Ernesto Carrión

 

Ecuador, 1977. Es autor del libro La muerte de Caín, cuarteto formado por los poemarios: El Libro de la Desobediencia, Carni vale, Labor del Extraviado y La Bestia Vencida. Actualmente trabaja en el quinteto Los duelos de una cabeza sin mundo; del que han aparecido hasta el momento los libros: Demonia Factory (Zignos, 2007; Eskeletra, 2008) y Monsieur Monstruo publicado en tres partes por Santa muerte cartonera, (2009). Asimismo publicó, junto con el poeta peruano Maurizio Medo, los poemarios Contramano (2008) y Álbum de arena [Primera Antología Binacional de Poesía Contemporánea Ecuador-Perú] (2008). Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía César Dávila Andrade (2002), el Premio Latinoamericano de Poesía Ciudad de Medellín (2007) y el Premio Nacional de Poesía Jorge Carrera Andrade (2008).

 
 
 
   
 
   

 

Manual de los Asesinos

 

 

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sigue todo atrapado por su huella, en un papel insondable. Como esta ciudad de caucho que solamente te nombra cuando callas. Como tu éxodo que ahora es tu fatiga y te devuelve en silencio a la conmovedora tristeza de permanecer en ti. Algo entonces se incorpora y te indaga detrás de cada cifra que acomoda el espejo. Su líquido veneno ha viajado hasta la escritura. Juntas la puerta; esta misma puerta que ha logrado recordar tus abandonos, mientras mirabas pasar a los navíos, una y otra vez, enraizados a una lluvia que descendía pronunciada en el alboroto de las formas. Viendo cómo el óxido maquilla esos laureles, sin saber qué son.

 

 

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estás sucio y desmembrado todo el tiempo como formando un muro. Describiendo las armas. Participando como una máquina para la exploración de un nombre. Eres la boca dilatando su carcoma, negándose a volverse esta escritura. Negando en repararse. La alberca -con carteles- donde los sapos cavan tu infancia en un charco de luces. Las cuentas que no brinda tu madre. Tu propiedad privada. El Ávalon encerrado en este bloque de dedos que acaban por borrarse en un río de fósforo, innecesariamente. Un triángulo de tigres que amenaza la simetría de su lepra. La única ciudad que fue saqueada por la respiración de sus maderos, mas no por la venganza de sus habitantes. Las cuentas que no brinda tu padre. La ausencia de condena. Las aspas de los órganos tendidos sobre arenas industriales.

 

 

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tú eres lo más parecido a un hombre que conoces. Ningún rostro de ti. Ningún momento. Y tu fuerza se reduce -la mayor parte del día- a no hacer nada. A no dictar palabra. Porque cuando no haces nada, el cielo es blanco y el sol vuelve al tormento de sus pilares. Porque cuando no dices nada, tu maldad es Rey.

 

 

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pero cuánta ingenuidad la de la muerte que interrumpe la ruina. Guardada en el silencio apacible de las escopetas. Fuera de este mundo. Tratando de extraviarte o doblarte en la proximidad y la ruptura de los ejes que se pudren al compás de las lenguas. Siempre prendiendo fuego a esos lemas, donde la multitud nos pasa su factura. [Se defiende]. Aquí –bien lo dijimos- se anulan las promesas y el orgullo para que el cuerpo hable. Se cubre apenas con un sueño el largo rostro de lo que una vez amamos, hasta presentir que la marea se esconde en los relatos de decenas de vecinos incapaces de testificar sus aventuras. Trajinando hacia una opacidad más grande que sus obediencias.

 

 

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el purgatorio en que vives también se mueve en ciclos: el bambú tan pequeño y parejo donde las estrellas heladas desmoronan sus témpanos de cuarzo// la humedad que, por la noche, raja tu escalera donde muchas veces te sentaste a planear un cuerpo// la ventana agitada por los surcos del vidrio donde la combinación de los colores orquestó el regreso de un albaricoque.

 

en tu purgatorio la ausencia es la felicidad entera. La llenura que pudre la comida. El cansancio de las formas en el coliseo del ojo. Las blancas hojas que logran ser navíos saliendo hacia otras playas. Y regresan.

 

 

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repite con nosotros: Soy mi credo y mi propia decadencia. Soy la posibilidad de un cuerpo. Su corte de amuletos. Soy la desintegración. La posteridad: su círculo lleno de hormigas. La letra que con sangre entra. Soy mi propia sociedad civil. Mi fin y mi comienzo.

 

la mancha roja de tantas estampidas feroces sobre otros cuerpos rotos.

 

 

Poemas del libro La muerte de Caín © Ernesto Carrión