Alan Mills

 

Guatemala, 1979. Ha publicado los poemarios Los nombres ocultos (2002), Marca de agua (2005), Testamentofuturo (www.librosminimos.org, 2007) y Síncopes (Literal, México: 2007; Zignos, Perú: 2007; Mandrágora Cartonera, Bolivia: 2007; Demónio Negro -ed. trilingüe-, Brasil: 2008). Ha sido escritor invitado de la Casa de la Cultura Latinoamericana, Malmö, Suecia: 2008 y es poeta residente de la Casa das Rosas (Espacio Haroldo de Campos de Poesía y Literatura) en Sâo Paulo, Brasil. Está invitado, junto a Rodrigo Rey Rosa, a Les Belles Étrangères del Centre National du Livre, en Francia (2008). Blog

 
 
 
   
 
   

 

La noche de Balam Mills

 

 

Camino a los valles del Santo Malo

Os enredasteis casi de muerte

Pues ninguna vacuna ------supo prevenir

Esta acalambrada suspiradera

Por los amantes de ayer En un amante de hoy

Casi el resumen de tantos catres

O palomas de la paz friéndose

Como dos huevos rancheros

Para vuestros labios

 

No me engaño el pasado

Es un gang bang imaginado

Pero sucede en el cuerpo

Del ser que se ama

Así os iba a funcionar a vosotros

La Alma enferma

 

 

Oración del primer día

 

San Simón de Iztapa:

los favores me los tenés que conceder

y así derrotaré toda dificultad

para Mí no habrá nada imposible

 

ni obstáculos ni enemigos

 

nadie va a desearme daño

 

Santo:

que todos sean mis adictos

y sepan de mi suerte

en cualquier emprendimiento

 

ni obstáculos ni enemigos

 

mi casa se llenará de bienes

por tus virtudes Divino Mío

 

(se rezan tres padrenuestros)

 

 

Nomás por tu soberbia

 

Nomás por tu soberbia,

no pudiste ver lo guapa que me puse,

mis vestiditos más chulos

los aprovecharon tus amigos

y los amigos de tus amigos,

te desvaneciste en el mejor momento,

poco a poco me fui quitando

el prozac y los diazepanes,

mi libido crecía otra vez,

crecía tanto, cada caricia era un gato

que danza, el sol esplendente, las nubes

que estallan pero ya qué importa,

yo sola con mis pechos te alimenté

y hasta dejaba hambrientos a mis hijos,

mientras todos te vieron por los bares,

paseándote con tus amigas más lindas,

les hacías poemas y ellas reían,

se reían de mí, pero después siempre

otra se reía de la que antes rió,

así era una risotada toda esa mierda,

siendo felices a nuestro modo,

pero sólo yo con mis pechos te alimenté,

con eso te fuiste haciendo heladitos

de crema para tus amiguitas más lindas,

se chupaban los dedos frente a estos críos,

estallando de sed, pegados a mis dulces pechos,

con los que te alimenté hasta dejarlos desinflados

como vejigas muertas, como paraísos vacíos,

como enjambres de luz apagados.

 

 

Oración del cuarto día

 

Querido:

te pido con toda mi nata menstrual

que así como Dios te formó poderoso dueño

y vigilante de las tinieblas

o del más allá,

 

con ese gran poder

y el enorme imperio cifrado a tu nombre,

hacé que Él,

siempre Él tan sucio,

no logre alimento en mesa,

ni en silla sentarse,

 

una picazón que le coma el hoyo

nomás,

una lombriz enroscada en su tufo

nomás,

 

nunca le des calma,

 

deseo verlo obligado

por ti mi Amigo,

a que humilde y rendido

venga a mis pies

 

y mi sombra sea su sombra,

 

mis ojos verán por sus ojos,

para que al fin sea limpio el maldito.

 

 

(se rezan tres padrenuestros)

 

 

Polvo eterno

 

Noches enteras éramos hablar y hablar

más una que otra risa,

cuando de repente yo te decía

“cruza la frontera, llévame a otro sitio,

hazme una estampida de armonía

allá abajo, cruza mi río Grande con firmeza”,

te decía y poníamos la mejor pornografía sueca,

sumándole cosas raras que te enviaba

un conocido, películas con actores

senegaleses brillando, contra rubias gigantes

y hermosas, era como el fragor de algo diluyéndose en el aire, pero nos divertíamos

durante la pérdida, nos desbordábamos,

condones tipo “Fiesta” para no usar

y que sólo acicalaban el ambiente,

vino, quesos, o cerveza en los malos días,

por la calle podían oírse mis gritos,

cuánta excitación, mientras palmeabas mis nalgas,

lo mejor era decirte “papi, dame duro, duro”,

en ese momento te veía brillar

como un cometa ebrio, toda la música

del mundo brotaría de tus fuentes,

casi un Ron Jeremy de oro sagrado, te pensabas

y al verte entrecerrar los ojos,

era igual que el primer encuentro,

una y otra vez me desfloraste,

cual una ingenua que se va volviendo puta,

durante el primer polvo.

 

Oración del sexto día

 

Ay, Santa Muerte,

Señora puesta ahí

por la Divina Trinidad

del Padre Eterno,

para segar la vida

de todos los mortales,

a ti llegamos más tarde

o más temprano

y no te importan riquezas

o juventudes,

pues eres pareja

con jóvenes y viejos

o niñas lindas,

que habrás de llevar

a tus dominios,

cuando Aquél te lo indique,

te suplico se enamore de Mí,

y no se fije en la hermosura física,

sino en la del Alma mía,

que venga manso,fiel,

sobre maíz arrodillado,

o se le mire volviendo a nacer,

y lo echen al agua helada, sí,

que de tal forma inicie su mundo

y luego su madre le dé

con el cordón de la plancha,

sí.

 

(se rezan tres padrenuestros)

 

 

Cariñito

 

“Decime”, oí que preguntabas,

“¿sabés mucho del asunto?”

“¿Quién no?”, respondí, a estas alturas

ni las monjas desconocen tales movidas,

no seás iluso, cariñito.

“Contame pues”, insistías,

“¿son tan grandes como ésta,

las que has probado?”

Sos un idiota, como si eso lo fuera todo,

aunque una buena nadie la olvida.

Y luego chillabas como un cerdo,

reías orgulloso,

de tan pendejo te creías único,

lo mejor, lo más grande,

que mis húmedas paredes

jamás habían sido sacudidas

por algo más tremendo y hermoso.

Noche tras noche seguías alardeando,

sin escuchar,

no te interesaba mi respuesta,

sólo te largabas a reír

y un descubridor en tu fantasía,

el Cristóbal Colón de mi coño,

un Hernán Cortez para estos sudores.

Pobre idiota,

yo te quería tanto,

por eso no quise darte detalles

del viaje a Cuba,

ni de mis furtivas sesiones orales

en los parqueos más oscuros.

Ningún negro de París existía,

no conocí jamás a Giancarlo alguno.

Quizás, al borde de morir, me anime

y te escriba una notita y así por fin sabrías

de mis trips al Reino del Gozo Inmenso,

adonde no estabas, ni estuviste, ni estarás.

Ahí te haré una remesa de dolor

que va a matarte y te llevará conmigo.

Pero tranquilo, no me estoy muriendo todavía,

cariñito.

 

 

Río Grande

 

Durante varias tardes la corriente

volcó nuestra suerte en las aguas

del Río Grande

y de arena era todo el sueño,

por entre anocheres buscábamos

resguardo,

y te mostraba mis imágenes,

cada retrato mío un Lucien Freud

pasmado en delicia,

mis piernas abiertas delirando,

como si de un par de ánimas perdidas

se tratara, con tanta humedad enferma,

que traía a la cabeza otra imagen,

más intensa que todos los Bacon

que nunca pudiste comprarme,

un rojo vivo, rojo labios,

rojo clítoris henchido de pensar

muscularmente,

en nuestros tríos, en ese préstamo,

haciendo de esta unión algo más sólido,

y me sentía pariente de tu semilla,

al verla correr por los pechos de otra

hembra igual de hermosa,

disfruté tanto verte entrar y salir

de otro cuerpo

que me refractaba perfecta

y encendíamos la caja mágica,

para mirar a miles más haciendo lo mismo,

era una paz inmensa y espuria

en tal ajetreo,

cientos de pupilas clavándose

en nuestros rincones, estalladas,

buscando algún blanco,

sin darse el tiempo de reparar

que lo que veían era algo más fuerte,

absolutamente más fuerte,

que todas esas cajas mágicas

encendidas por el mundo.

 

 

Del poemario inédito La noche de Balam Mills © Alan Mills