
Baumgartenhöhe
Mi amigo escritor cree tener un hermano alemán. Cuando nos conocimos, hace más de quince años, él era uno de los más prometedores de su generación, aunque muy pocos lo sabían, o simplemente no lo aceptaban. Por esa razón, mi amigo David y yo, estudiantes universitarios y grandes admiradores de sus libros, decidimos ir en su busca para decirle cuánto valorábamos lo que escribía. Bueno, en realidad nos movió algo más que la admiración. En su última novela de entonces, un libro pequeño y perturbador, nos pareció leer entre líneas un mensaje fatídico. Creímos que el mundo de su novela, donde el silencio y la muerte parecían ser las únicas alternativas, era claramente el anticipo del aniquilamiento del autor. Llegamos, asimismo, a esa conclusión, porque en una entrevista que le hicieron en el diario La República, uno de los pocos medios que le brindó un espacio merecido a su obra, vimos a un escritor desalentado, de aquellos que acarician el vacío a cada palabra. Según David, teníamos que hacer algo de inmediato. Este escritor se mata en cualquier momento, me dijo. Entonces decidimos ir en su busca, sin imaginar lo difícil que sería. Mi amigo escritor no daba conferencias, no asistía a congresos, no iba a presentaciones de libros, ni siquiera a las propias, porque nunca se hicieron, pues, según me confesó años después, siempre tuvo miedo de que no fuera nadie.
Sin embargo, nuestra primera oportunidad de verlo se dio, excepcionalmente, en la presentación de un libro. Un amigo de él, peruano residente en Francia desde los años setenta, se había animado al fin a publicar una novela. Una historia sincera, ambiciosa, pero de resultados medianos. El libro había aparecido en España más por cuestiones azarosas que por la calidad del texto, y su autor, movido por la nostalgia, decidió de pronto traerse un lote de libros en su maleta y realizar su presentación peruana. Para ello escogió a dos de sus más entrañables amigos: al poeta Abelardo Sánchez León y a mi amigo escritor. Me imagino a ambos en el aprieto de comentar esta insulsa novela, cuyo lote seguirá enmoheciéndose en algunos sótanos de las librerías limeñas, pero sé también que la amistad desvaneció cualquier titubeo. La presentación sería en El Ekeko, una librería-bar en Barranco que con los años culminó únicamente en bar. Conocida la fecha y la hora, David y yo decidimos ir a aquel local dispuestos a conocerlo. La excusa sería entregarle una pequeña revista que yo venía editando con cuentos y poemas de jóvenes universitarios. El local, como era previsible, se llenó pronto de amigos del autor, todos con un remoto aire de haber lanzado alguna piedra en mayo del 68, o de haberlo deseado al menos. Nosotros nos sentamos en la tercera fila. Yo había llevado, con la esperanza de una firma, un ejemplar de la última novela de quien sería mi amigo escritor. Pero no la obtuve esa noche, pues todo se frustró. Los presentadores y el autor entraron por una puerta adyacente a la sala y fueron a la mesa central. Una vez ubicados, tanto Abelardo Sánchez León como mi amigo escritor hablaron de la amistad con el repentino escritor, de sus años barranquinos, primero, y luego los parisinos. Del libro dijeron dos o tres cosas desde el punto de vista sociológico y todos quedaron satisfechos, incluyendo al autor, que agradeció en una lengua entrecortada no sé si por los años de sólo hablar francés o por la borrachera que llevaba encima.
Cuando se levantaron todos para hacer el brindis, intenté acercarme a mi amigo escritor pero no conseguí llegar hasta él, porque en el camino se agolpó un grupo de gente que deseaba felicitar al autor. Empujado por los de atrás, repentinamente me vi frente a éste y no me quedó más que darle la mano y felicitarlo. Al librarme de esa turba, perdí a quien realmente buscaba. David se me acercó abriéndose paso entre empellones y me dijo que lo había visto salir por la puerta de atrás. De inmediato nos percatamos de que era imposible acceder a esa puerta sin que nos detuvieran antes. La alternativa que nos quedó en ese momento fue acercarnos al poeta Abelardo Sánchez León y pedirle el número telefónico de su también amigo escritor. Fue muy cortés, aunque no nos dio nada. Comprendimos su reserva. Nosotros le regalamos la revista universitaria que habíamos llevado y nos despedimos. Esa noche no había más por hacer.
Varios años después me hice amigo de Abelardo Sánchez León, incluso trabajamos en la misma universidad y he colaborado en una revista que él dirige, pero jamás hemos hablado de nuestro amigo escritor. Ninguno de los dos ha vuelto a verlo. Ambos sabemos que por ahora prefiere alejarse de todo lo que tenga que ver con la literatura. Aún hoy no entiendo exactamente el porqué de su aislamiento, de la distancia asumida frente a la palabra escrita. Recuerdo que su primer libro de cuentos me deslumbró. En cada una de sus historias hallé un mundo peculiar, alejado de todo lo que se venía publicando hasta ese momento en el Perú. Y su primera novela no hizo más que entusiasmarme con todo lo que había escrito. Este libro me lo había regalado mi amigo Iván, sin sospechar que años más tarde él también escucharía la historia del hermano alemán de nuestro amigo escritor. Iván y yo formábamos parte de un grupo disparatado que anhelaba formarnos como escritores. El grupo se llamaba Centeno y, más que escritores, conseguimos ser muy buenos amigos. Nosotros nos reuníamos todos los sábados por la tarde en una casa en Miraflores y allí leíamos nuestros cuentos. Iván y yo solíamos ir juntos porque vivíamos muy cerca. En uno de esos viajes le conté el descubrimiento de este autor, pero, según afirmó, él lo había descubierto primero y me había recomendado su libro. Discutimos mucho al respecto, tanto para que yo le creyera a él, y él a mí. Lo cierto es que me regaló la novela de nuestro amigo escritor, novela que yo aún no había leído, pero que me intrigaría tanto o más que el resto de su obra.
Debo decir, ya que mencioné al grupo Centeno, que, mucho antes del frustrado encuentro en la presentación del libro y mientras iba en camino a una de estas reuniones literarias, logré ver en persona, por primera vez, a mi amigo escritor. Aunque no haya estado seguro de ello aquel día. Iba solo por la calle Roque Boloña, ya muy cerca de la casa Centeno, como habíamos bautizado a nuestro lugar de reuniones, y, por un repentino movimiento dictado por el azar, me quité las gafas para limpiar sus cristales. En esos instantes alguien, un cuerpo delgado, alto, pasó junto a mí, en sentido contrario. Mi miopía sólo me permitió adivinar un rostro cetrino, cabizbajo, con unos bigotes que creí reconocer no sabía de dónde. Me coloqué de nuevo las gafas y volteé para ver al sujeto que había pasado a mi lado. Me dije que bien podía ser el amigo escritor que buscaba y avancé unos pasos hacia él. Lamenté que aquel día Iván y yo no hubiéramos ido juntos. Él me hubiera dicho si era realmente el amigo escritor De pronto noté que aquel hombre avanzaba con desgano, con las manos dentro de los bolsillos, prácticamente arrastrando la mirada por los suelos. Me detuve. Preferí quedarme con la duda y enrumbar hacia la casa Centeno, pues si bien quería conocer a mi amigo escritor, intuí que aquél no era el momento indicado. Una vez reunido con mis otros amigos del Centeno, les conté lo que había pasado. Ellos se rieron. Me dijeron que estaba loco y que ya estaba bueno de esas obsesiones. Esa tarde decidí no leer mi cuento.
Años más tarde, mi amigo escritor me contó que sí había sido él quien caminaba por esas calles. Su madre vivía en Roque Boloña y todos los sábados por la tarde él solía regresar a pie hacia el centro de Miraflores. Obviamente no le pregunté por su estado de ánimo de entonces. En nuestros encuentros casi siempre hablábamos de literatura. Emprendimos proyectos, culminamos algunos, fracasamos en otros. A David y a mí nos gustaba oírlo hablar de su formación literaria en Europa: sus años alemanes, su bohemia francesa, los escritores que frecuentó. Asimismo las historias de sus inicios como escritor en el Perú nos fueron muy estimulantes. A pesar de ello, ya en esa parte de su relato vislumbramos cierto desengaño ante la literatura. Por lo demás, David y yo estuvimos orgullosos de que nuestro primer encuentro con él se incluyera entre sus historias. Fue en invierno, en Barranco, durante una noche en la que creí que le iba a salvar la vida.
Finalmente, a través de una muchacha que resultó ser sobrina de nuestro amigo escritor y que no podía creer que buscáramos a su tío, conseguimos el número telefónico de su casa. David y yo practicamos miles de formas para justificar nuestra llamada. No podíamos así, de buenas a primeras, decirle que lo admirábamos como escritor y que también nos preocupaba su salud mental, su interés por el silencio y la muerte. Era absurdo. Tras varios ensayos encontramos la fórmula más conveniente y nos presentamos como simples lectores interesados en su obra y que sólo queríamos conversar con él sobre sus libros. Él nos preguntó de dónde éramos y le dije que estudiábamos en la universidad. Está bien, nos dijo. Nos veremos el martes, a las siete de la noche, en la glorieta del Parque Central de Barranco. El día convenido, ambos salimos con nuestros respectivos ejemplares de sus libros para solicitarle una dedicatoria. En realidad, yo tenía más libros de él: su primer conjunto de cuentos, su última novela y el libro que me había regalado Iván, la primera novela de mi amigo escritor, la que hablaba de un peruano que había pasado una temporada en un sanatorio a las afueras de Viena, en un lugar llamado Baumgartenhöhe.
Durante mucho tiempo, cada martes por la noche, nos reunimos con nuestro amigo escritor. Los primeros años nos veíamos en un bar de Barranco, pero pronto los adolescentes fueron copando ese lugar y otros semejantes, y optamos por la tranquilidad de un café en Miraflores, tomando jugos y comiendo panes con jamón y queso. Durante el tiempo transcurrido, yo me había casado, tuve una hija, ocupé una plaza como profesor universitario, cesaron las reuniones en la casa Centeno y publiqué un libro de cuentos. De aquellas reuniones recuerdo principalmente las que sirvieron para proponer proyectos literarios. Y los tengo presentes porque a través de ellos ejercitamos nuestras memorias. Por ejemplo, un anoche se propuso escribir un libro en el que cada uno (se habían sumado Iván y otros) relataría cómo fue su iniciación sexual. El proyecto acabó esa misma noche ya que la única historia interesante, aunque bastante literaria, fue la de nuestro amigo escritor. Otro de los proyectos fue escribir un cuento teniendo como referencia a la inglesa Sarah Helen, supuesta mujer vampiro que vino a terminar sus días (y a perpetuar su muerte) en el inhóspito puerto de Pisco a comienzos del siglo XX, y a El Ausente, personaje que, sin saberlo, nos perseguiría a todos de alguna manera. Con este proyecto estuvimos más comprometidos. Yo eché mano a mis recuerdos de infancia y al oficio de mi padre, agente de aduanas, que tan bien se avenía a aquella historia lúgubre y portuaria. Otra noche leímos nuestros cuentos y quedamos satisfechos de la lectura. Sólo era cuestión de darles una revisada final antes de reunirlos y publicarlos en un mismo volumen. Sin embargo, incomprensiblemente evadimos la entrega final, salvo nuestro amigo escritor, que decidió publicarlo como una novela corta con el fin de darnos una lección y demostrarnos la importancia del compromiso. Luego él se arrepentiría de haberlo hecho y me confesó que fuimos nosotros quienes le dimos la lección a él. La prudencia del silencio cuando no se está seguro de lo que uno ha escrito. Pero a mí me gustó mucho su novela. En ella desarrolló un mundo gótico en el que se superponían los planos entre la realidad y la ficción, pues el universo de Bram Stocker, su Drácula y la inmortalidad alcanzaron, al menos es lo que yo quiero recordar de esa novela, al de una pareja excéntrica de ingleses que emprende un viaje de aventuras acompañados de un ataúd vacío. Lo que no calcularon estos viajeros fue que una enfermedad y después la muerte se apoderarían de la mujer, y que en todos los puertos se les prohibiría el desembarque por temor a la llegada de una peste. Después de una penosa e interminable travesía marina a bordo de uno de los últimos barcos a vela capitaneado por el solitario Eduard Spacelack, sólo les restaría recalar en las costas peruanas, en Pisco, y poder ubicar tierra firme para enterrar a Sarah Helen. En la novela, se buscaba un lugar para la inmovilidad. Un lugar.
A nuestro amigo escritor le gustaba todo tipo de coincidencias entre la ficción y la realidad. Siendo precisos, lo que para nosotros eran coincidencias, para él era una obra mayor, el capricho de un demiurgo que llena de palabras e historias siempre la misma página, tal como pudo haber sido la historia de su supuesto hermano alemán. Una noche en la que todo café o juguería de Miraflores estaba colmado de gente, terminamos, como en nuestros primeros encuentros, en una cantina. Allí, después de unas primeras cervezas, nos contó una breve historia de su padre. Dijo que al igual que él, al final de su adolescencia, su padre fue enviado a Europa para realizar sus estudios de medicina. No obstante, para alejarlo de toda disipación mundana, su familia prefirió distanciarlo de Francia y mandarlo a la disciplinada Alemania. Una vez instalado, a mediados de los años treinta, inició sus estudios en la Facultad de Medicina, dispuesto desde el comienzo a ser el mejor médico del Perú. En cuanto a lo académico, no hay nada más que contar, nos dijo nuestro amigo escritor. El que retornó al Perú consiguió ser un excelente médico. Bueno, y como padre... no es el tema ahora, agregó. Lo importante es la mujer que conoció allá.
Nos dijo que se trataba de la hija de un vendedor de abarrotes y que la muchacha era bastante atractiva, al menos así la veía un peruano en Alemania. Al comienzo, el romance se desenvolvió sin mayores contratiempos, sin la intervención de nadie, con encuentros a escondidas a las afueras de la ciudad, en los pastizales. Como para no olvidarlo, resaltó. Pero si bien la gran guerra no había iniciado, las tensiones se fueron acrecentando y todo extranjero fue visto como un sospechoso. El padre de nuestro amigo escritor acabó sus estudios en pleno ascenso del nazismo y el vendedor de abarrotes cerró la tienda para dedicarse al comité del Partido Nacional Socialista al cual se había inscrito. Se pensó en huir juntos, pero la muchacha se resistió. No dejaría ni a su familia ni a su país en aquel momento, fue lo que le dijo ella. Él no pudo hacer más y se embarcó de regreso al Perú. Al mes de haber llegado a Lima recibió una carta que ella le escribiría a las pocas semanas de que él zarpara. En ella le contaba que estaba embarazada y que aún no se lo había dicho a su padre. No hubo más cartas, no supo más, la guerra había comenzado.
Eso está para novela de folletín, le dijo David. Tienes razón, le respondió nuestro amigo escritor. De esa historia únicamente me interesa saber de ese hermano. Quizás haya sido abortado o muerto al nacer, o durante la guerra, enterrado quién sabe dónde. Ninguno se atrevió a realizar otro comentario. Pero tengo un hermano literario. Es Thomas Bernhard, nos dijo esbozando una sonrisa. Todos reímos por su ocurrencia. Sin embargo hicimos silencio al instante, pues queríamos oír su explicación. Nos contó que tanto él como Thomas Bernhard habían sido internados en un sanatorio llamado Baumgartenhöhe, y que de esta experiencia ambos escribieron sus respectivas novelas, las cuales aparecieron publicadas sólo con un par de años de diferencia. Las correspondencias no quedan aquí. Hay más, añadió. Obviamente, todos estábamos muy interesados en escucharlo; pese a ello, lo interrumpió la llegada de un intruso que nos dijo: “¿Cómo están los joyceanos?” Ninguno de nosotros comprendió ese saludo. El intruso, que resultó un antiguo amigo a quien no veía desde los años universitarios y que se encontraba bastante borracho, nos aclaró que nos llamaba así por encontrarnos en una cantina llamada Joyce. David y yo nos levantamos y fuimos hasta la entrada del local para verificar lo que decía el intruso. Efectivamente, la cantina llevaba el nombre del escritor dublinés. Aunque todos esperábamos que el intruso se largara para continuar oyendo la historia, no pudimos dejar de celebrar la extraña coincidencia. Después hubo un prolongado silencio y nuestro amigo escritor se levantó para ir al baño. El vaso de cerveza que habíamos invitado al intruso pareció colmarlo, ya que empezó a dormirse en su asiento. Cuando regresó nuestro amigo escritor, nos dijo: “La cantina se llama así por la antigua dueña del local: Joyce Ezcurra”. “Mientras la dueña no haya sido Sarah Helen”, dije, y todos volvimos a reír, pero ni así se despertó el intruso.
La novela de Thomas Bernhard mencionada por nuestro amigo escritor es El sobrino de Wittgenstein . Está ambientada en la década del sesenta y tiene, como toda la obra de Bernhard, una fuerte dosis autobiográfica. Se inicia con el internamiento del narrador en el sanatorio de Baumgartenhöhe, con una terrible afección pulmonar que lo lleva a ser intervenido quirúrgicamente para extirparle un tumor que tenía alojado en el tórax. En ese lugar, durante sus días de convalecencia, se encuentra con Paul, sobrino del reconocido filósofo vienés Ludwig Wittgenstein. En realidad, a Paul le correspondía estar en el pabellón de los enfermos mentales, en el manicomio Am Steinhof, específicamente en el pabellón llamado, no sin menor ironía, pabellón Ludwig. No obstante, se las arregló muy bien para dar sus paseos en el pabellón Hermann, en Baumgartenhöhe, que era el que correspondía a los enfermos del pulmón. Conocer, atisbar en el estrambótico mundo de Paul Wittgenstein significaba para Bernhard buscar y establecer vínculos, a través de una dolida amistad, entre el pensamiento, la creación y la locura.
Buscando entre sus páginas, con una sintaxis galopante de su narrador, hallé lo siguiente:... con estas notas, quiero explicarme otra vez, con estos jirones de recuerdos que deben aclararme, deben traerme a la memoria en este momento no sólo la situación sin salida de mi amigo sino también mi propia situación sin salida de entonces...
La novela de nuestro amigo escritor se publicó dos años antes en Perú y está ambientada en Baumgartenhöhe y en Lima, a finales del sesenta. En el pabellón asignado a los enfermos del pulmón conoce a Paulo, un joven peruano. Para él y para Paulo permanecer en ese sanatorio significaba estar recluidos en una cárcel. Los de la oficina de migraciones los habían internado y solamente los dejarían salir una vez que estuviesen recuperados. Por ello, apenas les quedó compartir ese espacio, sus recuerdos y la inmovilidad. Ambos compartían, además, intereses por la literatura. Esto lo sabemos a través del narrador, quien nos presenta unos cuentos atribuidos a Paulo, pero cuyas historias se confunden con el pasado de ambos, en un sugerente juego de espejos. Uno de los cuentos que más me intrigó fue el titulado “La tumba del guerrero” . En uno de sus pasajes, un joven peruano está paseando por un cementerio en una poblado de Austria. En ese lugar descubre una serie de tumbas de guerreros medievales, con imponentes esculturas en piedra que los representaban e inscripciones mortuorias en latín que los distinguían unos de otros. Y mientras contempla las tumbas, nota que es acechado por un hombre. Éste, finalmente, lo aborda y entabla una conversación con él. Le habla en español y se presenta como un italiano que busca a su hijo. El joven peruano se intriga aún más y el hombre le explica que él esta casado con una peruana y reside en Lima desde hace muchos años. Con ella tuvo un hijo, pero éste decidió vivir en Europa y romper toda comunicación con el Perú y su familia. Por eso había ido a buscarlo, por eso lo había seguido, porque todos los peruanos se conocen en el extranjero. El joven peruano, el narrador, no soporta esa conversación, quiere irse, pero las palabras del italiano lo retienen. En el cuento leí: Cuando reanudó su perorata sobre el hijo pródigo, yo no sé por qué, sentí que su desgracia me complicaba, que algo de ese muchacho desaparecido tendría que ver conmigo...
Era indudable que el demiurgo le había ofrecido un hermano literario a nuestro amigo escritor; mas éste, Thomas Bernhard, había muerto en 1988, seis años después de publicar su novela.
David vive en el extranjero y a veces me pregunta por nuestro amigo escritor. Le digo que hace muchos años que no lo veo. Cuando llamaba a su casa no lo encontraba o me decían que estaba descansando, que él me devolvería la llamada. Era comprensible. Me enteré de que convalecía de una enfermedad que lo movía a aislarse de todos sus viejos amigos. Ahora ya no lo llamo, sólo releo algunos de sus libros de vez en cuando y recuerdo cuando lo conocí.
Ese martes, a un par de metros de distancia, lo vimos de espaldas, donde habíamos acordado el encuentro, bajo la glorieta del Parque Central de Barranco. Aquel sitio parecía, a esa hora de la noche, un barco mutilado, una escasa proa donde la imagen del capitán o la de un guerrero cruzado se podría confundir con la del mascarón. Él estuvo allí, esperándonos. Lo llamé por su nombre con un tímido tono de interrogación. Él volteó lentamente. “¿Cómo? ¿Ustedes nomás?”, fue lo primero que nos dijo nuestro amigo escritor, bastante intrigado. En ese momento supe que esa noche, en aquel lugar, yo no sería capaz de salvarle la vida a nadie, pero igual me sentí satisfecho de haberlo encontrado.
Fragmento de Que la tierra te sea leve [ Bruguera, 2008 ] © Ricardo Sumalavia
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