Federico Falco

 

Argentina, 1977. Escritor y video artista. Ha publicado los libros de cuentos 222 patitos (Editorial La Creciente, 2004), 00 (Alción Editora, 2004) y los poemarios Aeropuertos, aviones (Editorial ¿Qué vamos a hacer hasta las seis?, 2006) y Made in China (Editorial Recovecos, 2008). Sus cuentos han sido incluidos en La joven guardia (Editorial Norma, 2005), Decamerón Cordobés y Babel de cuentos (ambos Editorial Babel, 2006), In Fraganti (Mondadori/Reservoir Books, 2007) y en la versión digital de El futuro no es nuestro (Piedepagina.com, 2008). En la actualidad es docente de la carrera de Comunicación Audiovisual de la Universidad Blas Pascal.

 
 
 
   
 
   

 

Cortar el césped

 

 

El día que Mario cumplió once años sus padres lo llamaron, se sentaron en un sillón y le dijeron: es hora de que empieces a hacer algo con tu vida.

A tu edad, dijo el padre, yo lo ayudaba al abuelo con el negocio.

A tu edad, añadió la madre, yo cosía para afuera, me lavaba mis propias bombachas y las bombachas de todas las mujeres de la familia.

Mario, en cambio, a esa edad, no hacía mucho. A la mañana, temprano, escuchaba a su papá y a su mamá levantarse para ir a la fábrica de la familia. Unos minutos antes llegaba Yolanda, la señora que limpiaba la casa, preparaba la comida y lo cuidaba hasta la hora de ir a la escuela. Yolanda era grandota, vivía en una villa y tenía siempre un poco de olor a humo tapado por un poco de olor a jabón blanco. Para almorzar, Yolanda preparaba guisos o milanesas. A fin de mes la mamá de Mario le pagaba el sueldo y le regalaba una bolsa con ropa usada, porque Yolanda tenía un hijo de casi la misma edad que Mario y la plata nunca le alcanzaba para nada.

Después de comer, Yolanda llevaba a Mario a la escuela y se iba a su casa. A la salida, Mario se volvía solo. Su mamá lo esperaba con la merienda lista. Mario tomaba la leche mirando los dibujitos, hacía los deberes y se los daba a su mamá para que los controlara. El papá de Mario llegaba justo antes de cenar. Comían los tres frente al televisor y, cuando terminaba el noticiero, se iban a dormir.

 

El día en que Mario cumplió once años, al terminar el noticiero, su papá y su mamá se sentaron en el sillón y le hablaron. Mario se sintió orgulloso de sí mismo: ya era grande, por eso sus padres le decían lo que le decían y estaban tan orgullosos de él. Al día siguiente, antes de ir a la escuela, mojó su cabeza bajo el chorro de la canilla y se peinó con una prolija raya al costado, igual a como se peinaba su papá cada mañana para ir a trabajar. Por el camino Yolanda le preguntó si también quería ponerse corbata. A Mario le costó un rato entender que le estaba haciendo una broma. El peinado le duró hasta el saludo a la bandera. Después el pelo se secó y el flequillo volvió a caer sobre su frente, como todos los días.

 

Mario ya era grande y tenía que hacer algo con su vida, por eso su papá y su mamá se sentaron en el sillón y le pidieron que se encargara de cortar el césped. A partir de entonces, el patio trasero era su responsabilidad, excepto la pileta. Para limpiar la pileta estaba Don Portalupi, que pasaba el barrefondo a la hora de la siesta y echaba cloro en el agua. Pero en invierno la pileta estaba vacía y Don Portalupi no iba.

 

La primera semana Mario cortó el pasto con esmero. Emparejó con una tijera de podar las zonas donde la máquina no llegaba porque el cable era corto. A la tarde, cuando volvió de la escuela, lo esperaba su mamá, sentada en el banco del patio. Acababa de regar y del pasto se levantaba un olor a humedad leve y fresco.

Ya sos todo un hombre, dijo la mamá de Mario.

Mario sonrió y le preguntó si le gustaba cómo había quedado.

Me encanta, respondió la mamá, pero después de pasar la máquina también tenés que rastrillar, si no la paja seca no deja crecer el pasto nuevo.

Enseguida la mamá de Mario buscó un rastrillo y le mostró cómo se hacía.

 

La segunda semana Mario se aburrió y cortó el césped rápido, sin prestar demasiada atención. Su mamá no le dijo nada.

La tercera semana el pasto quedó sin cortar porque Mario consideró que casi no había crecido. La cuarta semana Mario tampoco cortó el césped. Su papá y su mamá lo retaron, dijeron que era un bueno para nada y que si seguía así nunca iba a llegar a ningún lado. Mario le echó la culpa a la máquina. Era vieja y, sobre todo, no tenía bolsa recolectora.

No entiendo para qué tenemos tanta plata si no podemos disfrutarla, se quejó Mario. ¿Por qué no compramos una máquina nueva y listo? Una que tenga bolsa y sea más fácil de usar que este armatoste del año del pedo.

La mamá de Mario se enojó y le pidió que no hablara así.

Tu padre trabaja todo el santo día, dijo, no tenés derecho a hablar así.

¿Qué te pensás, le gritó su papá, que a la plata la cago yo?

También lo llamó vago de mierda.

 

Entonces Mario volvió a cortar el pasto y rastrilló hasta llorar de dolor. Las manos se le llenaron de ampollas; algunas se reventaron, le salía sangre y le dio un ataque de nervios. Gritó, pateó la máquina y la golpeó con el mango del rastrillo. Después la tiró al fondo de la pileta, donde se sumergió en los tres dedos de agua podrida que se habían juntado durante el invierno. El motor de la máquina hizo un chispazo, se cortó la luz en toda la casa y Yolanda salió al patio a ver qué pasaba. Mario se encerró con llave en su pieza. Ya se hacía la hora de ir a la escuela pero Mario se negó a salir. Pasó allí toda la tarde, hasta que su mamá volvió de trabajar. Trató de convencerlo, pero Mario tampoco salió. Se hizo la hora de la cena, llegó su papá, pateó la puerta y amenazó con tirarla abajo. La mamá de Mario intercedió, alejó al padre y habló con voz suave por el hueco de la cerradura. Cuando Mario por fin salió, su mamá lo agarró de una oreja y le dio dos cachetadas.

Estás en penitencia desde acá hasta fin de año, dijo. Ahora andá a pedirle disculpas a tu padre.

Vos sí que no sabés el valor que tienen las cosas, dijo el papá de Mario sentado en un sillón, en la penumbra. Pero no lo retó ni le pegó.

 

Como el agua de la pileta había quemado el motor, el papá de Mario tuvo que comprar otra máquina de cortar el césped. Obligó a Mario a acompañarlo. En la ferretería, las cortadoras se alineaban en la vereda, estacionadas de frente, dispuestas a tentar a los posibles clientes. Para que nadie las robara las habían atado entre sí con una cadena. Las máquinas más modernas tenían bolsas recolectoras de colores brillantes, mangos reforzados y cables extensos. El papá de Mario, sin embargo, compró la máquina más barata, casi idéntica a la que Mario había destruido.

Mario intentó hacerlo cambiar de opinión, el vendedor lo advirtió y se puso de su lado.

El chico tiene razón, dijo. Por una pequeña diferencia puede llevarse una cortadora mucho mejor, con motor más grande y todos los accesorios. Ésta, por ejemplo, viene con un interruptor de corriente, algo muy útil si quien va a utilizar la máquina es un niño.

No se preocupe, lo interrumpió el padre de Mario, con la que elegí va a estar bien.

Papá, pero el cable es demasiado corto, se quejó Mario.

Entonces deme también una prolongación, pidió el papá de Mario.

¿Cable común o recubierto? En estos casos se recomienda el recubierto, ya que si el cable se enreda o toca las cuchillas… dijo el vendedor.

El padre de Mario compró cable común. Esa noche Mario acusó a su padre de querer asesinarlo y lo amenazó con llamar al Consejo del Menor para denunciar que le pegaba y lo obligaba a trabajar con una máquina que podía matarlo en cualquier momento. El padre de Mario se enojó, le tiró una patada que Mario esquivó y ambos corrieron alrededor de la mesa de la misma forma en que, en los dibujitos animados, el gato corre tras el ratón. Mario logró escapar y se subió al techo. Su padre lo insultó un rato desde abajo y luego volvió a la casa. Mario lo escuchó discutir con su mamá.

 

Al día siguiente, la mamá llamó a Mario y le dijo que quería hablar con él. Se sentaron en el banco del patio. La mamá de Mario comenzó a hablar, pero se largó a llorar y no pudo terminar la frase. A Mario le dio muchísima lástima verla así y le prometió cortar todo el pasto esa misma tarde. Después, la mamá de Mario se fue a trabajar y Mario se fue a la cocina, a hablar con Yolanda. Hacía unos días Yolanda le había contado que su hijo quería un par de zapatillas nuevas. El trato fue simple.

De esto, ni una palabra a papá o a mamá, dijo Mario mientras le estrechaba la mano.

Ni una palabra, aceptó Yolanda.

Mario llamó por teléfono a su abuela y le dijo que su papá no quería comprarle unas zapatillas como las que tenían todos sus compañeros.

Tu padre siempre fue igual, respondió la abuela. No le hagás caso, yo te mando la plata con un remís y acordate siempre de esto: vos no sos menos que nadie. Si todos tus compañeros las tienen, vos también podés tenerlas. ¿Para qué hemos trabajado toda la vida, si no?

Le envió a Mario la plata de las zapatillas y un poco más.

A la hora de la siesta, el hijo de Yolanda cortó el césped con la máquina nueva. Mario no fue a la escuela y se sentó en el borde de la pileta vacía para verlo trabajar. Hacía calor y el hijo de Yolanda empujaba la cortadora hacia atrás y hacia delante. El ruido del motor se diluía sobre el barrio silencioso. Mario miró un rato, después se encerró en su pieza, se tapó la cabeza con la almohada e imaginó que, allí afuera, más allá de esas cuatro paredes, no había nada, absolutamente nada, y que él estaba solo en el mundo.

 

© Federico Falco