Efraim Medina Reyes

 

Colombia, 1967. Nació en Cartagena de Indias. Ha escrito las novelas Érase una vez el amor pero tuve que matarlo (2001), Técnicas de masturbación entre Batman y Robin (Seix Barral, 2002) y Sexualidad de la Pantera Rosa (Seix Barral, 2004; Finalista Premio Bibliotecas de Roma al mejor libro extranjero 2007). También es autor de Pistoleros/Putas y Dementes (poemas) y Cinema árbol (Premio Nacional de Literatura de Colombia 1995, relatos). En Italia ha reactivado la 7 Torpes Band y lanzado el CD La forma del vacío. Greatest Flops. Sus libros han sido traducidos al italiano y portugués.

 
 
 
   
 
   

 

F

 

 

SOBRE LA NATURALEZA DE UN F

Me llamo F y como todo F soy un insecto. Mucho más pequeño y limpio que una mosca, y como una mosca tengo alas pero no volaré a ninguna parte. Hace unos segundos llegué al mundo y dentro de unos instantes moriré. No tengo conciencia exacta de mi forma, supongo que si existo es porque hay miles, quizá millones de efes en el mundo. Sin embargo, no he tenido contacto todavía con otro insecto, ni siquiera con uno de mi especie. Dentro de mí otro F espera, agazapado, mi muerte. Mi muerte es su única posibilidad de vida, pero si muero antes del tiempo previsto para un F, aproximadamente 327 segundos, el F que espera dentro de mí no alcanzaría a estar listo para soportar el contacto con esta blanda e intrincada superficie donde la historia de los efes tiene lugar. Así que el F dentro de mí hará todo lo posible para mantenerme vivo y, luego, en el momento justo, me matará para existir y otro dentro de él lo matará en una sucesión infinita y exasperante de efes.

 

SOBRE LAS MOSCAS

Como dije, no he tenido contacto con insecto alguno y por ende no debería saber qué cosa es una mosca, pero lo sé. Es una información básica que todo F, por alguna misteriosa razón, entraña. Las moscas son el único referente de un F, sin esa información no podríamos explicarnos la apariencia del mundo y nuestra breve vida perdería el escaso sentido que ya tiene. Las moscas representan la vida ordinaria, la mugre, la repetición, el hastío, la desazón y hasta la muerte. Todo eso que un F no sentirá jamás. El F dentro de mí no puede imaginarse a sí mismo, su única imagen fija es la de una mosca que zumba en torno a todo lo que existe. Los efes no se mueven, no intercambian sus dudas ni temores, no suspiran, no cagan, no se aparean y tampoco tienen dilemas de amor. Ese mundo tan claro y concreto para una mosca es delirio y éxtasis para un F. Un F sólo está allí, en la inmensa, blanda y mojada superficie.

 

LA SUPERFICIE Y LAS MOSCAS

Del concepto de la mosca aprendemos el concepto de la mierda y del deterioro. Pero eso apenas roza la fugaz y esplendida vida de un F. Al entender la mosca entendemos la superficie, y que un F jamás piensa lo que otro y que un F jamás vive la experiencia de otro y que a partir de la mosca cada F crea su propia experiencia. Mi mosca zumba en torno a la superficie donde estoy incrustado. Su zumbido estremece el mundo, genera actividad en esta superficie. De la mosca que huye para salvar su miserable y larga vida derivo el concepto de mano y, por lógica y exacta causalidad, el de sexo y mujer. Allí habito. Esa es la superficie y la oscura jungla son los pelos que me esconden y me protegen del impacto. No puedo entrelazar las secuencias, el zumbido de la mosca es lejano y la muerte quema mis alas para que el F dentro de mí se haga dueño de mi espacio. No soy el padre ni la madre del F que está tomando mi lugar, soy sólo un objeto que ocupaba un lugar que ahora le pertenece.

 

EL NUEVO F CONSIDERA A SU VEZ

La mosca observa el mundo sin alterarse, como un F que soy debo conceptualizar todo lo posible porque no tendré tiempo de vivirlo. Esto no me causa tristeza o decepción, el tiempo que viviré es suficiente para sentir las diversas posibilidades y emociones sin involucrarme dramáticamente en ellas como suele hacer una mosca. La mano está allí, estrujando la superficie. La mosca se acerca, arriesga su vida porque quiere aspirar un poco del placer que la mano produce. Siendo un F no tengo ninguna ansia de placer, mi mente es transparente y procura sólo abstraer la situación. El vértigo de la mosca es increíble, su demencial zumbido crece a medida que aspira. La mano se alza y luego cae sobre la mosca que logra escapar en el último instante. El temblor de la superficie entera altera la temperatura de mi refugio, y mi vida y la del F dentro de mí, y todos los posibles efes que nos sucederán, corren peligro. El F dentro de mí se enfría para que yo pueda soportar la carga y vivir aquel segundo necesario para él.

 

INSISTENCIA DE LA MANO

Un F no prueba dos veces la misma sensación, no repite un gesto, no se aferra a nada que no sea su propia naturaleza de F. La mano insiste, obtiene y busca obsesivamente eso que obtiene. Entre la mosca y la mano hay mucho en común, sobre todo la vida ordinaria de ambas y la confusión que las hace girar en torno a una experiencia sobrepasada. Son vulgares en su percepción de la experiencia y pobres en su ambición de nuevas aventuras. El movimiento y las alas no le sirven de nada porque sus almas son torpes y apegadas a aquella superficie que se envilece por el contacto de una y otra. Un F debe evitar el contacto con la realidad inmediata y consigo mismo; la conciencia de sus dimensiones y posibilidades lo reduciría a la extrema vulgaridad que ronda a manos y moscas. De la mano es posible abstraer el concepto de mujer y el concepto de soledad. Muchas moscas han zumbado en esta superficie, la mano siempre es la misma.

 

LA MOSCA TIENE SEGUNDAS INTENCIONES

El concepto de soledad no incumbe a un F. El F contiene en sí mismo su pasado y futuro, el presente de un F es como un relámpago: ningún gesto evoca a otro en un F. La soledad es la negación del evento, la muerte del presente como continuidad y experiencia y el fracaso del futuro como posibilidad de cambio. La mosca es triste como la mano porque se aferra a una rutina de agresión y fuga. Evocan ese gesto sin avanzar en su conceptualización. Establecen enemistad y furia, son incapaces de compartir la circunstancia y entender que son parte de una situación más amplia: la soledad se aferra al recuerdo y el recuerdo es vacío que se pretende llenar de vacío. Para abstraer la experiencia hay que excluir el recuerdo. Nada del gesto queda en el recuerdo, salvo la sensación de fracaso y de culpa. La mosca zumba y zumba en torno a la superficie como la hiena ríe y ríe observando al arrogante león. La mosca sabe que detrás del minucioso afán de la mano está la muerte. La hiena sabe que el león está a punto de morir. La empecinada caricia de la mano humedece la superficie mientras del otro lado la muerte, inexorable, la seca. Un F no espera, no se inclina, no deja que sus alas lo seduzcan y lo inciten a iniciar un vuelo. Toda su energía se concentra en el concepto. Un F no se piensa, no se proyecta. La mosca, la mano y su mujer creen en el espacio y lo defienden. Defender el espacio es lo que convierte la experiencia en repetición y mugre.

 

LA MANO QUE CONDUCE A LA MUJER

La sexualidad deriva de la soledad y del recuerdo de un gesto. Un F carece de sexualidad e instinto, no debe mutar, el otro F estaba antes que él. Quien lo sucede no llega como un evento, es el futuro del pasado que no será presente. La mano no puede engendrar, la mujer está condenada a buscar un macho. No puede percibir la experiencia sólo a través de la mosca ni vencer la soledad a través de la mano. Debe salir de sí para poder volver a sí. El gesto de aparearse en vez de vencer la soledad la hará más grande y la mosca será dueña de otro cadáver. A la mosca no le interesa un F porque no es alimento ni objeto sexual. La mujer no siente la presencia del F porque no es enfermedad ni placer. El F está a salvo, es inútil para los otros, cuenta sólo para sí mismo y el otro, que es igual a sí mismo pero distinto en la medida que es continuidad y no evocación, en la medida en que es concepto y no recuerdo. La mujer y la mosca tienen la referencia en el alimento y el placer. Deben aparearse para dar lugar a nuevos espacios y sucumbir a la embestida del evento. La novedad es la muerte no el misterio ni la aventura. El hijo dentro de ellas no las libera, cada gesto que se repite hace más humillante la caída, tanto la mosca como la mujer desprecian la muerte. Nada hay peor en el mundo que hacer del entusiasmo una religión.

 

OTRO F

La muerte de la superficie no determina mi muerte. Un F se desplaza por inercia: cada lugar donde está el F es su lugar. El F no se mueve, no se arrastra hacia la luz o la oscuridad, deja que todo suceda sin intervenir, siguiendo el curso del concepto y evitando que la experiencia lo aprisione y el sentido de la experiencia lo determine. Un F no besa, no abraza, no usa los sentidos ni tiene conciencia de ellos. Todo lo que la mano y la mosca celebran como afirmación y atributo para el F es lastre y sumisión. Un F no busca ni pretende ser reconocido por otros. Un F es sólo un espacio destinado al concepto. Los cambios afuera son aparentes. Una mosca es igual a otra, una mano es igual a otra, una mujer es igual a otra. Sólo el F es distinto cada vez porque no se esfuerza en cambiar. La mano y la mosca viven en lo sucesivo. Un F consume el instante sin rebajarse jamás a vivirlo. El temor de la muerte es la mayor soledad; la vida es quizá la virtud más sobrevalorada. El hacer del entusiasmo una religión y de la vida un absoluto arruina la posibilidad de conceptualizar y dar al espacio su sentido único. No es el cambio la razón por la que estamos aquí. La mano y la mosca usan la vida para todo lo que no sirve, insisten en la agresión y la permanencia. Vivir antes que afirmarse es inventarse. Los proyectos de la mano y la mosca fracasan porque carecen de concepto, son la proyección de su estúpida fobia a la muerte. Un mundo sólo es posible cuando somos capaces de olvidarlo.

 

DESCRIPCIÓN APROXIMADA DE UN F

Un F no tiene noción de su aspecto o dimensiones pero en el concepto es tan amplio como el concepto lo requiera. El atractivo de un F se sustenta en la poca importancia que su aspecto tiene a la hora de conceptualizar su relación dinámica con la superficie. Un F no irá a ninguna fiesta, no aspira a tocar un instrumento ni le interesa flotar bajo la luna para atraer al macho. El sexo no incumbe al F en tanto experiencia, pero como concepto de mundo adyacente le importa. El silencio es la música y la fiesta que un F requiere. El F entiende que la mano y la mosca temen al silencio porque lo relacionan con la muerte, pero un F sabe que silencio y muerte no son afines, que la muerte es espacio y el silencio tiempo. No hay tiempo en la muerte ni espacio en el silencio. La confusa interpretación que hacen la mano y la mosca de los elementos y sus funciones crea un mundo de ferocidad y decepciones. La mosca y la mano se combaten y se necesitan para ese gesto que las afirma. Su coartada es tan estúpida como retórica; ellas están luchando contra la muerte. En realidad hacen del espacio un campo de batalla por temor al silencio. Un F no necesita la música, obtiene del silencio un orden perfecto. La música es detritus del silencio como el sexo lo es del amor. El concepto de amor en un F es sólo vivir lo necesario para que el espacio no cambie. Destruir el espacio por aferrarse a la vida convierte a la mosca en mano y a la mujer en mosca.

 

LA MUJER, EL ZUMBIDO Y LAS LÁGRIMAS

La mano está frenética, frota y frota la superficie en busca de aquella droga atroz. El zumbido de la vieja mosca atiza su malestar. La vieja mosca no se mueve como siempre, ha perdido velocidad pero no lo sabe, ignora a la muerte y aletea. La mano deja la superficie y surca el aire. La mosca intenta de nuevo evadirla pero el brusco borde de la mano roza sus alas y confunde su mente. La mano no desaprovecha la ocasión y aplasta a la mosca contra la superficie. El silencio vibra un instante. El cadáver de la mosca yace un segundo en aquel bosque oscuro y luego la mano lo alza y lo deja caer en el vacío. La sensación de victoria invade y estremece a la mujer. De sus ojos se desprenden lágrimas. Antes que su corazón explote de alegría un zumbido reinstala su furia. La nueva mosca es alegre y zumba llena de vida. La mano inicia su ataque.

 

De la antología El Arca. Bestiario y ficciones [Sangría, 2007; La Buena Vida, 2008 ] © Efraim Medina Reyes