Fernanda Trías

 

Uruguay, 1976. Es autora de las novelas La azotea (Trilce, 2001) y Cuaderno para un solo ojo (Cauce Editorial, 2002). Integró los volúmenes El cuento uruguayo II (Ed. La Gotera, 2003) , El descontento y la promesa. Nueva/joven narrativa uruguaya (Trilce, 2008), Esto no es una antología (Ministerio de Relaciones Exteriores de Uruguay, 2008) y la edición digital de El futuro no es nuestro. Obtuvo algunos premios en su país, entre ellos el 3er premio nacional de literatura édita por La azotea (2002). Desde 2005, tras haber recibido la beca Unesco-Aschberg, reside en Francia. (Foto: Fernanda Montoro). Blog

 
 
 
   
 
   

 

El regreso

 

 

La noticia la trajo Darío, el hijo del panadero. Supimos que algo había pasado en cuanto lo vimos pedalear por el camino bajo el sol ardiente del mediodía. Estaba parado en los pedales, empapado en sudor y con la cara amoratada por el esfuerzo. Alguien dijo: “¿Y ese? ¡Si es Darío!” Estábamos sentados en la terraza, agobiados por aquel aire caliente e inmóvil que se había instalado la última semana, y lo único que se oía era el murmullo a mar del ventilador. Frente a mí estaba Clara, con el vestido enrollado sobre las rodillas huesudas, y aquel pecho de pájaro embalsamado, raquítico, que se elevaba apenas lo suficiente para dejar entrar un poco de aire. A su lado estaba sentada mamá, toda de negro a pesar del bochorno de la canícula; tenía el pelo levantado con horquillas y su moño parecía una torre tambaleante. Más lejos estaban la Gorda Teresa y su marido, Jesús. Los dos estrenaban ropa, como les gustaba hacer los días de fiesta; ella una solera y él una camisa que la Gorda le había cosido con el resto de tela que le había sobrado. En eso pensaba yo, justo antes de que alguien, tal vez la propia Gorda, divisara la bicicleta acercándose por el camino. “Sí, dijo Clara después, Darío”. Nos incorporamos un poco, sin fuerza suficiente para levantarnos de las reposeras. Mamá se persignó, y en las caras de todos se percibió el desasosiego de los malos augurios.

—Hilda, andá preparándole algo al pobre —dijo mi madre, y acompañó con un impulso de la cabeza.

Enganché los pies en las sandalias y me levanté con lentitud. Los huesos crujieron; había algo dentro del cuerpo que se resistía al movimiento, que amenazaba con quebrarse como una rama seca. Al pasar frente al ventilador, con su aire leve y tibio, me detuve un instante y dejé que el viento me golpeara la cara y me peinara el pelo hacia atrás.

A medida que se fue acercando, pude oír el ruido de las llantas en el pedregullo del camino. Yo lo estaba esperando en la puerta, con el vaso de limonada en la mano. Darío se detuvo a unos metros de la casa, apoyó un pie en el piso y saltó de la bicicleta, que cayó de lado sobre la tierra. “Buenas, señora Hilda” me dijo de lejos. Estaba hinchado de calor y los ojos se le perdían en la cara gorda, como dos orificios hechos a prepo. En la mano sostenía un paquete envuelto en papel marrón. El sol golpeaba con fuerza, y aunque me había resguardado en la línea de sombra que arrojaba el alero, volví a sentir el pelo pegado en las sienes y en la nuca y ese calor dañino que subía desde la tierra.

—¿Qué traés ahí? —le pregunté.

Dio unos pasos hacia mí, como indeciso. No sabía si darme la noticia primero, el pobrecito.

—¿Tu madre no te dijo que te podés enfermar con este sol a estas horas?

No se animaba a acercarse del todo o bien no sabía qué decir, porque se quedó inmóvil bajo el rayo del sol, erguido y solemne como un soldado, mientras el sudor le chorreaba por la cara y le empapaba la camiseta.

—Traigo un pan dulce —dijo, y me ofreció el paquete, levantándolo con ambas manos.

Le hice una seña hacia el interior del porche:

—Vení, ¿no querés limonada?

Él asintió, y se acercó con pasos temerosos. Me extendió el paquete y una vez que tuvo las manos libres se limpió la frente y los ojos con las palmas extendidas antes de aceptar el vaso. El paquete estaba hirviendo y a través del papel pude sentir el pan aplastado y pegajoso.

—Decile a tu madre que gracias —dije, pero no sé si me oyó, porque tenía la cara encajada hasta las cejas dentro del vaso y la garganta le hacía ruido al tragar.

Cuando acabó, levantó los ojos hacia mí y habló lento, todavía jadeante:

—Él está de vuelta —miró hacia abajo, dentro del vaso vacío como si esperara un milagro. Luego revolvió la lengua, que yo imaginaba fresca y húmeda, y pareció tomar impulso:—. Se lo dijo el señor Augusto a mi mamá y ella no le creyó pero él dice que lo vio todo el mundo, que está acá, y vivito y coleando. Eso fue lo que le dijo Augusto, y que viene para acá, y que mejor era avisarle a la señora Luisa o le podía dar un soponcio.

—Un soponcio —repetí, frenando la risa.

—Sí, un soponcio —volvió a decir, y algo en los ojos le brilló, la fugaz ilusión de que alguna cosa maravillosa pudiera suceder.

—Bueno, yo le aviso. ¿Querés otro vaso?

Titubeó, pero luego negó con la cabeza y miró en dirección de la bicicleta tirada en el camino.

—Gracias por el pan, decile a tu madre. Y vos no te preocupes que yo le aviso.

Eso pareció tranquilizarlo. Tal vez tuviera miedo de que lo arrastrara hasta la terraza y lo obligara a repetir esas mismas palabras frente a mi madre.

A mí la noticia no me había sorprendido. Tampoco puedo decir que me hubiera alegrado; yo nunca había creído aquella historia disparatada de su muerte ni de que había hecho fortuna. Mi hermana Clara, sí, lo había llorado de forma violenta, exagerando cada estertor de su pecho esquelético, y había contado a quién quisiera oírla sobre el día en que Fabio la había salvado del derrumbe de la cabaña de troncos. Mamá, silenciosa y digna, se había limitado a ponerse de luto, y todavía hoy, dos años después de aquel simulacro de entierro a distancia, la ropa negra y sufrida que se había impuesto seguía siendo su forma de mostrarle a todos que ella también tenía una pena. Pero yo no; yo no me había unido al coro de lamentos de las mujeres, la Gorda incluída, y en el fondo siempre había pensado que lo único que mi hermano Fabio buscaba era librarse de nosotros, de mamá, más que nada, y que todos en el pueblo pensaran en él como en un ganador o en un héroe. Ahora se había convertido en algo mucho mejor: un muerto resucitado que llegaría cargado de historias sobre grandes aventuras, de relatos acerca de cómo la muerte casi lo toma desprevenido.

Me quedé parada en el zaguán mirando a Darío alejarse por el camino de pedregullo. Esta vez le tocaba la bajada y apenas se lo veía, oculto tras una nube de polvo.

Demoré el regreso. En una mano tenía el paquete con el pan dulce, blando y apelmasado, y en la otra, el vaso del chiquilín. Permanecí allí aun cuando no quedaban ni rastros de la bicicleta y la tierra comenzaba a asentarse, desprovista de aquel misterio inicial. Los hielos se habían derretido y el exterior del vaso estaba mojado. Aproveché el frescor y me lo pasé por la frente y el escote, antes de decidirme a volver a la terraza.

 

De la antología de cuentos El descontento y la promesa [Trilce, 2008] © Fernanda Trías