Juan Terranova

 

Argentina, 1975. Nació en Buenos Aires . Es autor de las novelas El caníbal (Del Dragón, 2002), El bailarín de tango (Del Dragón, 2003), El pornógrafo (Gárgola, 2005) y Mi nombre es Rufus (Interzona, 2008). También ha escrito los libros Notas de un viaje a Italia (2002) y El ignorante (Tantalia, 2004). Su obra ha sido incluida en varias antologías de narrativa argentina como La joven guardia (Grupo Editorial Norma, 2005) y Buenos Aires Escala 1:1 (Editorial Entropía, 2007).

 
 
 
   
 
   

 

El caso Di Canio

 

 

I remember when, I remember, I remember when I lost my mind

There was something so pleasent about that place

Even your emotions had an echo

In so much space

 

Crazy, Gnarls Barkley, 2006.

 

Un día estás en la pileta tirándote desde el trampolín más alto y al otro día te despertás en el hospital con una extraña hemorragia cerebral que te hace decir estupideces. Son cosas que pasan. No es difícil imaginarlo. Un día de verano, sin nubes, caluroso, el sol alto en el cielo azul. Y en el agua cristalina, tus amigos gritando que te tires. Hay una nena con un salvavidas amarillo, el bañero con el silbato, pelotas inflables de colores, adolescentes tomando sol y hablando del fin de semana. Es la quinta o la sexta vez que lo hacés, estás en buena forma física, no como para correr un maratón, pero si para saltar y nadar y no sentir que te crujen todos los huesos. Pero entonces te confías. Y terminás en el hospital. ¿Tu cabeza tocó el fondo? ¿Es posible? ¿No eran suficientes dos metros ochenta de agua para amortiguar la caída? Seguramente escuchaste la historia del redactor de espectáculos que estaba en una casa prestada, emborrachándose con vodka y cerveza y se le cayó un ventilador de techo andando en la cabeza. El aparato funcionaba al máximo y se salvó de milagro. Pero esto es diferente. Acá no hay heridas, no hay sangre, no hay vendas, no hay cicatrices. En la superficie, Juano es el mismo de siempre. Un cabezadura arrogante que hace periodismo de trinchera en ese diario que es tan malo que todos le dicen “el pasquín de las erratas”. Y nosotros también le decimos así porque el dueño es tan avaro que paga dos correctores para cuarenta y ocho páginas diarias. Así que un día estás de vacaciones, al otro día en el hospital, y al tercero de vuelta en tu casa. Y de ahí a la redacción. Y todos ya saben la noticia. El fin de semana, Juano se rompió la cabeza contra el fondo de la pileta. Los de diseño –unos idiotas iletrados que cobran mejores sueldos que los redactores– se le acercaban y él les mostraba, bajando la cabeza hacia delante, que no tenía nada en el cuero cabelludo, aunque lo habían sacado inconsciente del agua y se había despertado recién al otro día, sin saber qué había pasado. ¿Un golpe en la cabeza? Nada del otro mundo. Pero después del incidente, Juano empezó a escribir columnas de opinión. La primera fue sobre el Che Guevara y tenía un vago aire filosófico. Empezaba analizando una encuesta publicada en la revista Viva de Clarín sobre la relación entre el guerrillero y los jóvenes. El título era “¿El Che Guevara es una estrella de rock para lo jóvenes?”. Al parecer el multiple choice incluía preguntas como: “¿Quién te parece más revolucionario que Ernesto Che Guevara? 1. Sid Vicius. 2. Mick Jagger. 3. Vladimir Lenin. 4. Vladimir Putin”. Para Juano, la diferencia entre el rock y la revolución era que el rock siempre termina en negocio y la revolución, en patíbulo. El caso del Che Guevara se volvía, entonces, rara mezcla entre ambos. Gracias a un extraño fenómeno karmático, la cara del revolucionario cobraba vida en forma de remera después de pasar por su propia ejecución sumaria sin la cual el negocio no sería redituable. La imagen del comandante era, entonces, una forma única de necrofilia política y su cara, una fuente de energía violenta, oscura y fascinante. Los adolescentes la usaban en el pecho de la misma forma que los indios americanos se comían el corazón de sus enemigos para ser más fuertes.

A la semana siguiente, saltó la bronca con León Ferrari que exhibía unos crucifijos fluorescentes en diferentes versiones gastronómicas. Era Jesús guisado, a la parilla, al asador, a la sartén, hecho al espiedo. O sea, las aburridas denuncias de siempre contra la sociedad occidental y cristiana. Después llegó el infaltable ataque de un grupo de extrema-derecha católica. Entraron a la sala por la fuerza y lograron romper algunas de las obras antes de que los guardias de seguridad los apalearan y los echaran a la calle. El asunto se pasaba de banal. Hacía por lo menos cuarenta años que estos escándalos sintéticos le daban de comer a la prensa y a los artistas. No había nada nuevo ni relevante ni diferente. Era la misma pelea superficial recalentada en el microondas del presente. La historia secuenciada en un loop. ¿El catolicismo había construido la Santa Inquisición? ¿Había apoyado a la dictadura argentina? ¿Cuántas denuncias más sobre el tema de la libertad soportaba el lector? Entonces, Juano lanzó su propio proyecto artístico desde su columna de opinión, que también se podía entender como arte conceptual político. La idea era alinear en la sala principal de una galería diferentes tipos de jabón. Jabón de tocador, jabón en polvo, jabón artesanal con olor a sándalo, jabón amarillo para lavar la ropa, el jaboncito que te dan en los hoteles, incluso una botella de champú. Cada jabón iba a tener una pequeña banderita, como las que se ponen en las copas heladas de las pizzerías. Banderas de Polonia, de Francia, de Alemania y, por supuesto, de Israel.

Como era de esperarse, esta la columna no pasó tan desapercibida como la del Che Guevara. Sobre el Che Guevara uno ya puede escribir lo que se le ocurra. Se puede decir que era gay, que era la avanzada de una invasión extraterrestre, que era el último Mesías, que operaba para la KGB, para la CIA, para la NASA. Nadie va a gastar energía en refutarlo o en indignarse. Ponerle una kipá a una bolsa de Skip era otra cosa. Cristo podía aparecer manejando armas de destrucción masiva o crucificado contra un avión de guerra, pero el jabón no podía estar bajo el yugo divino.

Enseguida se empezó a rumorear que Juano tenía heridas internas. Que le habían dado anestesia general y había quedado drogado. Que la cabeza no le estaba funcionando bien. Porque incluso para hacer periodismo automático uno necesita prestar un poco de atención y sobre todo no bandearse. Juano había mordido la banquina de una curva muy cerrada un día de lluvia.

 

Ese mediodía mientras tomábamos una taza de café, alguien contó la historia de un bañero argentino que se había exiliado en Cataluña. Cuando empezó al década del 80, tenía a cargo una pileta pública de Sitges donde se juntaban todos los homosexuales y los drogadictos de la España post-franquista. El tema es que no había forma de salvar a los bañistas de tanto reviente. El guardavida argentino estaba atento y concentrado, pero no había forma. Todos los días sacaban un cuerpo hinchado y azul del fondo de la pileta. Rescataba a cinco mujeres en estado de shock y una sexta se hundía. Empezó a usar un megáfono de fabricación alemana. La pileta era relativamente chica, pero a los bañistas les gustaba fumar hachís en el parque y emborracharse abajo de las palmeras, mirar el mar que estaba en el horizonte y después darse un chapuzón. Pero por más que el guardavida argentino gritara por el megáfono, siempre al final del día había que llamar a la ambulancia y un hippie terminaba enfundado en una bolsa de plástico. Los pulmones llenos de agua, los brazos marcados por las agujas, los ojos abiertos con las pupilas todavía dilatadas por el efecto de las anfetaminas y una mirada acusatoria que decía “Joder, tío, por lo menos me ahogué feliz y en libertad”. Después, el guardavida volvió a Buenos Aires pero los trabajos le duraron poco. La gente tenía miedo incluso de acercarse al agua. Un día cacheteó a unos pibes porque saltaban arriba de una colchoneta inflable. Alguien preguntó qué tenía que ver eso con la historia de Juano. Y el que contaba la historia dijo que si le hubiera tocado un guardavida así, nunca lo hubiera dejado tirarse del trampolín. Esa era la moraleja de la historia: Aunque no lo creas, a veces la paranoia ajena te puede salvar la vida.

Así que cuando trascendía que las altas esferas del diario habían recibido amenazas varias y estaban pasando de la preocupación al hastío, Juano escribió su oda final a la incorrección política. Salió sin que nadie pudiera interceptarla. El titulo era “El caso Di Canio”.

 

Ningún escritor resiste la tentación de hacer un poco de escándalo. La poeta pone fotos suyas desnuda en un blog, el novelista hace declaraciones políticas inoportunas, un artista plástico se confiesa pedófilo, un periodista denuncia problemas barriales con prosa de anarco-sindicalista, es el viejo y querido arte de la polémica estéril. Y no hay otro tipo de polémica. A un clic de distancia, si no, está el ácido mundo de los blogs. Un pantano hermético para tus sentidos. O la adicción de un tren fantasma para tu narcisismo. Todo es demolido y vuelto a construir en una media hora de lectura. Nadie está conforme. Te pueden matar y hacerte un entierro virtual por una declaración poco feliz, por una foto, por haber escrito mal un nombre o haberte confundido una fecha de nacimiento. Todo vale para sentirse un poco mirado, un poco más vivo, un poco más importante. Y la indignación siempre jugando al contrapeso. Sin indignados no hay escándalo. Es un mundo complementario y perfecto. Yo armo el escándalo, tú me odias, él nos juzga.

Es difícil disfrutar del recurrente placer que encuentran los periodistas argentinos en la idiotez, la irresponsabilidad y la pompa, pero no hacíamos nada malo metiendo un poco más de ruido. ¿Quién puede culparnos? Después de todo, nos pagaban para eso. No éramos Verbinsky, Kollman, Esliachev o Lanata. No gritábamos la verdad en la cara del lector. Nadie poseía la moral intachable de Nelson Castro. Éramos redactores haciendo el trabajo diario de llenar una hoja vacía. Cada tanto, muy cada tanto, alguno se daba el lujo de dudar de la integridad de alguien, de la economía domestica de alguna famoso, de la honestidad de un político. Y listo. A otra cosa. Pero esto era diferente. Incluso para el ramos generales sensacionalista donde nos ganábamos la vida. Juano ocupaba un mini-lugar de poder como sub-editor en un medio que salía todos los días, un medio que necesitaba llenar muchos espacios en blanco con redactores cansados y mal pagos, y, para colmo, como estábamos a mediados de enero, su editor seguía de temporada en Punta del Este con expresa orden de no ser molestado. Así que podía hacer lo que quería con su sección. Podía picar cables, incluir la historia del hombre que se cortó la mano y la metió en el microondas o editar una parte de El Ser y la nada y firmarla con su nombre.

 

Pero no. Era peor. La última columna de Juano contaba la encrucijada filosófica que representaba Paolo Di Canio, un delantero del Lazio de Roma que también jugó en Escocia y en Inglaterra y que en un partido contra Livorno, durante la Liga italiana, había hecho el saludo fascista a la tribuna rival después de perder dos a uno. Lo había hecho nueve meses después de que la Asociación de Fútbol Italiano le hiciera pagar, por ese mismo gesto, una multa de diez mil euros. Livorno es una ciudad de izquierda y el Lazio, fundado por Mussolini, es la ultra derecha europea y todo su folclore, banderas con esvásticas y cruces gamadas, cantos vitoreando al Duce y saludos romanos para las cámaras de televisión. Juano empezaba con las declaraciones de Di Canio: “Si salgo y saludo de esa forma lo hago para mi pueblo, sin mirar la curva del Livorno, que es patética. Considero este saludo un gesto bellísimo hacia mi pueblo y, en cambio, ha provocado una reacción patética por parte de los medios de información. Estoy contento de ser como soy y así seré siempre”.

En la web están las fotos del saludo con el brazo en alto, extendido, la palma de la mano para abajo. Son fotos que dieron la vuelta al mundo. Los diseñadores de las agencias de noticias se cansaron de cortarlas y pegarlas. La situación es así: estás bostezando y armando una nota de domingo a la noche sobre una jirafa que hace ski acuático y de repente un futbolista saluda a la tribuna rival como si fuera un soldado de las SS. Es obvio que la jirafa queda afuera, aunque la nota ya esté escrita, plantada y corregida.

La columna de Juano decía también que Di Canio era como una artista en la cancha, la reencarnación de un pintor renacentista, arrogante y talentoso. Y era verdad. Di Canio es lo que se conoce como un jugador temperamental, un delantero potente, con mucha llegada, que puede tirar un penal de globito al centro del arco y después hacerse expulsar por insultar a los rivales. Está todo ahí, en el You-tube. Di Canio con la once a rayas blancas y azules del West Ham Utd empuja en el último minuto al árbitro que se cae para atrás, con la roja todavía en la mano. O en el mismo club, contra el Coventry, recibiendo la pelota exactamente en el centro de la cancha, desbordando a un rival sin mucha velocidad por la derecha, llegando a la medialuna, y desde afuera del área clavándola en el otro palo. O recibiendo perfectamente habilitado por la derecha y pegándole de bolea a la red. O acomodándola cortita en el aire y antes de que toque el suelo sacar un bombazo con la zurda desde media distancia dejando que el arquero que se tire para la foto. O si no el hermoso, paradimático gol que le hizo al Milán la temporada que estuvo en el Napoli. Fecha exacta: 27 de marzo de 1994. En el minuto 78, Di Canio con la siete en la espalda recibe el pase desde el círculo central. Entra al área por la izquierda, amaga, deja plantados a dos y sigue, avanza un poco más, se suma otro defensor, están de costado en el borde del área chica. Di Canio se da cuenta de que si le pega, no es gol, y vuelve a enganchar para atrás, los dos defensores los siguen. Y cuando cualquier delantero hubiera pateado, dominado por la adrenalina, Di Canio arranca otra vez para adelante y define al primer palo con la zurda. La pelota entra arriba y él sale corriendo a la tribuna. El arquero no puede hacer nada. En el área hay cinco jugadores rivales lamentándose, o sonriendo, porque con un gol así no hay a quién echarle la culpa. Cuando vuelve, el árbitro le saca amarilla por festejar revoleando la camiseta. Pero… ¿qué iba a hacer? ¿Cómo quería que festejara? ¿Como el amargo de Riquelme? La maniobra desde que recibe la pelota hasta que hace el gol dura apenas unos segundos pero es de una belleza incomparable, como la línea de un poema de Guido Cavalcanti, como la fugacidad de lo eterno, dice Juano, grácil, flexible, liviana, imparable. Hasta acá, escribe Juano, tenemos un artista maldito con el tatuaje de Il Duce en el pecho, un reaccionario que se viste con la ropa de lo sublime, un Baudelaire, un Céline, un D´annunzio, un Ezra Pound. Pero resulta que a Di Canio le dieron también un premio por el Fair Play. Es el último minuto del partido Everton-West Ham. El arquero se lesiona y queda tirado. Di Canio está en el área, llega el centro desde la derecha y en vez de bajarla, sacarse al tosco defensor de encima y patear al arco vacío, el delantero agarra la pelota con la mano. Es un gesto noble, de potrero, como diciendo: “Loco, paren, ¿no ven que el pibe está lastimado?”. Lo aplauden las dos hinchadas. Sale en los diarios. Le dan un premio y todo.

Entonces, ¿qué hacemos con Di Canio? Nobleza más fascismo más belleza en el juego. Es una combinación difícil, escribe Juano. ¿Qué hacemos con Di Canio?, pregunta, al final de la columna.

 

La respuesta es lo peor. Dice que no soportamos las pasiones ajenas. Y que solamente respetamos las convicciones y la autodeterminación que nos son propias, los accesos de furia que nos benefician. Después llega una cadena de imágenes, nada del otro mundo, pero habla de los sionistas que miran para otro lado cuando los tanques aplastan a los árabes, Estados Unidos diciendo sesenta años después que tendría que haber bombardeado las vías que terminaban en Auschwitz, o la Comunidad Europea discutiendo qué hacer con los negros que siguen atravesando el mediterráneo encerrados en las bodegas de los barcos, sin dejar de incentivar, al mismo tiempo, inversiones agresivas en África central.

Los periodistas aprenden rápido cómo funcionan las cosas. Entonces, cuando alguien les pregunta ¿dónde quedó el tema de la ética?, ellos responden que también tienen cuentas que pagar. Y es verdad. Pero, ¿por qué la coraza moral? ¿Por qué no aceptar que la mayoría de los medios importantes están montados sobre el equívoco, los contratos basura a tres meses y el triunfo de la mediocridad y los mediocres?

Y ahí está Di Canio, los músculos del abdomen tallados a mano, cruzando la cancha, la mueca de concentración en la cara, explosivo, ligero de pies, letal en el área, peleándose con el técnico del Milán y yéndose a Escocia y recibiendo el premio al mejor jugador del año, para después volver al Lazio, aunque el contrato no lo beneficie. ¿A quién preferimos? preguntaba Juano. ¿A este tipo que es honesto y vital o a la legión de imbéciles que agachan la cabeza y escriben todos los días en los medios de gran tirada? ¿El futbolista reaccionario o los muñecos de la televisión que hablan con voz de máquina? ¿A quién elegimos?

Era obvio que a Juano lo iban a echar de una patada. Y todos le pedían que dijera que el golpe de la pileta lo había afectado, porque era así, el golpe lo había afectado. Pero él insistía en que no, en que estaba bien de la cabeza, y que nunca había escrito mejores columnas de opinión. Así que lo echaron y él se fue con la indemnización, sin decirle nada a nadie. Se fue a trabajar en publicidad y a ganar el doble. Era un buen final para una carrera trunca en el periodismo por escribir sobre un guerrillero pop, sobre un escultor predecible y sobre un delantero fascista.

Un par de meses después lo encontramos en un bar de Avenida de Mayo. Nos tomamos unas cervezas y nos preguntó cómo iban las cosas en la redacción. Esa vez nos contó que estaba con una periodista que se había hecho conocida como especialista en Derechos Humanos. En la mesa de luz tenía una foto del joven Trosky y cuando estaban en la cama le pedía que se pusiera una camiseta de la Lazio que le había regalado. Juano la insultaba en italiano y la mina deliraba. Se lo veía feliz de haber dejado el periodismo.

 

De la antología de cuentos De puntín [ Mondadori, 2008 ] © Juan Terranova