongada de telediarios y después de contrastar diferentes sobremesas, dijo con voz clara y alta: “Voy a pensar”. En la segunda cadena, entre bambúes y otras naturalezas pintadas de verde, apareció un hombre negro que miraba triste a su poblado; el resto del pueblo trabajaba concienzudo en sus quehaceres a la par que el hombre iba alejándose poco a poco de lo que había sido su casa y espacio de celebraciones; una voz en off se apoderó de la imagen y explicó que en algunas tribus primitivas del centro de África los componentes que incumplen las leyes sagradas de la comunidad son castigados con la indiferencia, el abandono y, en última instancia, el olvido por parte de todos los miembros del grupo; el hombre negro había salido a cazar un lunes, día de tregua con las bestias, y ahora gritaba impotente a su mujer y a sus hijos, que se estaban pintando cara, brazos y pechos de blanco: les esperaba un luto de dos años. Justificado por el Listerine, hice a mi madre echarse a un lado y me levanté del sofá, como quien no quiere, para escapar al baño. Dejé la puerta entreabierta. Sabía que mi padre había pensado porque lo hace pocas veces.
- A este chaval, como al negro de la tele. Verás tú si se va o no de una vez.
- Pero cómo vamos a hacerle eso al chico, Críspulo. Y encima ahora, que está de exámenes.
- Que sí hombre, que sí. A partir de ahora, éste, como si no. Tú hazme caso.
- Yo es que no puedo con vosotros.
Es muy duro oír cómo tu madre no dice nada más de lo que hay que decir mientras tú te enjuagas las entrañas. Es muy duro comprobar que tu padre habla a tus espaldas, en voz baja, sin percatarse de que así atrae mucho más la atención de la persona aludida. A partir de entonces fui desapareciendo en las referencias , en el buzón , en las facturas de internet . Aun así, respeté su voluntad: qué puede hacer uno por su memoria cuando los demás no lo recuerdan siquiera como nacido. De vez en cuando bajaba Emilia desde el segundo para ver qué tal iban las cosas y se le escapaban leves fonemas que querían intuirme:
- ¡Pero bueno! ¡¿Qué tal estáis?! Que nos cubra la misma azotea y no sepa de vosotros, ya tiene mérito.
- Pues hija mía, aquí con lo nuestro. ¿Quieres un cafetillo?
- Pues mira, sí. Y el estudiante, ¿dónde está?
-
- Qué rico te sale el café, condenada.
Yo quería mucho a Emilia.
Es decadente solicitar al armario un pantalón, una chaqueta y, como último recurso, una polilla. Tampoco es muy digno hurgar en las cajas que abandonan los vecinos en la calle, y menos digno es tener la suerte de encontrar ropa de tu talla.
Cedió el calendario algunos años hasta que logré reunir un poco de dinero trabajando en el Telepizza (por las tardes). Agotado (por la situación), me fui a gastar diez días (a la playa), a ver si así mis padres se cansaban de echarme de más. Cogí dos bolsas de plástico y allí deposité un par de calzoncillos que había robado en Quemor, unas sandalias que mi abuelo me había regalado por el día del padre tras no agradarle el presente a su hijo. Hasta el último momento en el que cerré (la puerta) cumplieron con su papel: sobre mis apuntes de Teoría de la Literatura , dos cuerpos machacados por la piel copulaban sus soledades. Tentado por lo único que no habían tirado de mi anterior vida (la llave), pensé en abrir de nuevo por si, con un poco de suerte, al menos estaba mi madre despidiéndome (a su manera) tras la mirilla y, de ese modo, la cogía por sorpresa y nos pedíamos perdón (yo por mi pereza y ella por su olvido ) y nos íbamos los dos, mi madre y yo, solos, juntos y felices a la playa. Tentado, pensé en abrir la puerta, la abrí, y seguían follando.
Me fui a la costa. Allí me dio tiempo y espacio a reflexionar sobre la vida, los familiares, el mar y los apuntes de Teoría de la Literatura. Se estaba bien y no había mucha gente. Me hubiera gustado quedarme más días para analizar con distancia lo que sucedía en casa. Sin embargo, apremiado por el hambre y por la dueña del apartamento, compré un billete en la estación de autobuses y regresé, con alguna esperanza, a Madrid.
Cuando llegué, de nuevo estuve a punto de abrir la puerta con la llave; sabía que si pulsaba el timbre mi madre olería por la mirilla y no vería más que el portal irrealizado. Estuve a punto de abrir con la llave, introduje ésta en la cerradura y, al entrar, sentí que no había suelo debajo de mis rótulas. No sé por qué. Permanecí en silencio dos minutos, en el pasillo, sin decir nada. Se oía a una mujer cantar en la cocina. Posiblemente estaría, como de costumbre, bailando con la nevera o pintándose las uñas del ombligo. Absorto en la música, se me cayó al suelo el regalo que le traía de la playa: una enorme concha reflotada de entre las burbujas. Ella escuchó algo, seguro, tuvo que escucharlo, porque acto seguido cesaron las cuerdas vocales, porque acto seguido, cuando ya me escrutaba con sus manos, pasó lo que tenía que pasar, que a nadie le sienta bien recordar a aquel a quien hace tiempo olvidó, ese momento es como un aguijón que de repente saja el cerebro (por ejemplo), por eso todo el mundo acepta y reconoce sin ningún problema a los muertos que resucitan y por eso todo el mundo rechaza a los vivos que, de algún modo, fueron muriendo para muchos aunque todavía acostumbraran a existir . Ella sólo dijo:
- Pero si estabas aquí.
Y se desplomó en el pasillo.
Me arrodillé y palpé con objetividad y diferentes dedos su mejilla, su muñeca. El ojo no latía y, sólo, aunque de un modo muy leve, abría los corazones de vez en cuando para cerrarlos al instante. Así, a su lado, permanecí durante un tiempo hasta que Emilia, que de vez en cuando bajaba desde el segundo para ver qué tal iban las cosas, asomó la cabeza mientras decía:
- ¿Oye? ¿Quién hay ahí? ¿Mari Carmen? ¡Críspulo! ¿Y qué modorros estáis que os habéis dejado la llave puesta por fuera?
mientras decía:
- Jesús: ¿pero qué ha pasado aquí?
mientras decía:
- Pero chico. ¿Qué haces ahí parado? ¿No ves cómo está tu madre?
mientras corría a pedir ayuda a unos vecinos que juntaban vocales o consonantes en el portal. Ajeno a todo, recordé que había pasado la mitad del día dentro de un autocar (Gandía-Madrid).
Decidí que estaba cansado.
Ávido de intimidad, retiré con rigor mis manos de aquella mujer, me levanté, saqué las llaves de la cerradura y las guardé en un bolsillo. Antes de cerrar, cuadré bien el felpudo de la entrada. Antes de confirmar que estaba cansado, cerré y crucé el pasador. Estaba bastante cansado. Debieron de llegar entonces los vecinos. Aporreaban la puerta, pulsaban el timbre. Al poco se sumó una voz más que parecía ser la de un antiguo inquilino de esta casa. Insistía más que la propia Emilia en que abriera la puerta de una vez, hijo de la gran puta, ¿serás capaz de hacer esto a tu madre?, Víctor: ¿quieres abrir la puerta de una vez? Yo estaba muy cansado y además no era capaz de reconocer a aquel individuo. A punto estuve de preguntarle que quién era y que si quería algo volviera otro día, que le atendería mucho mejor que hoy. No lo hice. Ellos siguieron aporreando la puerta. Yo me fui a la cocina, rastreé unos segundos en la nevera y después protesté en voz alta:
- ¡Mamá! ¡Hay que ir a comprar flanes!
Minutos más tarde, todavía no se había dignado a contestarme. Cogí una cucharilla, un yogur, y me desplacé hasta el cuarto de estar. Acomodé mi piel a la del sofá y puse la tele. Contrastando sobremesas, la dejé en la segunda cadena: había un documental sobre primitivas tribus de África y parecía interesante.
Del libro Muertes de andar por casa [El Gaviero Ediciones, 2007] © Fernando Sánchez Calvo
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