
La noche de Balam Mills
Camino a los valles del Santo Malo
Os enredasteis casi de muerte
Pues ninguna vacuna ------supo prevenir
Esta acalambrada suspiradera
Por los amantes de ayer En un amante de hoy
Casi el resumen de tantos catres
O palomas de la paz friéndose
Como dos huevos rancheros
Para vuestros labios
No me engaño el pasado
Es un gang bang imaginado
Pero sucede en el cuerpo
Del ser que se ama
Así os iba a funcionar a vosotros
La Alma enferma
Oración del primer día
San Simón de Iztapa:
los favores me los tenés que conceder
y así derrotaré toda dificultad
para Mí no habrá nada imposible
ni obstáculos ni enemigos
nadie va a desearme daño
Santo:
que todos sean mis adictos
y sepan de mi suerte
en cualquier emprendimiento
ni obstáculos ni enemigos
mi casa se llenará de bienes
por tus virtudes Divino Mío
(se rezan tres padrenuestros)
Nomás por tu soberbia
Nomás por tu soberbia,
no pudiste ver lo guapa que me puse,
mis vestiditos más chulos
los aprovecharon tus amigos
y los amigos de tus amigos,
te desvaneciste en el mejor momento,
poco a poco me fui quitando
el prozac y los diazepanes,
mi libido crecía otra vez,
crecía tanto, cada caricia era un gato
que danza, el sol esplendente, las nubes
que estallan pero ya qué importa,
yo sola con mis pechos te alimenté
y hasta dejaba hambrientos a mis hijos,
mientras todos te vieron por los bares,
paseándote con tus amigas más lindas,
les hacías poemas y ellas reían,
se reían de mí, pero después siempre
otra se reía de la que antes rió,
así era una risotada toda esa mierda,
siendo felices a nuestro modo,
pero sólo yo con mis pechos te alimenté,
con eso te fuiste haciendo heladitos
de crema para tus amiguitas más lindas,
se chupaban los dedos frente a estos críos,
estallando de sed, pegados a mis dulces pechos,
con los que te alimenté hasta dejarlos desinflados
como vejigas muertas, como paraísos vacíos,
como enjambres de luz apagados.
Oración del cuarto día
Querido:
te pido con toda mi nata menstrual
que así como Dios te formó poderoso dueño
y vigilante de las tinieblas
o del más allá,
con ese gran poder
y el enorme imperio cifrado a tu nombre,
hacé que Él,
siempre Él tan sucio,
no logre alimento en mesa,
ni en silla sentarse,
una picazón que le coma el hoyo
nomás,
una lombriz enroscada en su tufo
nomás,
nunca le des calma,
deseo verlo obligado
por ti mi Amigo,
a que humilde y rendido
venga a mis pies
y mi sombra sea su sombra,
mis ojos verán por sus ojos,
para que al fin sea limpio el maldito.
(se rezan tres padrenuestros)
Polvo eterno
Noches enteras éramos hablar y hablar
más una que otra risa,
cuando de repente yo te decía
“cruza la frontera, llévame a otro sitio,
hazme una estampida de armonía
allá abajo, cruza mi río Grande con firmeza”,
te decía y poníamos la mejor pornografía sueca,
sumándole cosas raras que te enviaba
un conocido, películas con actores
senegaleses brillando, contra rubias gigantes
y hermosas, era como el fragor de algo diluyéndose en el aire, pero nos divertíamos
durante la pérdida, nos desbordábamos,
condones tipo “Fiesta” para no usar
y que sólo acicalaban el ambiente,
vino, quesos, o cerveza en los malos días,
por la calle podían oírse mis gritos,
cuánta excitación, mientras palmeabas mis nalgas,
lo mejor era decirte “papi, dame duro, duro”,
en ese momento te veía brillar
como un cometa ebrio, toda la música
del mundo brotaría de tus fuentes,
casi un Ron Jeremy de oro sagrado, te pensabas
y al verte entrecerrar los ojos,
era igual que el primer encuentro,
una y otra vez me desfloraste,
cual una ingenua que se va volviendo puta,
durante el primer polvo.
Oración del sexto día
Ay, Santa Muerte,
Señora puesta ahí
por la Divina Trinidad
del Padre Eterno,
para segar la vida
de todos los mortales,
a ti llegamos más tarde
o más temprano
y no te importan riquezas
o juventudes,
pues eres pareja
con jóvenes y viejos
o niñas lindas,
que habrás de llevar
a tus dominios,
cuando Aquél te lo indique,
te suplico se enamore de Mí,
y no se fije en la hermosura física,
sino en la del Alma mía,
que venga manso,fiel,
sobre maíz arrodillado,
o se le mire volviendo a nacer,
y lo echen al agua helada, sí,
que de tal forma inicie su mundo
y luego su madre le dé
con el cordón de la plancha,
sí.
(se rezan tres padrenuestros)
Cariñito
“Decime”, oí que preguntabas,
“¿sabés mucho del asunto?”
“¿Quién no?”, respondí, a estas alturas
ni las monjas desconocen tales movidas,
no seás iluso, cariñito.
“Contame pues”, insistías,
“¿son tan grandes como ésta,
las que has probado?”
Sos un idiota, como si eso lo fuera todo,
aunque una buena nadie la olvida.
Y luego chillabas como un cerdo,
reías orgulloso,
de tan pendejo te creías único,
lo mejor, lo más grande,
que mis húmedas paredes
jamás habían sido sacudidas
por algo más tremendo y hermoso.
Noche tras noche seguías alardeando,
sin escuchar,
no te interesaba mi respuesta,
sólo te largabas a reír
y un descubridor en tu fantasía,
el Cristóbal Colón de mi coño,
un Hernán Cortez para estos sudores.
Pobre idiota,
yo te quería tanto,
por eso no quise darte detalles
del viaje a Cuba,
ni de mis furtivas sesiones orales
en los parqueos más oscuros.
Ningún negro de París existía,
no conocí jamás a Giancarlo alguno.
Quizás, al borde de morir, me anime
y te escriba una notita y así por fin sabrías
de mis trips al Reino del Gozo Inmenso,
adonde no estabas, ni estuviste, ni estarás.
Ahí te haré una remesa de dolor
que va a matarte y te llevará conmigo.
Pero tranquilo, no me estoy muriendo todavía,
cariñito.
Río Grande
Durante varias tardes la corriente
volcó nuestra suerte en las aguas
del Río Grande
y de arena era todo el sueño,
por entre anocheres buscábamos
resguardo,
y te mostraba mis imágenes,
cada retrato mío un Lucien Freud
pasmado en delicia,
mis piernas abiertas delirando,
como si de un par de ánimas perdidas
se tratara, con tanta humedad enferma,
que traía a la cabeza otra imagen,
más intensa que todos los Bacon
que nunca pudiste comprarme,
un rojo vivo, rojo labios,
rojo clítoris henchido de pensar
muscularmente,
en nuestros tríos, en ese préstamo,
haciendo de esta unión algo más sólido,
y me sentía pariente de tu semilla,
al verla correr por los pechos de otra
hembra igual de hermosa,
disfruté tanto verte entrar y salir
de otro cuerpo
que me refractaba perfecta
y encendíamos la caja mágica,
para mirar a miles más haciendo lo mismo,
era una paz inmensa y espuria
en tal ajetreo,
cientos de pupilas clavándose
en nuestros rincones, estalladas,
buscando algún blanco,
sin darse el tiempo de reparar
que lo que veían era algo más fuerte,
absolutamente más fuerte,
que todas esas cajas mágicas
encendidas por el mundo.
Del poemario inédito La noche de Balam Mills © Alan Mills
 |