Iván Humanes Bespín

 

España, 1976. Licenciado en Derecho por la Universidad de Barcelona. Es codirector de la revista literaria DADO ROTO y colaborador del sitio electrónico Literaturas.com. En el año 2005 publicó el libro La memoria del laberinto (Biblioteca CyH, relatos) y en 2006 el ensayo Malditos. La biblioteca olvidada (Grafein Ed.), del que es coautor. También ha publicado en conjunto la obra 101 coños, que aúna hiperbreves e ilustraciones (Grafein Ed., 2007). Actualmente prepara la publicación de Emboscadas, su primera novela.

 
 
 
   
 
   

 

Maslow

 

 

Maslow hubiera preferido la segunda versión de los acontecimientos a cualquier otra. Es algo más teórica y se manejan suficientes variables matemáticas. De ningún modo frecuentó la Cábala ni otros libros sagrados. Y rechazaba los principios de la doctrina que reducían todo a una única forma y esencia, de la misma forma que hubiera rechazado un informe policial sin ecuaciones. ¿Era para él un simple juego la Torá?

Ya preveía su muerte. De hecho, la vez que lo visité pareció adivinarlo:

-Se asombran porque pueda conocer nada más verle que su superficie de piel sea de un metro setenta y cuatro centímetros cuadrados con tres, desean que acabe con mis cuentas –dijo-. ¿Sabe cuántas combinaciones de letras se dan en El Quijote? –me preguntó después con gesto serio.

Que un hombre de los suburbios sea capaz de adivinar cualquier medida posible, de pensar en la silla de manera numérica y no ver simplemente esa silla como un objeto habitual, sino sus medidas concretas de un vistazo, sus ángulos exactos y sus posibles derivaciones numerales, parece improbable. Pero Maslow veía. En su salón, iluminado por una amplia cristalera y sentado en su sofá, rodeado de libros y prendas de ropa anotaba en una libreta todas las variantes que paseaban por su cabeza. Sus manos temblaban y tapaba la vista como si la nueva figura que se le presentaba tuviera tantas incógnitas que fuera imposible, caótico, mirar de frente y mantener la conversación. Una pequeña cicatriz asomaba en su frente. Su apariencia era débil, su aspecto fatigado, apenas sus rasgos estaban definidos.

El catorce de marzo los policías entraron de un puntapié en su domicilio y removieron entre sus cosas, examinaron con cuidado cada una de las señales y concluyeron que no se trataba de un suicidio, dado que existían signos suficientes para suponer lo contrario. Fotografiaron su cadáver, las notas, el desorden de la habitación. Las noticias del presunto asesinato saltaron a los medios de comunicación, pero el tiempo y la falta de arrojo policial hicieron que se archivara el caso. Si ellos hubieran sabido que Maslow adoraba al “príncipe de las paradojas”, el escritor policíaco Chesterton (era lo único que merecía su tiempo, le mantenía apartado de las cifras), y que leía día y noche los cuentos de Wilkie Collins y Graham Greene, habrían afrontado el caso con más decoro.

Algunos estudios han apuntado a la región intraparietal del cerebro como el lugar donde se desarrollan las actividades aritméticas, la superdotación sería una evidente afectación de unas zonas concretas, aunque no es del todo cierto asegurar que se haya resuelto de forma definitiva de dónde provienen ciertas habilidades. Maslow ignoraba dichas teorías, incluso sus mapas cerebrales, le preocupaban aspectos más cercanos como la saturación de objetos a nuestro alrededor y la noche. Especulaba con que la noche traía consigo el olvido, y ante todo, la ausencia de medidas y por ello tenía pánico si se quedaba a oscuras:

-Al anochecer procuro dejar las luces encendidas porque así los objetos no pierden sus cualidades matemáticas. No se trata de ser memorioso. Y nadie apaga las lámparas -aclaró.

Meses después de su muerte publicaron la solución al enigma de Poincaré. Un científico ruso lo había resuelto, dijeron.

-Poincaré fue un topólogo de la álgebra que nos dejó un problema irresoluble desde 1904: las propiedades geométricas que tendrían los objetos al ser estirados, comprimidos, maleados – me dijo Maslow mucho antes de esa novedad, mientras duró la entrevista, y rió largamente, hasta que unas convulsiones le hicieron toser.

Me explicó que la fórmula del universo podría encontrarse detrás de ese enigma, pero que si eso fuera así, la persona que pudiera llegar a verlo (utilizaba esa expresión como si “ver” supusiera rasgar el velo de Maya) no haría otra cosa durante su vida que pensar en ese infinito. Dijo que sería una condena. Y que el matemático Kurt Gödel en los años treinta ya mostró el camino a seguir para probar la existencia de Dios. Y me enseño una de sus libretas garabateadas de números y fórmulas.

-¿Qué número esconderá en verdad el áureo? –especuló.

A veces parecía sumirse en extraños pensamientos que le tenían durante largos periodos de tiempo con los ojos entreabiertos y susurrando cifras. A Maslow le internaron durante la infancia y le tuvieron recluido en una habitación de tres por dos hasta que consideraron de nuevo su enfermedad y lograron estabilizarle en esta parte de la realidad.

-¿Cree acaso que puedo averiguar el futuro? ¿Pretende que porque yo pueda averiguar todas las variables de un cuerpo a simple vista puedo calcular su futuro? –me preguntó tras una de sus tantas ausencias -¿Y si eso fuera así, qué me haría si yo le desvelara una enfermedad cercana?

Por eso debía vivir encerrado en su habitación. No sólo porque caminar por cualquier calle hubiera supuesto una sobreinformación y que su mente se hubiera colapsado, sino porque abordar las medidas de un sujeto no supondría tan sólo hacerlo en su apariencia externa, sino comprender también internamente su ritmo, y por lo tanto sus variables vitales. El exceso del dato puede desembocar en la manipulación, pero él nunca estuvo tentado por ser más que los otros, pese a que podría ser dueño de sus voluntades con un par de juegos algebraicos. Si Maslow hubiera recorrido cualquiera de las vías de nuestra ciudad se hubiera encontrado con un ejército de muertos vivientes, con productos donde la fecha de caducidad podría averiguarse tras un cálculo.

-Transponer, simplificar y despejar. Así de simple. Espero que no se pregunte por qué no tengo pareja… –bromeó antes de marcharme.

“Soy digno ante tus ojos”, dejó escrito en una de las anotaciones que encontró la policía. Fueron demasiados los mensajes que se filtraron y llegaron al público como sentencias apocalípticas. Ignoro además si en su cálculo personal apareció en algún momento la variable de mi periódico y la entrevista. Probablemente el anónimo que un día se recibió en la redacción apuntando al prodigio, y que me llevó a él, ya se había premeditado de antemano. Es posible que fuera él mismo el que lo envió y deseara la cita para que al día siguiente apareciese su fotografía y el relato de su milagro en los medios. Es una hipótesis tan sólo.

La noticia causó un gran revuelo y se recibieron cada semana en el periódico centenares de comentarios. Varios imitadores frecuentaron algunos programas de televisión. Aunque todo eso, el convertirse en un sujeto público y correr el riesgo de que alguien descubriera ciertos secretos, y el que la entrevista actuara como detonante de su muerte a manos de cualquier fanático, es una presunción. También lo es que dicha muerte estuviese programada, como tramo de una ecuación y de forma anticipada, por Maslow. Aunque Gregori Perelman, descubridor de la solución a la conjetura de Poincaré en 2002, algo ha escrito al respecto.

 

Cuento inédito © Iván Humanes Bespín