
No me preguntes por qué he sido bueno contigo
—Hay algo de malsano en todo esto —le dije sin recapacitar en el hecho de que había aceptado reunirme ahí, un así llamado Comedor Familiar, con una persona a la que apenas conocía. La vi directamente a los ojos cuando hice el comentario, pero no dejé de tocar la hoja de papel en que la mujer había trascrito, no sin ciertas faltas de ortografía, algunas notas que, según ella, yo le había leído en voz alta hacía no mucho.
—En persona —había insistido en el tema varias veces ya—. En el sueño, claro, pero en persona.
Iniciaba entonces la época en que había dejado atrás la ilusión de dirigir mi escritura para, en su lugar, dejarme dirigir por ella —acaso una ilusión más poderosa. Escribía, quiero decir, lo que me dio por llamar La Novela de Todos Los Días: una serie de textos dictados por otros que, luego, iba acomodando en una estructura aparentemente aleatoria, sugerentemente inconexa, aunque en realidad cada vez más apegada a las reglas de la vida cotidiana que suelen ser, por cierto, implacables. Pensaba entonces, como todavía lo pienso ahora, que la novela, de ser algo, era el filtro a través del cual la vida de todos los días, inescrutable en su propio presente, se volvía, y eso a veces, inteligible, que no es lo mismo que soportable. Acaso fue por esa razón que, cuando llegó a mi buzón el mensaje de una mujer desconocida que argumentaba, con singular vehemencia y con más lujo de detalles, que yo tenía que conocer su historia, le contesté que me la contara sin pensar demasiado en las consecuencias.
Yo ya sabía muy bien, como lo supe con toda certeza desde que escribí un cuento al que titulé El desconocimiento, que cuando una mujer o un hombre hablan de “su historia” siempre se refieren en realidad a su “historia de amor”. Así que no me extrañó en lo más mínimo que, pronto, la Mujer Desconocida, la Mujer de la Vehemencia Singular, empezara a contarme la historia con la que se hacía a sí misma que era, ciertamente, la historia de su historia con otro: la historia siempre repetida del amor, ¿no le parece?
Las voces viajan distancias muy largas.
“Nunca lo conocí”, había escrito desde el inicio, y eso debió alertarme, pero seguí leyendo. “Lo conocía ya, por supuesto, en mis sueños, pero en el terreno de lo que usted o yo podríamos denominar como La Vida Real, ahí sólo lo vi de lejos”.
Me reí, por supuesto, acordándome de los muchos relatos que yo había escrito en que los personajes viven con mayor exactitud o destreza en sus sueños que en sus casas, y constatando, por su uso de las mayúsculas, que La Vehemente buscaba, no sin éxito, un punto en común, si no conmigo, por lo menos sí con mi escritura. Me reí, repito y, luego, casi al instante, dejé de hacerlo. La mueca en la cara. La sensación de estar reconociendo algo: un perfume muy viejo y ya fuera del mercado, un rostro inolvidable y sin embargo perdedizo, el eco de un nombre a través del tiempo. Sacudí la cabeza de derecha a izquierda, como si tratara de quitarme una sombra de encima, y seguí leyendo.
A la primera reunión llegué con cierta aprehensión, como suele ser el caso. Me había puesto zapatos bajos, por si era necesario salir corriendo, y lentes oscuros, porque el sol de la primavera caía a esas horas de la media tarde con una vehemencia similar a los mensajes de la Mujer Desconocida. Las jacarandas en flor. El ruido del pasto que crece. Llevaba, además, el celular en la mano derecha, lista para marcar los números de emergencia en caso de que la ocasión lo ameritara. Los sobresaltos de la vida me han enseñado a ser atenta con esas cosas. Ella me había citado en un Comedor Familiar, que era como le denominaban en esa ciudad a los restaurantes de poca monta en los que servían comida como pretexto para servir alcohol. Cuando crucé las puertas abatibles, una mujer delgada, de estilizado pelo corto, alzó la mano de inmediato. Tenía ya una cerveza frente a sí y, en el rostro, explotando de hecho, una de esas sonrisas amplias y confiadas que suelo asociar con la locura o la adolescencia. Minutos después, al contestar la primera llamada de los amigos que me cuidaban desde un establecimiento cercano, les aseguré que todo estaba bien.
—Es de fiar —les describí a la mujer justo de esa manera.
—Antes de que piense que estoy loca —dijo ella apenas si me senté a la mesa—, quiero que sepa que estudio y trabajo —a la mesera que se nos acercó le pedí en voz baja, como si no osara interrumpirla, lo mismo que tomaba la mujer de enfrente. —Tengo, lo que se dice, una vida normal, ¿va? —insistió.
—Va —repetí. Y me dispuse a escuchar.
Muchos años atrás, esa misma mujer me había nombrado, en otro cuento, Xian. Bautismo truculento. Todo había acontecido en una ciudad desquiciada, en el efímero azar de una esquina, una parada de autobús o un parque. Era la misma, de eso no me cupo la menor duda. El tiempo no había pasado por ella, eso es cierto, pero sí por mí. La diferencia entre la realidad y la ficción es, con frecuencia, brutal. Sentí, de repente, ganas de fumar. Sentí una terrible nostalgia por todo aquello. La juventud. El alarido. Me pregunté por su suerte y, luego, con azoro, me di cuenta de que podía preguntárselo ahí, en ese momento. Podía decir: ¿Y cómo te fue en la vida, Xian? Había esperado a su hombre 24 horas, eso recordaba. Había hablado acerca de él durante esas 24 horas sin parar, como si la presencia o la ausencia física del hombre poco o nada tuviera que ver con su estar-ahí, conjurándolo de hecho. Habíamos bebido whisky u otra cosa y, ya casi en la madrugada, dentro de un cuarto de hotel, había hablado de las mentiras, equiparándolas a la experiencia del amor. Había asegurado que era importante creerse esas mentiras a fondo. La voz grave y lenta. El aire, angelical y rancio a la vez. El estupor. A mí todo eso me había tocado lo suficiente como para que, días después, me pusiera a escribir algo al respecto. Dijo que esperaba a su hombre. No a su amante o a su amigo, dijo que estaba esperando a su hombre.
—Así que sobreviviste a todo eso, Xian —murmuré más para mí que para ella cuando finalmente guardó unos segundos de silencio.
Ella, que ya me veía, se volvió a verme. Abrió los ojos y, luego, los cerró. Se rió como antes lo había hecho yo: una mueca apenas, la leve inclinación del labio superior.
—Pero si Xian eres tú, ¿no te acuerdas?
Días después, en mi primer intento de transcribir lo que me había dicho La Vehemente, lo que más recordé fue la urgencia de su voz. Un cierto tono de contención forzada, las pausas de la buena educación. Era obvio que había preparado su discurso con antelación, al menos el inicio.
—El hombre apareció de la nada —me había asegurado—. Pero en los sueños no hay por qué buscar una explicación, ¿no es cierto?
Estuve, irremediablemente, de acuerdo.
El ruido del lugar me había distraído varias veces. Los rostros perplejos de algunos comensales me obligaron a hacerme preguntas acerca del paso del tiempo. Cuando vi que, en la mesa contigua, un hombre colocaba porciones de comida en el plato de la mujer que lo acompañaba, me pregunté si no estaría presenciando justo en ese momento el inicio de otra historia que, más tarde, en otro tipo de circunstancias, me sería contada con el mismo tono de voz que ahora me provocaba escozor, sueño. Luego llegó una segunda ronda de cervezas. Y luego una tercera. Al rato, una jovencita de cabello descomunalmente largo se detuvo frente a la rocola y eligió una canción. Se dio la vuelta, entonces, y extendió el brazo mientras contoneaba la cadera al compás de una tonada pegajosa. La sonrisa de la locura o la adolescencia en plena cara. El sonido del acordeón. El alarido. Cuando una mano de mujer salió al encuentro de la mano que, suspendida en el aire, parecía tener vida propia, la Vehemente guardó silencio.
—Algo así —susurró—. Siempre es algo así.
Sin pedir permiso, una de ellas movió mesas y sillas para despejar el espacio y, ahí, en el centro, sus dos cuerpos. Las carcajadas. El paso del tiempo. Las miradas.
—Siempre es algo así —estuve de acuerdo.
Entraba en sus sueños como quien se avienta a la corriente de un río con la intención de tentar algo en su fondo. Desde niña los recordaba bien; los recordaba todos. Sus sueños. No necesitaba cuaderno de notas o apuntes. Sabía aguantar la respiración. Le gustaba, de hecho, la confusión que le generaban a veces. Cuando salía del sueño, exhalaba con azoro: en la mano cerrada, dentro de su puño, algo. Algo propio. Un color. Un rostro. Un cierto tono de voz. El amor no ha de pedir ni de exigir tampoco. Ha de tener la fuerza de llegar por sí mismo a la certeza. Entonces atrae, en lugar de ser atraído. Eso lo había leído alguna vez en un libro que encontró, abierto y subrayado, sobre una cama sin hacer que daba vueltas dentro de uno de sus sueños.
Las cosas más importantes las he aprendido así, añadió.
Al segundo encuentro llegué sin aprehensión, pero con premura. El día había sido ya muy largo a esa hora relativamente temprana, y a la reunión en el Comedor Familiar, donde me había vuelto a citar, le seguirían otras en sitios que, por elegantes, no eran más divertidos.
—Así no va a funcionar esto —me advirtió.
—¿Cómo? —pregunté.
—Con tanta prisa —dijo—. Las historias necesitan su tiempo, ¿va? —añadió a manera de explicación.
—Va —dije, tartamudeando.
El lugar estaba asombrosamente solo en ese momento de la media tarde, un poco antes de la hora a la que denominan como feliz porque al pagar por una bebida se reciben dos. Pero el silencio, que en otras circunstancias me habría ayudado a concentrarme, me arrulló. Un leve mareo azul. Pedí un café expreso, esperando recobrar la atención, pero el líquido recalentado sólo terminó por provocarme náuseas.
—Así, esa misma cara fue la que puso cuando le dije —murmuró mientras me auscultaba el rostro, tratando de descifrar si lo que me pasaba era un malestar pasajero o algo que requeriría una visita al médico.
—Cansancio —murmuré por toda explicación—. Estrés.
Luego le di a entender que continuara con el relato. Le di a entender que me interesaba.
—Se puso pálido como tú ahora. Trató de sonreír, pero no le quedó bien. Alzó una mano. Luego la otra. Incluso trató de cerrar la boca —ella misma, en ese momento, parecía imposibilitada de colocar su labio superior sobre el inferior—. Supongo que no todos los días llega alguien a informarte que eres una persona que vive dentro de los sueños de otra. Supongo que es normal reaccionar así: con la boca abierta, la lividez, la risa. Esas cosas.
—Supongo —dije, llevándome una servilleta a los labios y una mano a la parte superior del estómago—. Sí —añadí justo antes de salir corriendo hacia el baño, la boca salivando ya. El espasmo.
Entraba en sus sueños como quien abre la puerta de una habitación y enciende la luz. Le gustaba el desorden de sus cuartos. La manera inexplicable o inaudita en que las cosas aparecían y desaparecían. Cómo, por ejemplo, podía estar en una pieza de paredes verdes para, pasos después, encontrarse bajo el cielo azul o dentro del espacio opresivo de un calabozo. O en ningún lado. Esas transiciones violentas siempre le llamaban la atención. Ahí, de eso estaba convencida, residía el meollo del asunto. De todos los asuntos. La vida, sobre todo. La muerte. Los asuntos, ¿entiendes?
Había vomitado también la primera vez. Me dio la impresión de que eso había acontecido muchas horas después del encuentro en el parque o la parada del autobús, ya cuando la conversación y el alcohol me habían obligado a aceptar que, a diferencia mía, la mujer que me acompañaba no era humana. Frente al espejo, todavía con el resabio del vómito sobre la lengua, había acontecido algo que, por ininteligible, se convirtió en la médula del relato. No su tema o su mensaje, sino su médula: ese punto inalcanzable al que, sin embargo, ansiaban llegar todas las palabras que iba juntando. La palabra Xian había sido pronunciada ahí, en el punto ciego. Y ahí, en el espejo, Xian se había partido en dos. Un gesto de desasimiento. La súbita mirada de la incomprensión. ¿Así que esto es el tiempo? El tiempo, por supuesto, no había pasado por ella, eso lo constaté de nueva cuenta al regresar del baño, pero ese no pasar del tiempo le había dado una suavidad o una lentitud que casi lograba parecer elegancia. O vida. La sonrisa de la adolescencia o de la locura en pleno rostro. La palabra.
—No estás acostumbrada ¿verdad? —aseguró en lugar de preguntar. Yo sólo atiné a pensar entonces que me hacía mucha falta descansar.
Imaginé al hombre en cuestión. El Hombre de Sus Sueños. Imaginé su azoro, primero. El rubor que, a veces, coloca el halago en las mejillas. El nerviosismo de los dedos sobre la superficie de la mesa. La rodilla, que tiembla. La duda, después. A solas. La duda que fue luego transformándose en molestia para llegar, no mucho más tarde, a la exasperación. Imaginé la mañana de primavera, una mañana llena de sol, en que el hombre, recién sacado de un sueño propio, lo supo. Vi cómo se deslizó bajo las sábanas, raudo, y cómo se colocó frente a la ventana para observar las frondas de los árboles, su tenue movimiento. Constaté que la llovizna, entonces. El aroma. La ausencia momentánea de respiración. La melancolía: el dolor que se experimenta ante la cercanía de lo lejos. Fui testigo de todo eso.
Le contaba, con premura, esto: Anoche me desperté dos veces, con una sensación como de estallido en el centro mismo del pecho. Tuve dos sueños, aunque en realidad eran uno solo. En el primero aparecía El Hombre de Mis Sueños, delgado y guapo, con el pelo gris, para regresarme una carta que yo le había escrito. Yo, en ese momento, leía unos poemas que él había escrito a su vez, para otro poeta. Alguien legendario. Cuando levantaba la vista para ver quién me entregaba un escrito cuya letra reconocía como mía, le preguntaba, calmada y triste: ¿Por qué?
Él, inmóvil, inclinado sobre mí, se tomaba su tiempo para contestar. Eventualmente decía, monosilábico y resignado: La familia. Entender es algo que ocurre de inmediato en lo sueños. Le decía: Oh. Luego decía: Claro. Al mismo tiempo me daba cuenta de que era la primera vez que él me daba algún tipo de explicación.
Estaba a punto de irse cuando, después de titubear un par de segundos, se volvía a darme la cara: ¿Pero es todo esto real? Estaba señalando la carta que me había regresado. Yo le decía, sin hablar, como sucede en los sueños, que sí. Que claro que sí. Que todo esto era real, refiriéndome a la carta y al contenido de la carta. Todos sus significados. Seguía entonces: Es que si todo esto ha sido cierto, yo podría cambiar ciertas cosas. Entonces, desde mi asiento, todavía con los poemas que él le había escrito para otro poeta, le sonreía con esa particular tristeza que da la falta de fe.
Ya sin él, ya cuando él se había retirado con la promesa de regresar después, me ponía de pie y caminaba entre la mucha gente de ese lugar que era medio casa y medio restaurante campestre. Atravesaba una llanura verde. Caminaba mucho, sin cansarme. Allá, a lo lejos, me encontraba a un par de amigas en una mesa. Decían: ya te vimos con tu galán. A mí el comentario me daba risa. Luego aparecían dos conocidos más y, en un aparte, ella me comentaba más o menos los mismo, que me había visto con él. Y pronunciaba ese él con el énfasis turbio y travieso con que las mujeres que saben lo que sucede pronuncian ciertas palabras. Yo regresaba entonces al lugar de origen, que era al centro de esa cafetería donde había estado leyendo esos poemas dirigidos a otro poeta, y me sorprendía, de verdad, al verlo ahí. Traía una mochila en la espalda y se movía en el lugar de un lado para otro sin dejar de volver la cabeza en todas direcciones. Cuando logró reconocerme entre la muchedumbre sonrió con esa sonrisa que nunca le he visto. Decía: Ya estoy aquí. Le preguntaba yo: ¿Hiciste los cambios que podrías haber hecho? Contestaba: Pero todo esto es real, ¿verdad? Lo veía de abajo arriba, porque es mucho más alto que yo, y la alegría que me embargaba entonces era tan total, tan verdadera, que me explotó en el centro del pecho y me despertó. Abrí los ojos. Me llevé la mano derecha al esternón, como si existiera la manera de conservar esa sensación ahí, donde se originaba. Sonreí entonces, de eso estoy segura, y me volví a dormir.
En el segundo sueño, él seguía ahí, en la misma cafetería, a mi lado. Caminábamos rumbo a las mesas que quedaban del otro lado de la llanura verde donde todavía estaban las amigas y los conocidos. Su brazo izquierdo sobre mi hombro. El calor de su cuerpo. El paso, regular, como si hubiéramos caminado juntos muchas veces. No hacíamos otra cosa sino eso, caminar, saludar a los amigos, perdernos entre los murmullos. Entonces volví a despertar porque la alegría, esa cosa voraz, no me cabía dentro del pecho...
Luego le contaba, cautiva de la misma premura aunque de otra forma de incredulidad, que a la mañana siguiente, la mañana posterior a ese sueño, había recibido un mensaje, un mensaje real, del Hombre de Mis Sueños.
—¿Y todo esto te lo dije yo en persona? —le pregunté sin poder ocultar la ironía del todo.
—En persona, sí —ella insistió—. En el sueño, claro, pero en persona.
En mi segundo o tercer intento por transcribir la historia de La Vehemente traté de recordar la melodía que había provocado que una mujer muy joven, de largos cabellos castaños, moviera las sillas y las mesas de un Comedor Familiar para abrir el espacio donde pudiera levitar, inmóvil, invitante, su mano. El momento había sido, sin duda, fundamental. Dudo que habría regresado a escuchar la historia inconexa, fragmentaria, que insistía en contarme la Mujer de la Vehemencia Singular si ese momento no hubiera ocurrido. Por más que me concentré, sin embargo, no recordé la melodía. No pude. Esa imposibilidad, por supuesto, sólo hizo que pensara más en ella. La escritura siempre es eso: una manera de acosar al objeto inmemorial. La cosa sin recuerdo. Lo único que no se puede recordar.
Entraba en sus sueños como quien espía una conversación ajena, con ese tipo de curiosidad y de cautela. Merodeaba el intercambio que ocurría entre otros, rescatando aquí y allá los fragmentos de algunos gestos, los pedazos de lo dicho o lo no dicho. Luego salía de ellos, de los sueños, con una sensación física rotunda e ineludible. Le gustaba sobre todo recordar, intentar recordar los sueños. Vivía convencida de que eso era lo más difícil: traducir la sensación brutalmente real del sueño al lenguaje de todos los días. El lenguaje, esto lo decía con un guiño, el lenguaje de tu novela.
—¿Ya estás escribiendo sobre mí? —me preguntó una de las últimas veces en que nos reunimos. Su convicción, que algo tenía de altanería, me irritó.
—¿Quién te dijo que estaba escribiendo sobre ti? —le pregunté.
—Todos ustedes son muy predecibles —aseguró—. Si no estuvieras escribiendo sobre mí, no regresarías, ¿no es cierto?
La vi directamente a los ojos, como solía hacerlo desde el primer día. Pensé que ese momento en que el personaje habla por sí mismo, al que no pocos autores se refieren no sólo como un hecho fundamental sino incluso epifánico dentro del proceso de creación, ha sido francamente sobrevalorado a lo largo de la historia de la literatura. Si algo me han enseñado los textos que he ido reuniendo en La Novela de Todos los Días es que ese momento, el momento en que el personaje produce su propia voz, no sólo es contencioso sino también incómodo. Un ruido seco. La puerta, que se cierra.
—Hay mucho de malsano en todo esto —concluí. Luego, como a la distraída, le di otro trago a la cerveza.
Nadie se enteró de mis encuentros con La Vehemente. A los amigos que supieron de las primeras reuniones pronto dejé de tenerlos al tanto de mis visitas al Comedor Familiar. Me daba vergüenza decir en voz alta que iba ahí a oír la historia de amor de una mujer que era en realidad un personaje de un cuento que había escrito años atrás. Uno puede escribir esas cosas, en efecto, pero no puede decirlas. Siempre está el riesgo de encontrar la lástima en la mirada ajena, la incomprensión o el enfado.
Aún ahora, si me lo llegaran a preguntar en alguna entrevista, lo negaría sin parpadear siquiera. Diría: es una estrategia narrativa, por supuesto. Diría: se trata, naturalmente, de un pastiche intertextual. En ningún momento aceptaría lo que sé de cierto: que esa mujer de pelo corto que insistía en contarme una y otra vez la historia siempre repetida del amor era la misma que, en otra ocasión, y esto en la esquina de una ciudad muy poblada y muy llena de humo, me había pedido un cerillo para encender su cigarro. Las bombas de entonces, las recordé. Las ansias de cambiarlo todo.
—Estoy exhausta —le comenté como al descuido una tarde que ya casi era de verano. Ella me sonrió con algo a lo que de inmediato denominé como piedad cuando finalmente me desplomé sobre la silla. Desde el futuro, me vio por un largo rato, en silencio. Luego puso frente a mí la cerveza que había estado a punto de tomar.
—Te hará bien —aseguró.
Le agradecí el gesto sin decir nada. No dejé de verla mientras el líquido helado se deslizaba sobre la lengua y pasaba por el esófago.
—¿Y el hombre de tus sueños? —le pregunté, queriendo apresurar el final.
—La diferencia entre la realidad y la ficción es, sin duda, brutal —dijo, pensativa.
Nunca supe cómo había llegado a formar parte de su galería personal de sueños. La Mujer de la Vehemencia Singular no era dada a las explicaciones que, por otra parte, su propia vida onírica le negaba de manera sistemática y cotidiana. Parecía haberse acostumbrado a eso. Por muchos días no supe qué pensar, y mucho menos qué escribir, al respecto. Supongo que fue por todo ello que me decidí a investigar la canción que no recordaba. Fue sencillo regresar al Comedor Familiar y, armada de monedas, tocar todas y cada una de las opciones hasta dar con ella. Era, de hecho, muy popular por esos días. El cantante había muerto no hacía mucho, en medio de rumores de sus conexiones con el narcotráfico y otros atentados contra otros intérpretes ejecutados de similar manera. Balas. Violencia. Emboscadas. Lo que llamó mi atención no fue el ritmo, que de inmediato me hizo ver, literalmente, a la joven de los cabellos desmesuradamente largos extendiendo esa mano suya, la mano derecha, hacia la eternidad, sino una de las líneas de la canción: No me preguntes por qué he sido bueno contigo. Ahí estaba una vez más, frente a mí, una mujer que vivía en un mundo sin explicaciones. Ahí su sonrisa y, luego, su espalda. Acababa de darle la mano al hombre que había llegado, de nueva cuenta, con 24 horas de retraso. Iba a su lado. Se iba con él.
Hay algo de antropología en La Novela de Todos los Días. Algo de periodismo, de etnografía, de chisme. Hay algo, en fin, acerca de saber escuchar. Poner atención, se dice. Una forma de escritura que se abre a otras escrituras. Una bienvenida. Algo plural. El Hombre de Sus Sueños debió haber estado al tanto de todo esto porque, cuando ya estaba a punto de dar por terminado el episodio de la Vehemente, se presentó sin invitación alguna al Comedor Familiar.
—Tú nunca me has preguntado nada a mí —dijo a manera de saludo, en un tono que oscilaba entre la provocación y el reclamo.
Afuera, el sol del mediodía azotaba el pavimento. La brisa del futuro y la brisa del pasado formaban leves remolinos alrededor de los zapatos. El ir y venir de los objetos. La memoria. La ciudad seguía siendo un sitio demencial. Un padre había mantenido a su hija en un calabozo por 24 años. Un ciclón había destruido hogares, sembradíos, vidas. La guerra continuaba, naturalmente. Pensé en eso mientras trataba de reconocer su rostro, de ubicar en algún lado el timbre de su voz, el aroma que salía de su cuello. El hombre sonreía, parecía no cansarse de hacer eso. La curiosidad o el abandono en el centro de cada ojo. Sin avisar, justo como había llegado, me dio la espalda. Pensé que, sin duda, era mucho más alto que yo. A los pocos minutos regresó después de haber puesto un par de monedas en la rocola. Estiró la mano. Contoneó la cadera.
—Tú has sido bueno conmigo —murmuré al incorporarme.
—No me preguntes por qué —concluyó, impulsándome a dar el primer giro entre las mesas del restaurante.
Cuento inédito © Cristina Rivera Garza
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