
Club Iguana
El complejo dormía, yo debía ser la última residente que quedaba despierta. Le había bajado todo el volumen al televisor para no molestar a nadie, la imagen azul del planeta flotaba silenciosa por el universo de la pantalla, y me sentí degenerada y pequeña. Había pasado todo el día y toda la noche hundida en la cama, como una enferma terminal sedada. La mente rota, la voluntad corroída, la realidad dando tumbos contra las paredes.
También me sentí sucia, era domingo y no me había bañado.
Me dije que no iba a fumar marihuana nunca más. Me paré haciendo un esfuerzo sobrehumano y con unos ímpetus inesperados tiré lo que quedaba del porro que me estaba fumando por el balcón. Nunca más, repetí, lo prometí, lo juré, cerré los ojos, crucé los dedos y me los besé. Cuando el porro aterrizó en el jardín de las heliconias, me sentí rehabilitada y vi que era fácil. Entonces volví contentísima al Discovery Channel mudo y me entregué sin culpabilidades a los placeres de la marihuana.
Era la última vez.
Pero lo primero que hice al día siguiente, cuando llegué de la revista donde trabajaba, fue sacar la cajita de la marihuana de debajo de la cama. Me pareció la cosa más inaudita encontrarla vacía, los lunes eran un asco de nunca acabar.
Bajé por las escaleras de mi edificio a la plazoleta central. Las hordas de yuppies se abalanzaban sobre los ascensores, las puertas se cerraban, casi todos se quedaban de este lado y sus pulseras anti-estrés subían un tono hacia el naranja.
Me abrí paso como pude por el pasillo de los pensamientos productivos y doblé por el de la personalidad triunfadora que estaba más o menos despejado. Unos cuantos yuppies miraban las vitrinas de la tienda de discos y la videoteca, con más cara de estar matando tiempo que de compradores, otros tomaban turno en la agencia de servicios JAV. Avancé dando grandes zancadas y salí a la zona verde.
A lo lejos, distinguí la inconfundible figura del propio JAV en persona. Andaba por la ciclo-ruta del éxito en su acostumbrado paseo de la tarde. Traía el triciclo, en forma de perro dálmata, que su hijo montaba, jalado por una cuerda. El muchachito iba estoico, de punta en blanco, con un traje idéntico al del gran hombre. Sólo le faltaba el peinado de blower dramático para convertirse en una reproducción a escala del padre. Y la mata de vello entrecano en el pecho.
Los evité, no porque Julio Armando Valdetierra me conociera (no me conocía) y fuera a abordarme, sino porque todos los residentes del complejo conocíamos a Julio Armando Valdetierra y era yo quien debía saludarlo. De sólo pensar en las carantoñas que tendría que hacerle al niño se me revolvió el estómago.
Busqué al artesano por todas partes. En el anfiteatro. En el bosquecillo de los sauces llorones. En la playa fangosa del río, donde se me enterró un pie hasta el tobillo. En la terraza desierta del bar, cerrado los lunes. Fui hasta el aula de talleres JAV y aún a la cabaña del jardinero: don Ismael llegaba renqueando con el machete en la mano, la señora lo recibía sin emoción en la puerta.
Me devolví por el toldo de las comidas, que ya empezaba a llenarse, y evadí el infierno del interior por los pasillos periféricos. Busqué en lugares tan improbables como el gimnasio y la zona húmeda. No lo encontré. Seguí deambulando, con mi desdicha y mi zapato embarrado, por los jacuzzis todavía libres de yuppies hasta que encendí un cigarrillo –de los corrientes–.
Fue en ese momento cuando recordé lo que había hecho la noche anterior. Me escandalizó que el episodio se me hubiera borrado, le eché la culpa a la marihuana que, como se sabe, es perjudicial para la memoria. Pensé que el porro debía seguir en el jardín de las heliconias y me acordé de mis juramentos, firmes y sentidos y juiciosos, y no tuve ni un instante de vacilación.
Era la hora pico. Los yuppies seguían llegando de sus trabajos, impecables como a primera hora, pero con ese olorcito acre que deja el deber cumplido en la boca y el traje. Adaptados, suficientes, se paseaban por los pasillos y llenaban los locales comerciales, mientras yo, como una indigente que se vuelca en el tarro de la basura, rebuscaba entre las platanillas y las antorchas y las aves del paraíso.
Era inútil, mi porro no estaba.
Me pregunté si don Ismael lo había encontrado. Me pregunté si también había encontrado los otros. Me pregunté si sospechaba que era yo quien los tiraba desde el balcón con una regularidad que ya se volvía sistemática. Me pregunté si antes de depositar los abonos aguzaba el ojo y los rescataba. La imagen de don Ismael, escondido en los parqueaderos subterráneos, con el humo de mi marihuana llenando los huecos de sus dientes faltantes, me hizo gracia. Un candidato más probable era su hijo y ayudante, que siempre me andaba mirando, rastrillo en mano, con esos ojos como zarpas y cara burlona de delincuente juvenil.
Me dio por pensar que me estaba espiando en ese mismo momento. Percibí su presencia, vívida, en mi espalda y me sentí cogida en falta. Me volví. No era él, era Marta Nelly.
–No me diga que le gustan las flores.
Marta Nelly era la mujer de Julio Armando Valdetierra y era la administradora del complejo. Era bajita y rechoncha, y era quisquillosa. Tenía el pelo teñido de color llamarada de incendio y las uñas larguísimas y cuadradas, decoradas con una palmera blanca en miniatura sobre fondo lila.
–Todos tenemos nuestras debilidades –contesté.
Ella se puso a explicar que las heliconias eran flores exóticas, a las palmeras de sus uñas se les distinguían los coquitos y me dio la impresión que iban a empezar a caerse de tanto que manoteaba. De exportación , recalcó como si el hecho debiera impresionarme. Luego se quejó del dineral exorbitante que cada una de esas plantas, entonces semillas, le había costado a la administración del complejo, amén de los esfuerzos de don Ismael para tenerlas tan florecidas como estaban ahora, y me informó que por fortuna se conseguían, recién cortadas, en el puesto de flores frente al supermercado, a un precio alto, sí, pero asequible para cualquier residente del complejo. Para terminar, me sonrió.
Evidentemente Marta Nelly estaba convencida de que me había pillado in fraganti en la intención de robármelas.
Yo también le sonreí.
Y le respondí que por fortuna la cuota mensual que nosotros, los residentes, le abonábamos a ella, la administradora, para el mantenimiento del complejo le alcanzaba para pagar semejantes lujos. Señalé las heliconias pero dejé saber que, en realidad, me refería a la cadena de oro macizo que le colgaba del cuello y nos informaba su nombre completo en letra pegada con salpicadura de diamantes, porque en seguida se la admiré.
–Bonito medallón –le dije, aunque era de pésimo gusto, para que viera que no reculaba.
Dejó pasar mis insinuaciones, seguro porque los diamantes eran auténticos, pero me miró el zapato embarrado. Con asco.
Me dieron ganas de arrancar un ave del paraíso para mortificarla, para confirmarla en sus sospechas y que nunca supiera cuál era el verdadero objeto de mi interés en ese jardín. No lo hice: las heliconias son plantas de selva y resisten cualquier ataque. Me contenté con ver que se le habían acabado los argumentos, pensé que iba a despedirse. En cambio modificó su actitud hostil del principio y me preguntó, lo más de jocunda, por Paulo Andrés.
Yo ya no le estaba haciendo caso, estaba contemplando seriamente la posibilidad de ir a buscar al artesano a su apartamento, aunque no me gustara la idea, y me encogí de hombros: de Paolo –así le decíamos los amigos– no sabía nada.
–¿Usted tampoco? –preguntó abriendo los ojos–. Estamos tan preocupados por él.
–¿Estamos?
–Julio Armando y yo –explicó–. Hace ya un mes que Paulo Andrés no asiste a las conferencias, ni siquiera a las de los miércoles –eran las más apetecidas, las dictaba el mismísimo JAV en vivo–, ni se ha inscrito en ningún taller de fin de semana. Pero eso no es nada –aquí se interrumpió y suspiró melodramática para estirar los segundos y mantener el efecto de suspenso al máximo–: lo más alarmante de todo es que no ha vuelto al laboratorio anti-estrés.
Esperó mi reacción. No la dejé entrever, aunque entendí lo que quería de mí.
–Debería interesarse más por su amigo –recriminó–. De pronto la está necesitando, acuérdese del abismo en que cayó la última vez.
No había bondad en sus palabras. Lo que Marta Nelly quería era que averiguara en qué andaba metido mi amigo y luego le llevara el chisme. No pude evitar una sonrisa despectiva. La interpretó como quiso, o sea como una muestra de buena voluntad.
–B ueno –me dijo–, así quedamos.
Y se alejó por el pasillo de la actitud positiva con su taconeo enérgico de mujer paticorta. Llevaba los jeans de bota tubo aferradísimos a las carnes. Las carnes se desahogaban en un blando y bien cebado rollo de grasa en el talle. El talle se lo embutía en una camiseta morada de manga sisa que le quedaba dos tallas pequeña. Entró en la farmacia del alma y se perdió en la estantería de los palitos de incienso. Ya no podía verla pero su perfume empalagoso y dulzón seguía flotando en el aire. Había anochecido.
No tuve que ir al apartamento del artesano. Me crucé con él en las escaleras de nuestro edificio. Los residentes de los pisos bajos rara vez utilizábamos los ascensores y menos a esas horas tan congestionadas. Le pregunté si tenía marihuana. Asintió y abrió el exhibidor de artesanías que lo acompañaba siempre. Me mostró unos aretes. Pensé que me había entendido mal y aclaré que lo que quería era marihuana.
–Es para disimular –dijo con la condescendencia que se emplea con una persona simple a la que hay que explicarle hasta lo que es obvio y sabido.
Estábamos en el interior del complejo con la plazoleta central a la vista. Había una cámara de seguridad en cada esquina y había yuppies por todas partes. Cogí los aretes, él se puso a esculcar en su mochila boliviana. Busqué las cámaras, encontré dos. Una, encima de nosotros, en el descansillo de las escaleras. La otra, en el piso de abajo, junto al tablero electrónico del único ascensor que alcanzaba a ver desde donde estaba. El tablero informaba SUBE Mónica Godoy nombrada VP para asuntos latinoamericanos de la multinacional, las acciones Dotcom, el precio del crudo, las ventas del libro Porque tú puedes, carajo ... El ascensor, que iba subiendo, se detuvo en el piso 27 y los letreros se detuvieron también.
Me medí los aretes, me miré en el espejito del exhibidor de artesanías. Eran unas iguanas de guadua verde. El artesano me puso el moño de marihuana en la mano y yo la plata en la suya. Iba a devolverle las iguanas pero me dijo que me las regalaba. Acepté porque me habían gustado y seguí subiendo las escaleras.
Entré a mi apartamento del piso uno. Me quité la ropa. Me quité la porquería del pie en la ducha. Terminé bañándome toda. Me puse la camiseta blanca que usaba para dormir. Me quedaba grande y estaba picada y traslúcida de tantas veces que había sido lavada. Me senté en la cama, prendí el televisor.
Estaban pasando el programa Máquinas asombrosas. Un Bob el constructor, de carne y hueso, le demostraba las portentosas capacidades prensiles de un armatoste de hierro a un grupo de ancianos. Ellos abrían la boca al unísono y de hito en hito. Yo separaba las semillas del ripio de marihuana tranquilamente.
Cuando terminé de armar el porro, pasé de canal en canal con el control remoto. Pensé en Paolo. Era inconcebible que un consumidor adicto de servicios JAV y productos JAV como él hubiera prescindido de su proveedor de alicientes de un día para otro. Algo tenía que estarle pasando, en eso tenía razón Marta Nelly. Calculé que yo tampoco lo había visto desde hacía por lo menos un mes.
Lo primero que Paolo hizo cuando nos encontramos esa última noche fue escudriñar en mis ojos para ver cuánto había fumado. Como no encontró nada me hizo fiestas. Lo bajé de la nube, si me había abstenido era sólo porque iba a verme con él. Le dije que lo tomara como una deferencia, amistosa y solidaria, de mi parte. Subrayé lo de amistosa, frunció las cejas. Entramos a la sala Focus. El bodrio que presentaron, evidentemente sugerido por el comité JAV, se trataba de un atleta que al principio de la película perdía las piernas y al final corría sobre las prótesis. La audiencia salió conmovidísima.
Fuimos al bar, nos sentamos en la terraza, pedimos cerveza. No pude evitar que la conversación derivara hacia el tema de su predilección. El complejo JAV no era una solución integral de vivienda para ejecutivos como yo pensaba, no era esa mole de concreto blanco, con todos los servicios y comercios y miles de apartamentitos iguales, que a mí me asfixiaba. Según Paolo era algo así como un capullo que nos envolvía al terminar la jornada para que renaciéramos a los retos laborales del día siguiente, tras un sueño reparador y estimulante. Julio Armando Valdetierra era un genio y el complejo, su obra maestra. Era, para decirlo en pocas palabras, la estrategia más espectacular que se hubiera concebido para combatir la depresión profesional, Paolo así lo había comprendido, y yo era una burra por no aprovechar sus bondades.
Acto seguido intentó reclutarme para la causa. Me reí. Insistió. Me puse seria. Comprendió que por ese lado lo único que iba a conseguir era exasperarme. Neutralizó la conversación antes de pedir la cuenta.
Caminamos despacio por el sendero de vuelta. Don Ismael había encendido antorchas a lado y lado, olía a grama recién cortada. Cuando llegamos a la plazoleta central tuve que conceder que el laboratorio anti-estrés producía un efecto sedante.
Estaba ubicado en la mitad de la plazoleta y se elevaba hasta el punto más alto del complejo. Era cilíndrico, sus paredes eran de vidrio y estaban iluminadas desde adentro con una potente luz azul. El agua de la cascada que lo rodeaba bajaba lenta y aglutinada, y sonaba y brillaba.
Me pareció que Paolo se moría de ganas de que entráramos. Seguramente no se atrevió a romper la cordialidad que habíamos logrado porque me acompañó al apartamento sin haberme hecho la invitación. Intentó besarme en la puerta, se la cerré en la cara.
En fin, Paolo seguía en la misma tónica que había adoptado desde que se limpió de drogas y las sustituyó por la filosofía efectista del gurú de la motivación. Nada presagiaba la deserción inminente, que en el fondo me complacía, ni mucho menos una recaída súbita, que era lo que me preocupaba.
Me pregunté si ya habría llegado a su apartamento. Miré el reloj de la mesita de noche y lo que vi fue mi porro. Listo y esperándome. Si Paolo no había recaído iba a reprocharme porque yo sí seguía drogándome. Eso era lo último que necesitaba en ese momento. Encendí el porro. En E! había empezado una E! True Hollywood Story. La de Marilyn Monroe. Me reconfortó que hubiera existido gente más vuelta mierda que yo en el mundo, le subí el volumen y, tosiendo, me hundí en la cama.
Anticipo de la novela Club Iguana [ Grupo Editorial Norma, 2009 ] © Pilar Quintana
 |