
Con un plátano
Suele ocurrir con bastante frecuencia encontrarse de pronto con un niño que está jugando, digamos, con un trozo de hierro o con, por ejemplo, el caparazón de una tortuga. El niño lanza el trozo de hierro o, digamos, el caparazón de la tortuga en varias direcciones; léase hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia el noreste y, en muchas ocasiones, hacia arriba. Suele ser bastante más cómodo para el niño lanzar el trozo de hierro -oxidado en la mitad y casi al final de un extremo, todo hay que decirlo- hacia arriba, ya que le resultará más fácil cogerlo sin tener que desplazarse hacia un lado u otro, sin tener que sudar para conseguir algo que duda el niño que le ofrezca beneficio alguno. Y está claro que a ningún niño, por muy anarquista que sea, le gusta llegar sudando a cenar.
Y, claro, un niño que juega cerca de donde uno está tiene tendencia a lanzar el trozo de hierro o, digamos, el caparazón de tortuga contra el tobillo de uno. Es entonces cuando uno empieza a sangrar del tobillo, y el niño no le hace ni caso ni le pide perdón que es lo que se esperaría de una persona de, digamos, treinta y siete años o más. Y está claro que en estas situaciones es cuando empieza a llover no una gota ni dos sino de manera que si la lluvia choca contra el tobillo de uno la sangre desaparece, a pesar de que uno está sangrando exageradamente.
No queda más remedio, entonces: la única opción cabal es entrar en el metro para llegar lo antes posible a algún sitio donde alguien sepa curar esa herida. El calcetín habrá que tirarlo.
Y son estas ocasiones las que convierten ese viaje de metro en vicio. Es decir, a mí hace menos de una semana que me pasó eso mismo por quinta vez. Quiero decir que era la quinta vez que se me puso un niño al lado, jugando con un trozo de hierro, y que era la quinta vez que me pegaba con el juguete en la pierna. Siempre empezaba a llover. Y en todas las ocasiones disfruté con el viaje de metro.
La última vez, por ejemplo, vi a Edgar Allan Poe. No quiero decir que llevara un libro de Edgar Allan Poe al metro, ni que leyera un libro de Edgar Allan Poe en el metro. Quiero decir que vi al propio Edgar Allan Poe en el mismo vagón en el que subí. Iba con su mujer y con sus hijas. Eran gemelas las hijas de Edgar Allan Poe. O puede que no fuesen gemelas, pero lo único que pude pensar cuando vi a Edgar Allan Poe en el metro con su familia, fue que aquellas hijas que había tenido Edgar Allan Poe Dios sabe cuándo eran gemelas.
Edgar Allan Poe tenía acento sudamericano, de los alrededores de Venezuela, digamos. Tenía muy mala cara, eso sí. Como si estuviera muerto. En vez de sentarse en uno de los asientos más cómodos, se sentó en uno de los que suelen estar al lado de la puerta. En uno de los rígidos. En uno de los que molestas para entrar y para salir; en uno de los que te molestan los que entran y los que salen. Y de todo esto deduje que Edgar Allan Poe no estaba bien. Lo confirmé, además, cuando la mujer le dijo que se sentase en cualquier otro asiento, que había muchos libres. Edgar Allan Poe contestó con dos o tres arbitrariedades y no se levantó de donde estaba.
No hablaron más en todo el viaje y a la hora de bajar en la estación se hizo más evidente el mal estado en el que estaba Edgar Allan Poe. Doblaba las piernas al andar. Se rascaba los codos. Su mujer le agarró el brazo y las hijas bailaban delante de ellos, una con un abrigo sucio y la otra con una botella de leche azul.
Para cualquier estudioso de la literatura aquel viaje habría supuesto, cuando menos, una satisfacción. A mí, sin embargo, nunca me ha entusiasmado Edgar Allan Poe (para mi desgracia, seguramente). Su nombre sí me gusta; por eso lo escribo siempre. Entero. La única pena que tengo es no saber pronunciarlo bien.
La cuestión es que no le hice demasiado caso. Pero me dio una buena idea. Si es posible encontrar en el metro a un escritor que ha muerto hace bastante tiempo, más fácil será encontrar a un muerto reciente. Quiero decir a un escritor.
Y así es como empecé a buscar a Gonzalo Torrente Ballester. Escritor con nombre, por otra parte, que nada tiene envidiar al de Edgar Allan Poe.
Desde entonces no he parado de viajar en metro. Tenía interés en encontrar a Gonzalo Torrente Ballester, en el mismo metro o, en su defecto, en cualquier banco de estación. Descansando, claro. A Gonzalo Torrente Ballester, el 87% de las veces que me lo imagino, me lo imagino descansando.
Y viajaba a todas horas. También a las diez menos cinco. Y en el metro de las diez menos cinco van dos personas en el tercer vagón y siete en el segundo. Porque el segundo vagón es más central y suele llevar más luces encendidas, que vete a saber si es capricho del conductor.
Y al final encontré a Gonzalo Torrente Ballester. Iba en el línea de la costa. Quiero decir en el metro que llega a la costa. Llevaba una tabla de surf. ¿Gonzalo?, le dije. Gonzalo no, me dijo, Gonzalo Torrente Ballester. Me dijo, o así creí entenderlo, que Gonzalo era un nombre demasiado potente para él, y que con los apellidos se aplacaba un poco la potencia del nombre y que no parecía tan importante. Surf a tu edad, le dije. Ésta es la mejor edad; después de morir es cuando hay que hacer cosas como éstas.
No iba solo Gonzalo Torrente Ballester. Su compañero tenía una tabla más pequeña. Te presento, me dijo, a Alessandro Baricco. Pero, le dije yo, pero si es italiano y mucho más joven que tú. Pensé que había dicho una tontería, pero que nunca hubiera relacionado a Gonzalo Torrente Ballester con Alessandro Baricco. Ni yo ni ningún crítico que se precie. ¿Y tus libros?, le pregunté. Se mojan en el agua. Eso me dijo. Entonces sacó un plátano del bolsillo. Me ofreció un trozo.
Cuento inédito © Unai Elorriaga
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