
Romeo en el internado y otros
ROMEO EN EL INTERNADO
Amaba su inocencia, su cálido contacto
casual durante el juego,
la sonrisa radiante que también cautivara
desde el primer momento al Superior.
Los muchachos más brutos le regalaban dulces
y todos le escogíamos para formar equipos.
Yo amaba como un loco su pereza en las tardes
de calor cuando, medio adormilado,
la postura indolente, parecía perderse
en el huerto, muy lejos, tras el gran ventanal,
y el profesor de Ciencias era un adorno inútil.
Le amaba si el jersey se le caía
de la cintura hasta casi el tobillo,
o al declarar muy serio su aversión por la sopa,
o no entendiendo un chiste de los verdes.
Amaba sobre todo su indefensión, las lágrimas
que tanto embellecieron sus ojos cierta vez
al herirse la pierna en el patio, y llevarle
apoyado en mi hombro a buscar una venda.
Y el momento glorioso en que le dieron
–por su cara bonita– el papel de Julieta
y pude al fin decirle que le amaba, le amaba,
en voz alta, mirándole a los ojos,
ante todo el colegio, ante mis padres.
ALUMNAS DE UNA ESCUELA DE PELUQUERÍA
A José Ángel Cilleruelo
Quisiera saber todo de sus vidas.
No del novio con moto.
No de la madre débil y el hermano que estudia.
De breves pies descalzos sobre la arena fría del sintasol.
De sombras en un cuarto.
Del verano del mundo.
Quisiera verlo todo, mientras crecen las plantas, invisibles e inútiles.
En tu casa hubo noches de fumar a escondidas
y la vida era poco para quien está sola.
Ver el desnudo práctico que nadie contempló,
casual como el volumen de la gente en la calle.
Y también el desnudo minucioso
mientras soy el que finges que te mira cuando no te das cuenta
y sientes que se muere de tu propio deseo.
(Sabes poco de libros pero eso sí lo sabes).
Quiero estar en las tardes y en las playas
y escuchar las canciones que alguien silba entre dientes.
Viviría escondido entre la ropa,
con los ojos abiertos. ¿Quién llora en el pasillo? Se ha apagado la luz.
La sombra de Papá se hace más y más grande.
Yo sí recordaría qué dijiste en la fiesta,
borracha como un piojo, pero luego
adornaría el mundo tal como a ti te gusta, con secretos, canciones
y esa solemnidad conmovedora
de los adolescentes cada vez que están solos.
Nunca te tocaría. Tú no sabrás que existo.
Furtivo en el unánime transcurrir de las cosas,
yo seré el que sonríe mientras lo tienes todo
y tu único testigo cuando ya no seas nada.
MENSAJE A LOS ADOLESCENTES
Esto no debéis intentar repetirlo en casa, niños.
Niños, probad a hacerlo en casa
y sabréis lo que es bueno sin que os lo cuente nadie.
Recordad que no hay nada que vuestros padres puedan enseñaros.
Ellos no son vosotros.
Acostaos, bebed.
Hace siglos que están ocurriendo estas cosas
y nadie ha demostrado
que sean mucho peores que una guerra.
Existe un paraíso tras esa raya blanca.
Cuanto hace daño y no hacéis,
niños, lo estáis cambiando por la serenidad.
¿Os han hablado de ella? ¿Sabe alguno a qué sabe?
Si ignoráis quiénes sois evitad el rodeo
de averiguarlo uniéndoos a los demás. Una plaza en el grupo
es un puesto en el mundo;
ahora bien,
niños,
que levante la mano el que quiera morirse siendo útil y sensato.
Tenéis razón: no es nada divertido.
Por lo demás, sé que no sois felices,
a lo mejor pensábais que todo el mundo os odia. Pues es cierto,
pero sobran motivos: sois jóvenes y estúpidos
y no tenéis derecho
a todo ese futuro que vais a malgastar (como nosotros).
Entonces, ¿estáis solos? Así es.
Aprended a ser libres, practicad la mentira;
sabréis por experiencia que es más sólida que una verdad pactada.
Y sobre todo,
niños,
no creáis
que la vida merece la pena de vivirse
sólo porque lo juren desde siempre los peores cabrones.
RIMBAUD
Yo no quiero ser yo. La vida entera
la gasté en reinventarme, como un fénix doméstico.
Me fui sobreviviendo como pude.
Yo no sé quién soy yo. Tal vez la máscara
debajo de la cara. La pregunta.
Yo no pude ser yo. Y el minucioso
trabajo de vivir sin heroísmo se quedó para otros.
La verdad es la triste descripción del secreto.
No quise ser verdad. Quiero ser Nadie.
LÁZARO OTRO
A Judith Gallimó
Y salió el muerto, atado de pies y manos
con vendas y envuelta la cara en un sudario.
Jn, 11, 44
He perdido la voz. Me he perdido a mí mismo.
Ausente sin saberlo,
he vuelto para ver que reconozco a todos
excepto a uno: a mí,
ese que balbucea -es tan extraño-
soy yo, pero no soy
quien esperaba ser. Le odio.
¿A dónde fui sin ir? ¿Me he quedado dormido? Juraría
que oí saludos, besos, una fiesta.
¿Dónde puse mi copa? Sólo me fui un momento.
Ese fin de semana deslumbrante que todos esperamos
cada maldito día laborable
y yo me lo he perdido. ¿O me he perdido en él?
Hubo una madrugada. Se podía morir por un secreto,
jadeando de pura felicidad, hablando horas y horas.
¿He de escribir yo sólo todas estas palabras? Las tareas
se me han acumulado, minuciosas y absurdas,
y ahora soy un secreto gritado al mundo.
Esta es mi casa y estos son mis poemas.
Toca con los nudillos en mi pecho, toc toc, estoy vacío
y ya no sé.
Como uno más habré de confundirme entre la gente
que ya no es joven y gasta dinero.
Sólo me moriré de calendario, ¿qué más da?
Pensándolo despacio, cierto es que me parezco al que ya soy
y su cháchara tonta es mejor que el silencio.
Y él nunca morirá de buen amor
ni maldita la falta que le hace.
WAKEFIELD
A Miguel Galano
¿Estás ahí? La casa te ha expulsado
de nosotros, igual que un estornudo.
Si cruzara la puerta ¿dónde te encontraría?
A lo mejor estás en el jardín,
sonando como el agua. Si cerrara los ojos
¿sabré escuchar lo que no ven los ojos?
El roce del vestido, el corazón latiendo,
la intemperie.
Estás pero no estás.
Eres la parte más densa del aire cuando se hace de noche
y muevo en ti los brazos para no dar contigo,
cáscara de la casa.
Las ventanas
no conocen tu busto, y llueve, llueve.
La soledad es eso:
el hilo de la araña que va estrechando el mundo.
La puerta está cerrada como un féretro
y la luz encendida.
Poemas inéditos y del libro El buen discípulo [ Deva, 1992 ] © José Luis Piquero
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